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Cadena perpetua, la posibilidad a la que se podría enfrentar Cristiano Ronaldo en Nevada

Redacción

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Cristiano Ronaldo

La legislación de Nevada puede poner en un serio aprieto a Cristiano Ronaldo, toda vez que la violación se tipifica como el segundo delito más grave después del homicidio… siempre que logre probarse, naturalmente. La estadounidense que acusa al exjugador del Real Madrid denunció los supuestos hechos de forma inmediata en la mañana del 14 de junio de 2009, pero el posterior acuerdo económico de 325.000 euros firmado con el delantero portugués invalida la posibilidad de que el caso prescriba.

La normativa vigente en ese estado norteamericano establece que la condena para el autor de una agresión sexual sin daño físico sustancial para la víctima es cadena perpetua. Un horizonte que los asesores legales de CR7 no pueden despreciar porque Kathryn Mayorga no va a cejar en su empeño de llegar hasta las últimas consecuencias.

En ese contexto, solo el transcurso de diez años con buen comportamiento haría que esa pena se conmutara por libertad condicional pactada. Así pinta el panorama legal que puede encontrarse Ronaldo en este proceso que acaba de comenzar.

Resulta muy habitual que se hable de filtraciones en relación a este asunto, pero lo cierto es que los papeles que han salido a la luz responden a un «hackeo» de grandes dimensiones que acabó con la documentación en el influyente semanario alemán «Der Spiegel». Por eso, esta mujer acudió al citado medio.

Cristiano quiso zafarse de complicaciones auspiciando un acuerdo económico para que Mayorga se olvidase del tema, pero no faltan las voces que apuntan a esta circunstancia como su gran error, porque los jueces norteamericanos podrían apreciar indicios de que reconocía implícitamente los presuntos abusos sexuales. El caso se va enredando y la hipótesis de que el tribunal pida la extradición del jugador de la Juventus de Turín no resulta en absoluto descabellada.

«Encerrado» en Portugal

¿Qué pasaría entonces? Italia debería entregar al delantero a su país de origen, Portugal, en función del acuerdo de libre circulación de ciudadanos en el seno de la Unión Europea. Y Lisboa tiene claro que no lo extraditaría, puesto que una cláusula legal en el país vecino establece que ningún ciudadano luso puede ser enviado a otra nación aunque se demostrase que hubiera cometido un delito allí.

La Policía de Las Vegas podría citarle a declarar, pero no sería necesario que pisara suelo norteamericano porque podría solucionarse a través de una videoconferencia. Consciente de la gravedad de toda esta perspectiva, el goleador portugués contrató a David Chesnoff, el abogado de las estrellas, quien ya defendió en su momento a Michael Jackson, Paris Hilton y Leonardo Di Caprio. Hoy se halla con el sumario de Harvey Weinstein entre manos.

Se trata de un abogado criminalista de gran prestigio, que cobra una cifra astronómica pero suele garantizar una eficacia probada, tal cual pueden atestiguar otros famosos, como Shaquille O’Neal, Mike Tyson, André Agassi o David Copperfield. Es decir, no le ha quedado más remedio que reforzar su equipo legal, en vista de las peculiaridades que presenta la justicia estadounidense. De poco le pueden valer sus palabras autoexculpatorias: «Niego de forma tajante las acusaciones de las que soy objeto», «No voy a alimentar el espectáculo mediático montado por quien se quiere promocionar a mi costa», «La violación es un crimen abyecto, contrario a todos los valores en los que creo».

Los hechos acontecieron, presuntamente, nueve años atrás, cuando Ronaldo conoció a esa mujer en una discoteca de Las Vegas. Inmediatamente después, acudieron a una suite de lujo del hotel Palms Casino Resort, donde ella jura que tuvieron «sexo anal, sin lubricante ni preservativo», aunque afirma que sucedió en contra de su voluntad. Cristiano nunca ha negado que mantuvo una relación sexual con Kathryn Mayorga, pero afirma que se llevó cabo haciendo uso del consentimiento mutuo.

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Zapatillas: comodidad, moda y decisiones de compra en el Perú de hoy

Redacción

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zapatillas: la palabra suena cotidiana, pero en el Perú de hoy concentra una discusión más grande sobre consumo, identidad y hasta salud pública, porque lo que nos ponemos en los pies dice mucho de cómo vivimos y de lo que priorizamos. En Lima y en regiones, la escena se repite: gente que se mueve más, que combina trabajo con trayectos largos y que, en medio de un ritmo acelerado, busca algo que aguante el trote sin castigar la espalda ni el bolsillo.

La “zapatilla” ya no es un objeto reservado para el deporte. Se metió en la oficina (cuando el código de vestimenta se relajó), en el campus, en la combi, en el mall, en la salida familiar del domingo y en la caminata improvisada por el malecón cuando el día se presta. Y, sobre todo, se instaló como una compra que no se hace a ciegas: se compara, se calcula y se decide con una mezcla de gusto, necesidad y presupuesto. Lo interesante es que el mercado lo entendió antes que muchos: el abanico de opciones se ha ampliado al punto de que, en una sola vitrina digital, conviven líneas urbanas, deportivas y “de uso diario”, con marcas globales y otras más accesibles que apuntan al volumen.

Ese crecimiento se nota en la oferta. En el catálogo de marcas de zapatillas de Ripley, por ejemplo, la variedad es tan amplia que el listado se cuenta por miles de resultados y reúne nombres que van desde Adidas, Nike y Puma hasta New Balance, Converse, Skechers, Reebok y Steve Madden, entre muchas otras marcas presentes en el mismo espacio de búsqueda. No es un detalle menor: cuando el consumidor encuentra tanta diversidad en un solo lugar, la competencia deja de ser únicamente “quién vende” y pasa a ser “quién orienta mejor”, “quién ofrece mejor experiencia” y “quién resuelve rápido” si algo no calza como uno esperaba.

También hay un componente económico que empuja la conversación. Las campañas de descuento, cupones y temporadas comerciales han convertido a las zapatillas en uno de los productos emblema del e‑commerce, con mensajes agresivos de precio y urgencia. En esa misma página se promocionan ofertas “hasta 30% OFF” y se menciona incluso la dinámica de cupón en app, un guiño directo al nuevo consumidor que compra desde el celular y caza promociones con paciencia. No estamos hablando solo de calzado: hablamos de un hábito de compra cada vez más sofisticado, donde la gente no solo busca “algo bonito”, sino “algo que rinda” y que, si puede, salga con descuento.

Pero la zapatilla no vive únicamente en la lógica del ahorro. Hay un fenómeno cultural, silencioso y persistente: el calzado se volvió una forma de pertenecer. En el Perú urbano, sobre todo entre jóvenes, la zapatilla comunica. Una silueta ancha o minimalista, un color sobrio o una combinación llamativa, un modelo clásico o uno más “tech”: todo eso funciona como lenguaje. No hace falta decirlo en voz alta. Se ve. Y esa lectura se ha normalizado tanto que hoy hay personas que planifican su outfit alrededor del par que tienen, no al revés.

En paralelo, la demanda de comodidad dejó de ser “un gusto” para convertirse en criterio principal. El ciudadano promedio camina más de lo que cree: para llegar al paradero, para atravesar centros comerciales, para hacer trámites, para moverse en jornadas largas. En ese escenario, la amortiguación, el soporte y la durabilidad pesan tanto como la apariencia. Por eso se ha vuelto común que una misma persona tenga distintos pares según uso: uno para entrenar, otro para calle y otro para el día a día, incluso si todos se llaman “zapatillas”. Y esa segmentación explica por qué los catálogos se han hecho tan extensos y detallados: no se compra lo mismo para correr que para caminar o para estar de pie ocho horas.

La otra cara de esta historia es la digitalización del consumo. Comprar zapatillas por internet —antes visto con desconfianza— hoy es rutina, especialmente cuando el usuario siente que puede filtrar por marca, talla, estilo y precio en segundos. Esa “sensación de control” es clave. La navegación por grandes listados, donde aparecen decenas de marcas y una cantidad muy alta de opciones, refleja que el consumidor peruano ya no quiere una tienda con pocas alternativas: quiere un buscador con muchas puertas. Y el retail ha respondido con páginas que organizan el caos: filtros, categorías y un lenguaje comercial que insiste en el beneficio inmediato (descuento, envío, cupón, campaña).

Ahora bien, en medio de tanta oferta, surge la pregunta que vale oro para cualquier comprador: ¿cómo elegir sin perderse? Aquí, más que recetas, hay criterios prácticos. Primero, tener claro el uso: no es lo mismo una zapatilla urbana, pensada para caminar y combinar, que una de entrenamiento, que debe priorizar estabilidad y soporte. Segundo, mirar el material: la promesa de “ligereza” puede ser buena, pero si el uso es intenso conviene revisar costuras, suela y ventilación. Tercero, no subestimar la talla: el pie cambia con el tiempo, con el calor y con el tipo de media; comprar por impulso suele ser el camino más corto a la incomodidad.

Al final, las zapatillas concentran un retrato bastante exacto del Perú contemporáneo: un país que se mueve, que mezcla lo formal con lo práctico, que compra con más información que antes y que, pese a las diferencias de ciudad y bolsillo, comparte una misma idea básica: caminar cómodo ya no es un lujo, es una necesidad. Y en esa necesidad caben muchas historias: la del estudiante que quiere durar todo el ciclo con un solo par, la del trabajador que prioriza salud y resistencia, la del padre o madre que busca calidad sin desbalancear el gasto, y la de quien —simplemente— encuentra en un buen par una pequeña certeza para enfrentar el día.

 

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