Opinión
Carta Abierta a Echenique Robba, Pablo. Por Fátima Pellico
[Q]uerido Pablo, espero que al recibo de la presente te halles bien. Yo bien, a Dios gracias. Seguramente, lo doy por hecho, no me conozcas, pese a que he denunciado esos tuits cargados de bilis de la Pampa con los que tienes a bien sembrar cizaña en un país que no sólo te ha regalado esa silla en la que tan contento decías que ibas a trabajar sino que te ha ayudado a llegar a ser lo que eres… Fíjate bien en lo que acabo de decir: lo que eres,no quien eres ni nada de eso, que es que todo hay que explicártelo.
Nunca he tenido claro si usas tu condición de minusválido físico para expulsar tus heces fecales morales por la boca o es que, precisamente por ser un minusválido, estás amargado y ésa es tu vía de escape. No lo sé y tampoco me importa ni me interesa.
Sólo sé que cuando leo algo defecado por ti me imagino a Kiko, el de la serie mexicana El Chavo Del Ocho,que cuando se enfadaba empezaba a gritar «¡chusma, chusma, chusma!» acabando con una pedorreta con la que bañaba de saliva a quien estaba cerca (grande el actor Carlos Villagrán, que espero que si lee estas líneas me disculpe). Además pataleaba preso del enfado, imagino que como tú (¡ah, perdona, si tú no puedes dar patadas en el suelo!).
En fin, Junior (Pablo Iglesias era senior y tú, cosa normal, eres el pobre junior), tu carrera de metemierda llega a su final. A ti no te queda el consuelo de ir a refrescarte al baño. A ti te queda el tener la certeza de que eres un don Nadie sin la «protección» del hijo del frapero (sí, el del FRAP), que se deshará de ti cuando no te necesite para ser su «matoncito de las redes».
Espero que mi opinión te parezca tan respetable como la tuya. Gracias a Dios y a Isabel Díaz Ayuso en España aún no nos fusilan por pensar de manera opuesta a la vuestra.
En fin, me despido de ti no sin antes desearte un feliz regreso a la nada de la que te sacaron. Saludos a Pablo, que seguramente estará haciendo lo que más y mejor sabe hacer.
Atte.
Fátima Pellico
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
