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Carta abierta de un médico en ejercicio. Recordando la crisis del Ébola y otras crisis de valores

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Mi artículo de hoy se lo voy a dedicar a las siguientes personas e instituciones:

1-A las Consejerías de Salud de Valencia, Extremadura, Baleares y Canarias, por continuar afirmando que los sanitarios “nos infectamos en nuestras relaciones sociales, o en nuestras casas, o viajando, o al ponernos mal las mascarillas” (sic). Miserables. [SIGUE MÁS ABAJO]

2-Al Ministro de Sanidad, por emitir instrucciones a las Comunidades Autónomas para que silencien a los profesionales sanitarios bajo severas penas infernales. También por exigir que los médicos, enfermeras, farmacéuticas y veterinarios nos reincorporemos a trabajar a los siete días de baja si sólo tenemos síntomas leves. También por seguir prometiendo desde el 18 de marzo unos test de coronavirus que no acaban de llegar. También por decir que los celadores son “trabajadores de bajo riesgo” para contraer el coronavirus. Y también… Vale: por ser malo en general. [SIGUE MÁS ABAJO]

3-Al Gobierno de la Junta de Andalucía, por enviarnos una carta a todos los profesionales sanitarios amenazando con las penas del infierno si osamos levantar la voz. No os quiero ni decir en qué habitación de mi casa he colgado vuestra carta, ni para qué la utilizo.

4-Al Gobierno de Galicia, por amenazar a los profesionales de un hospital que habían osado señalar sus deficiencias. Cobardes.

5-Al Gobierno de Extremadura, por cesar al director de un Centro de Salud que había osado señalar la falta de mascarillas y batas. Cobardes.

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6-Al Gobierno de la Comunidad Autónoma de Madrid, por afirmar que la muerte por coronavirus de un médico de urgencias se había debido “a las patologías previas que no había declarado”, en lugar de a la falta de material de protección. Ineptos y miserables.

7-A todas las empresas “anti-bulos” que dedican estos días a decirnos lo que debemos o no creer, a escribir el catecismo oficial de la pandemia de coronavirus y a convertirse en la vara de medir sobre lo que conviene o no conviene opinar. Hipócritas.

8-Y por último y más importante, este artículo va dedicado a la jauría de troles que con un logo de cerdo, o de perro, o de tortuga, o de la bandera republicana, o de Unidas Tosemos, entran en masa en mi muro para explicarme con muchísima educación que:

a-Ojalá me muriera.

b-Soy un fascista.

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c-Es el momento de arrimar el hombro y de remar en la misma dirección, y no de criticar al Gobierno.

Sois lo peorcito de España, pues sólo sabéis morder en manada y bajo el anonimato.

A todos ellos, repito, dedico este breve artículo:

<<En tiempos del Gobierno del PP, ocupando la incompetente Ana Mato el cargo de ministra de Sanidad, tuvimos en España un caso de ébola. Fue una auxiliar de enfermería que se contagió cuidando a otro paciente de ébola, el cual había sido evacuado desde África para ser atendido en un hospital madrileño. Además, como medida complementaria de precaución, las autoridades sanitarias de entonces (ya con la batuta de Fernando Simón) hubieron de sacrificar a un perro llamado Excálibur, mascota de la enfermera.

En resumidas cuentas: hubo un caso de ébola importado, otro caso autóctono y un perro muerto. Ese fue el balance de aquella hipercrisis nacional que, entre otras cosas, le costó el puesto a la ministra.

Todo aquello lo vivimos con continuos debates en los bares, en los centros de trabajo, en las televisiones públicas y privadas, en la prensa. Hubo manifestaciones callejeras pidiendo la cabeza de la ministra. Hubo manifestaciones callejeras de grupos ecologistas para evitar que sacrificaran al perro. Hubo nuevas manifestaciones EN 24 CIUDADES para protestar porque ya lo habían sacrificado. Hubo preguntas parlamentarias de toda la oposición sobre la muerte del perro, y sobre cómo puñetas se había podido contagiar la enfermera, y sobre por qué demonios no se habían impartido cursos de protección laboral a los profesionales sanitarios.

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El Consejero de Salud de Madrid (también del PP) tuvo que dimitir por unas chulescas declaraciones en las que (¡cómo no!) descargaba la culpa del contagio en la propia auxiliar que había enfermado.

Y La Sexta, (¡La Sexta!), ese canal que ahora, con 15.843 difuntos, nos pide moderación, ese canal que gobierna las empresas dedicadas a decirnos qué es un bulo y qué no lo es, montaba un vergonzoso escándalo, día sí y día también, cuando la crisis del ébola.

Hace tres días, el periodista Antonio Pérez Henares, habitual contertulio de “Al Rojo Vivo” de La Sexta, se marchó del programa dando un portazo. Horas más tarde, explicaba sus motivos:

<<Creo que la labor de los medios de comunicación es informar, estar al lado de la gente, y no blanqueando a gobiernos, ocultando fallos tremendos y dejaciones que pueden ser incluso criminales, y ahora intentando minimizar y ocultar, esconder el dolor, los muertos y la realidad; y por ahí yo no quiero pasar, no quiero estar en determinados sitios».

Pues adelante, lector. Pincha el enlace que viene a continuación y saborea al magnífico Ferreras en el estado más puro. En el estado puro del ébola, quiero decir. No en el silencio de los corderos del coronavirus.

Y recuerda las grandes alamedas.

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Cagoentó>

Firmado:

Juan Manuel Jimenez Muñoz.
Médico y escritor malagueño.

Post Scriptum: (no hay enlace de vídeo para no molestar más de lo debido). El Autor. 

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Los dos minutos de odio. Por Diego Fusaro

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Quienes hayan leído 1984 de George Orwell (una lectura muy recomendable siempre, y más aún en nuestra época tan orwelliana), recordarán sin duda la emblemática figura de Emmanuel Goldstein.

Él es el principal enemigo del Partido que gobierna Oceanía.

Debido a su oposición al Gran Hermano, todos los días, a partir de las 11:00, en todas las oficinas y lugares públicos, se celebran manifestaciones de histeria colectiva contra él: los «dos minutos de odio», como los califica la obra maestra de Orwell. Las masas hipnotizadas por la propaganda del Gran Hermano suspenden toda actividad para manifestar histéricamente su odio hacia Emmanuel Goldstein, del que no saben nada más que lo que el partido les dice a diario sobre él, presentándolo precisamente como el enemigo por excelencia, como la amenaza que pone en peligro la paz de su mundo.

También en este caso, como en muchos otros, la fantasía distópica de Orwell parece superada con creces por nuestro presente completamente distópico. También el Occidente actual, rectius uccidente, tiene su Emmanuel Goldstein, que sin embargo se llama Vladimir Putin.

A todas horas, la radio, la televisión y los periódicos de la civilización falsamente democrática del Gran Hermano repiten propagandísticamente que él es el enemigo, el peligro máximo, la amenaza suprema para el paraíso occidental Y las masas tecnonarcotizadas y teledependientes se prestan con estúpida euforia a esta representación de histeria colectiva, exhibiéndose en otras tantas variaciones tragicómicas de los dos minutos de odio de la memoria orwelliana.

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Es una práctica antigua y probada del poder hacer creer que la contradicción y el enemigo están al otro lado del muro, en el espacio exterior con respecto a la sociedad totalmente administrada por el propio poder: de este modo, desviando siempre la mirada de las contradicciones internas de nuestra sociedad, se produce una unificación ficticia del interior, llamado a cooperar en función de la resistencia al enemigo exterior, del que tal vez, como hoy (pero lo mismo vale para Emmanuel Goldstein), se dice que está listo para invadir nuestra civilización.

Al igual que en la novela de Orwell, siempre hay un Emmanuel Goldstein detrás de cada contradicción, detrás de cada distorsión, detrás de cada mal, y lo mismo ocurre hoy en día en el orden discursivo dominante, que siempre y de nuevo señala a Putin —el nuevo Emmanuel Goldstein— como responsable de todos los males.

¿Alguien se atreve a discrepar de la Unión Europea de la vestal de los mercados apátridas Ursula von der Leyen?

Debe haber detrás la longa manus de Putin. ¿Alguien se atreve a criticar las políticas imperialistas de las barras y estrellas? Debe ser un agente secreto enviado por Putin a Occidente. ¿Alguien se atreve a cuestionar los equilibrios de la globalización neoliberal, cada vez más asimétrica? Por necesidad, es un infiltrado solapado de la Rusia de Putin. Releer a Orwell puede ser realmente beneficioso para un despertar colectivo del hechizo hipnótico de la sociedad del espectáculo y la manipulación milimétrica de las conciencias.

Apaguen la radio y la televisión, lean a Orwell. Quien se lo sugiere es, por supuesto, un espía enviado por Emmanuel Goldstein…

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Por Diego Fusaro

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