España
Carta al Rey
AR.- Siento volver a importunarle, Majestad, en momentos que aunque decisivos para la nación española, puede que no lo sean tanto para usted. Ignoro si la inquietud se ha instalado en usted tanto como en muchos de nosotros. De no ser así tendríamos un motivo más del que preocuparnos. Como ha sido ya apuntado, España es hoy rehén de un gobernante de paupérrimo umbral moral, que da por válida la mentira. Para llegar al poder -y es importante repetirlo hasta el hartazgo-, Sánchez se alió con los partidos que trabajan en la destrucción de nuestra nación.
Resulta desolador su silencio, Majestad, más aún cuando la insurrección de los separatistas ya no se camufla con alambicadas maniobras políticas. El propio presidente de la Generalidad de Cataluña le ha declarado a usted la guerra y evita su presencia cada vez que viaja a Cataluña. Si su historia no estuviera repleta de traiciones y felonías, nos sorprendería el silencio cobardón en el PSOE ante semejante ataque al jefe del Estado.
Supongo que tendrá usted una información más completa que yo sobre lo que ocurre en Cataluña, aunque comprendería que estuviese ocupado en asuntos más recreativos que seguir a un puñado de sediciosos humillando al Estado que usted representa en primera instancia. En cualquier caso, lo que las dificilísimas circunstancias históricas le exigen son gestos proporcionales a la intensidad del desafío. Cataluña está fuera de control y usted debería ser el primero de los españoles en sentirse concernido.
Tenemos la impresión de que la capacidad de respuesta del Gobierno en Cataluña ha quedado diezmada por el apoyo que le presta el separatismo en el Parlamento. Tenemos pues un Ejecutivo maniatado, sin capacidad efectiva de respuesta al secesionismo, resuelto a que la supervivencia política de Pedro Sánchez prevalezca sobre la toma de decisiones que la situación en Cataluña hace ya imperativa.
Nos preguntamos si ante la evidencia de un poder ejecutivo amordazado por el separatismo, a cambio de su apoyo a la moción de censura contra Rajoy, si ante esta flagrante falta de autoridad del Estado en Cataluña, si ante este alarmante vació de poder, no sería el momento de que diera usted un puñetazo sobre la mesa y exigiera a los legítimos poderes del Estado que aseguren el orden constitucional en Cataluña y protejan a los catalanes que sufren permanente acoso por no querer dejar de ser españoles.
Hace un año, tras el referéndum ilegal del 1 de octubre, lanzó usted un mensaje de tranquilidad a los muchos catalanes preocupados por la deriva de la Generalitat, a quienes dijo “que no están solos, ni lo estarán; que tienen todo el apoyo y la solidaridad del resto de los españoles, y la garantía absoluta de nuestro Estado de Derecho en la defensa de su libertad y de sus derechos”. Lamento tener que contradecirle, pero sus palabras de entonces han tenido el nulo efecto que ya nos temíamos. Hoy, Majestad, la sociedad catalana está más fracturada y enfrentada que en el momento de su discurso. Ayer mismo conocimos que una escuela de Reus (Tarragona) ha pedido a los padres que no hablan catalán que asistan con un traductor a las reuniones con los profesores para conocer la evolución de sus hijos. El adoctrinamiento ideológico en la enseñanza y en los medios de comunicación públicos alcanza el paroxismo doctrinario luego de que usted lamentara, tras el 1 de octubre de 2017, que los dirigentes políticos de Cataluña “se han situado totalmente al margen del derecho y de la democracia”. Doce meses después de que usted reafirmara el “firme compromiso de la Corona con la Constitución y con la democracia”, los Mossos siguen siendo una policía al servicio de una casta disidente que vulnera las normas fundamentales del Estado; sus agentes reprimen a los catalanes que se enfrentan a los símbolos que acarician la ilegalidad en los espacios públicos (es decir, de todos); impiden que estos se manifiesten libremente en favor del orden constitucional y de la unidad de España e incluso no evitan que sean agredidos por grupos violentos que campan a sus anchas.
Majestad, en Cataluña continúa el mismo golpe de Estado disfrazado de participación democrática. Muchas instituciones catalanas siguen rebeladas contra el Estado. Entre ellas la policía autonómica, con sus 18.000 efectivos armados. Desconozco si le preocupan las imágenes de los ataques y agresiones contra catalanes que mantienen intacto su compromiso con España. Me pregunto si donde nosotros vemos un proceso revolucionario para legalizar el desguace de la Nación española, usted ve otra cosa menos inquietante.
Majestad, aunque no soy monárquico, siento y amo profundamente a España. Como yo, estoy seguro que muchos españoles. Ante las circunstancias descritas y dado el sometimiento de Pedro Sánchez a aquellos de los que depende su legitimidad al frente del Gobierno, es imperio que usted reúna a su Estado Mayor, y en tanto jefe de las Fuerzas Armadas y del Estado que se intenta destruir, exija la adopción en Cataluña de las medidas excepcionales que contempla la ley. Adoptando su propia terminología, la Corona, símbolo de la permanencia y unidad de la patria, no puede tolerar en forma alguna acciones o actitudes de personas que pretendan interrumpir por la fuerza el proceso democrático que la Constitución votada por el pueblo español determinó en su día a través de referéndum.
Si usted no está a la altura de lo que la exigencia del destino le manda cumplir, entonces abdique y líbrenos a los españoles de su vergonzoso inmovilismo ante los permanentes actos de rebelión contra España.
Majestad, haga frente al compromiso adquirido en su juramento como Rey y jefe del Estado. Como estamos viendo, los poderes ejecutivo y legislativo están en manos de políticos taimados y traidores que, aún en las dramáticas circunstancias actuales, anteponen los cálculos electorales y las disputas personales al sagrado propósito de mantener unida a la nación española.
Ignoro si estaremos aún a tiempo de revertir una situación caótica a la que se ha llegado por la traición de los representantes del Estado en Cataluña, la cobardía de todos los gobiernos de la democracia y la división ideológica de los españoles. Lo que no ignoro es que la brecha abierta por los sediciosos hoy es más ancha que ayer; que Puigdemont sigue humillándonos a todos desde su refugio bruselense; que Quim Torra se pavonea de sus desplantes a la Casa Real y de no reconocer la autoridad del Estado; que los mismos actores de la tragedia de hace un año han vuelto al escenario; que los catalanes que se sienten españoles están más solos y desprotegidos que hace doce meses, que el Gobierno del Reino de España es todavía más infame que el anterior, que los partidos que quieren la ruptura de España controlan el Parlamento y que usted parece un simple convidado de piedra.
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
