Sociedad
Caso Alcàsser: veintisiete años de sombras alrededor de una causa que sigue abierta
27 de enero de 1993. Barranco de la Romana. Dos apicultores dan la voz de alarma. En un paraje inhóspito próximo a la presa de Tous encontraron los cadáveres de Míriam García, Desirée Hernández y Toñi Gómez, conocidas como las niñas de Alcàsser. El hallazgo, del que este lunes se cumplen veintisiete años, ponía fin a 75 días de angustia por la desaparición de las tres adolescentes, al tiempo que daba paso al caso más mediático de la crónica negra en la historia de España. Nada comparable a otros, como el «caso Maastre», postergados en la memoria colectiva.
De hecho, todavía hoy, cuando ha transcurrido más de un cuarto de siglo, el caso (que seguirá abierto en el ámbito judicial al menos hasta 2029) continúa generado una inusitada expectación. El rodaje de dos películas «Las niñas» y «75 días» (pendientes de estreno en España) y la emisión de una serie documental en Netflix mantienen vivo el debate sobre un triple crimen ya juzgado, por el que Miguel Ricart cumplió condena y en el que Antonio Anglés, considerado en la sentencia dictada en 1997 el autor material de los asesinatos, sigue oficialmente en paradero desconocido y como uno de los delicuentes más peligrosos buscados por la Interpol, que mantiene su ficha aunque los investigadores españoles sostienen que murió durante su huída.
El documental de Netflix dio voz a Juan Ignacio Blanco. Un periodista que hasta su muerte sostuvo la llamada «teoría de la conspiración», según la cual Anglés y Ricart no fueron más que dos caebzas de turco para ocultar una trama que estaría detrás del crimen de las niñas de Alcàsser.
En uno de los capítulos de la serie, Blanco hacía referencia a una supuesta cinta con contenido «snuff» (breves grabaciones de crímenes reales como asesinatos o torturas) en las que se verían a dos de las niñas junto a personas con «una relevancia social y económica en nuestro país absolutamente impresionante».
Blanco murió el pasado verano sin mostrar la presunta cinta que sustentaría la teoría alternativa a la que fijó la sentencia del caso Alcàsser. Al respecto, Fernando García, el padre de Miriam que colaboró con Blanco en la «investigación» paralela del caso, rompió veinte años de silencio mediático el pasado mes de septiembre en el especial que dedicó al triple crimen el programa « Cuarto Milenio».
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
