Sociedad
Chrysallis dicta a los medios de comunicación cómo hacer su trabajo y les envía un «glosario» para informar sobre la «transexualidad en la infancia»
“Para cualquier aparición de nuestras familias en los medios de comunicación hemos constatado la importancia de tener un conocimiento básico sobre la realidad de la transexualidad en la infancia”. Así comienza un “glosario” que Chrysallis, la Asociación de Familias de Menores Transexuales de Euskal Herria, ha enviado a los medios de comunicación acompañando a una nota de prensa de la organización.
A continuación, en cursiva, reproducimos íntegra y literalmente el documento:
Para cualquier aparición de nuestras familias en los medios de comunicación hemos constatado la importancia de tener un conocimiento básico sobre la realidad de la transexualidad en la infancia.
Por eso, estas aclaraciones quieren servir como base para realizar ese acercamiento.
Expresiones a evitar:
Hay algunas expresiones que, desde el desconocimiento, a veces se usan en los medios de comunicación y que, además de incorrectas, resultan ofensivas e hirientes:
«Niños (o niñas) nacidos (nacidas) en un cuerpo equivocado»
Como con el resto de las personas, ¿cómo va a ser equivocado el cuerpo de alguien, su cuerpo? El cuerpo ni es ni no es equivocado. El cuerpo es. Y cada cuerpo es como es. Diverso, porque no hay dos cuerpos iguales. Decidir qué cuerpos son buenos y cuáles no, qué cuerpos son correctos y cuáles equivocados, es algo que no tiene que ver con la observación objetiva de la realidad. Si hay algo equivocado, en todo caso, será la mirada de la sociedad, la mirada de los demás.
«Una niña nacida con cuerpo de niño» (o al revés)
Si es una niña, su cuerpo es el de una niña, el de esta niña. Eso sí, tiene pene y testículos, tiene genitales masculinos, es decir genitales que son como los de la mayoría de los niños. Masculino, en el sentido de que estadísticamente se da más en hombres.
Todas y todos tenemos características masculinas y femeninas, cada uno/a en diferente medida.
Lo que hace especial el caso de los niños y las niñas en situación de transexualidad es que los caracteres sexuales que miramos para etiquetar desde fuera, los genitales, nos lleva a pensar a los demás que es un niño, cuando en realidad es una niña (o al revés).
«Un niño que quiere ser niña» (o al revés)
Ser niña o niño no es una cuestión de voluntad, no se elige. No es «lo que quiero ser», sino «lo que soy».
En todo caso, lo que estos niños y niñas quieren es que los demás les vean, que les vean como la niña o el niño que en realidad son. No es “quiero ser niño”, sino “quiero que los demás acepten que soy un niño”.
«Los transexuales…»
No son «transexuales». Son niños y niñas. Niños con vulva y niñas con pene.
Niños y niñas con una condición peculiar, la de la transexualidad, que hace referencia al hecho de que su sexo no corresponde con el sexo asignado al nacer en atención a sus genitales.
En todo caso se utilizaría el término como adjetivo, no como sustantivo.
«Sexo biológico»
Muchas veces se usa esta expresión para referirse a los genitales, y en ocasiones también a los cromosomas o a niveles hormonales. Pero esa expresión mezcla diferentes sexuaciones sin tener en cuenta que, por ejemplo, hay mujeres que tienen cromosomas XY y que tienen vulva, o mujeres con cromosomas XX y niveles de testosterona mayores que la media de los hombres…
De hecho, hablar de “sexo biológico”, “sexo psicológico”, etc. no genera más que confusión. Lo que observamos son diferentes rasgos que se van sexuando, como hemos señalado, en una y en otra dirección, en masculino y en femenino. Mejor haríamos en hablar de sexuación cromosómica, sexuación gonadal, sexuación genital, etc. Y si hablamos de “el sexo”, sólo tendrá sentido hacer referencia al sujeto en sí, y no a partes o porciones del mismo.
Fuente: La Tribuna del País Vasco
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
