Opinión
Comienza la verbena
Nadie me quita de la cabeza que a Pedro Sánchez lo que de veras le gustaría es ser de Podemos. Es más, al Doctor Calamidad le reconcome no haber sido él quien inventara el chiringuito del que lleva viviendo unos años toda esa pléyade de cuentistas y cantamañanas tocados con el color morado. A los hechos me remito: el último, hacer suyo el delirante presupuesto que acaba de firmar bajo la atenta mirada de un ufanísimo Pablo Iglesias que no se ha visto en otra.
El borrador de Presupuestos que el Gobierno va a enviar a Bruselas tiene todo el aspecto de un bochornoso proyecto de aficionados en el que todo populismo es posible. Prevé, como seguramente ya sepan merced a algunos comentarios urgentes en este mismo periódico, un aumento del gasto en gestos de pura ortodoxia izquierdista que, con vanas ilusiones voluntaristas, compensarían con un considerable sablazo fiscal mediante el cual aspiran a recaudar casi tanto como piensan incrementar el dispendio. En plena desaceleración de la economía, castigar fiscalmente a empresas, particulares y autónomos es apostar claramente por un descenso de la recaudación, merced ello a un mecanismo sobradamente conocido por economistas profesionales que consiste en que, en muchas ocasiones, subir la imposición fiscal no significa aumentar el dinero recaudado, sino más bien lo contrario. Afrontar el futuro español desde esa irresponsabilidad de universitario con panfletos y vino caliente es comprar todos los boletos de la rifa de la futura recesión, que por ahí ronda, y condenar a esos ciudadanos a los que dices defender a la angustia de los días inciertos: más paro, menos beneficios, más tensión, más miseria.
El documento firmado ayer con ufana satisfacción de justicieros es un compendio de la demagogia más simple y vaporosa que se despacha en los peores sueños. Se trata de repetir errores recientes por mantenerse en el poder; o los políticos del populismo de izquierdas tienen poca memoria o tienen, sencillamente, poca vergüenza, o tal vez las dos. Acabamos de entrar en un lamentable túnel del tiempo que nos lleva a la mala literatura y a las peores convicciones políticas, esas que creen que la realidad se amolda a nuestros postulados dogmáticos y a que el Estado se inmiscuya en los mecanismos particulares de creación de riqueza y beneficios. El firmado ayer es un borrador de cincuenta páginas en las que, en sus prologómenos, se recoge el deseo de «acabar con la asfixia y los recortes» que a decir de los firmantes se han producido estos años en los que se ha combatido contra el déficit acumulado por gobiernos anteriores guiados por prácticas semejantes a los que proponen estos iluminados. Aún bien de ignorar que esas políticas han permitido recortar lo que de verdad hay que recortar, el paro, cerca de diez puntos, el dúo Picapiedra muestra una innegable e indisimulable voluntad de intervención: el Padrecito Estado está aquí, te ve, te ampara, te controla, te dice cuánto puedes ganar y te dice qué tienes que producir y cómo.
¿De dónde saldrá el dinero? Nuestros bolsillos cada vez tendrán menos recursos, con lo que el déficit crecerá y, consecuentemente, la deuda también. ¿Qué haremos cuando llegue la recesión? ¿Quién llegará para aplicar de nuevo las correcciones que nos dejen la boca seca después de esta noche de borrachera? A ese monumento a la propaganda electoral que van a enviar a Bruselas le falta, todavía, el mordisco que vayan a darle vascos y catalanes. Tras el paso de los vampiros del PNV y de la excrecencia catalana de ERC y PDECat la fiesta aún puede ser mayor y la factura más inasumible, con lo que solo nos queda confiar en la Comisión Europea: o en los despachos de por ahí arriba devuelven esta broma, o lo vamos a pasar mal. Comienza la verbena.
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
