Sociedad
¿Cómo sabemos que un tetrapléjico con dificultades de habla desea morir?
Luis del Val (R).- En el decenio de los setenta del siglo pasado, se contaba la historia de dos compañeros de trabajo donde el uno le pregunta al otro qué tal había pasado las vacaciones, y el compañero le contesta, con gesto apesadumbrado, que mal, porque se murió su suegra. “¿Y cómo fue?” se interesa el colega. “Pues se pinchó con una aguja, le empezó a salir sangre, y la tuvimos que rematar”.
Me acordé del bárbaro chiste, al observar el entusiasmo que en algunos sectores provoca la eutanasia, como si fuera un avance de la civilización, y, por cierto, no soy de los que se les hincha la vena del cuello al escuchar la palabra, pero observo que la sociedad es cada vez más hedonista, más banal, y de un egoísmo tan brutal como el chiste. Me imagino dentro de poco escuchar en este programa una cuña publicitaria que diga algo así: “García, Sánchez y Pérez, abogados. Especialistas en trámites de la eutanasia”. Veamos ¿cómo sabemos que un tetrapléjico con dificultades de habla desea morir? ¿Quién acredita que el enfermo que ya no se expresa desea darse de baja en Registro Civil? ¿Y quién nos garantiza que al enfermo comatoso, unos hijos egoístas, o unos sobrinos habilidosos, no le han arrancado con falsedades una firma?
Si viviéramos en una sociedad en la que los bondadosos y los sacrificados fueran la inmensa mayoría, no me daría miedo la despenalización de la eutanasia en determinados casos puntuales, pero por desgracia, he tenido ocasión de observar el alivio de algunas familias cuando muere el abuelo enfermo, el que no quería vender el piso que no ocupaba, el que gastaba en la residencia un montón de dinero todos los meses. Por cierto ¿saben ustedes cuándo son menos visitados los enfermos y los viejos? En el periodo de vacaciones, que es cuando disponemos de más tiempo. No me lo invento: son estadísticas. ¿Y saben cuándo se produce el mayor ingreso de personas mayores en los hospitales? En vísperas del periodo vacacional. También son estadísticas.
Es curioso que los defensores del ecologismo, los que nos ponen como ejemplo a la naturaleza, no hayan reparado en que ni entre los insectos, ni entre los peces, ni entre los mamíferos, se echa mano de la eutanasia. Existe la excepción de unos roedores en el norte de Europa que, cuando notan superpoblación, se suicidan colectivamente, arrojándose al mar. Pero colectivamente, quiero decir que al frente van el presidente el gobierno de los roedores, los ministros, y luego los roedores de a pie o de a pata. Parece que no es nuestro caso. Y cuidado no se les vaya a ir la mano. Ya hemos despenalizado el aborto. Hace poco, unos jóvenes descerebrados arrojaron su bebé al río. A ver si, de progreso en progreso, a eso le vamos a denominar eutanasia preventiva.
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
