Sociedad
¿De dónde viene el árbol de Navidad?
Las Navidades no serían lo mismo sin un árbol en las casas. Decorado con bolas, figuras de estética navideñas y luces, representa uno de los iconos de las fiestas. Muchas familias lo utilizan para colocar los regalos, pero ¿desde cuándo se pone?, ¿quién inició esta tradición?
La teoría más arraigada en relación a la aparición del árbol de Navidad es que proviene de la civilización celta que habitó en Europa Central. Este pueblo representaba a varios de sus dioses con árboles. Coincidiendo con la celebración de la Navidad cristiana, celebraban el nacimiento de Frey, el dios del Sol y la fertilidad para los celtas. Lo hacían adornando el árbol del Universo o divino Idrasil. Se decía que en su copa estaba el cielo y en sus raíces, el infierno.
La tradición pagana se unió con el cristianismo gracias a San Bonifacio. El evangelizador de Alemania reemplazó uno de los árboles que representaban al dios Odín por un pino para honrar al dios cristiano. Lo adornó con manzanas que recordaban al pecado original y velas para hacer referencia a la luz de Jesucristo. El primer árbol de Navidad apareció en 1605 en Alemania. Tras convertirse en una tradición en esta nación y en los países escandinavos durante el siglo XVII, los soberanos de la casa de Hannover lo importaron a Gran Bretaña en el siglo XVIII.
Adornos y colores con significado
El árbol de Navidad que se coloca en las viviendas es un pino o un abeto. Esto es así porque estas clases de árboles mantienen sus hojas durante todo el año, algo que representa la vida. Los colores de los adornos que decoran el árbol también tienen una simbología muy marcada. El rojo expresa la petición; el plateado, el agradecimiento; el dorado, las alabanzas y el azul, la reconciliación o el perdón.
Los adornos que se colocan en el árbol de Navidad tienen cada uno un significado concreto. En un primer momento, se decoraba con velas que, poco a poco, se fueron sustituyendo por luces que representan la purificación. Las figuras en forma de herradura simbolizan la protección. Por lo que respecta a las campanas, expresan el júbilo. La estrella que suele colocarse en lo alto del abeto hacen referencia a la felicidad del hogar. Por último, las bolas son un símbolo de abundancia y las piñas, de inmortalidad.
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
