España
Don Pedro de La Mancha
José Manuel Otero Lastres.- No es la primera vez, y estoy seguro de que no será la última, en que recurro al Quijote para explicar mejor lo que quiero decir sobre Pedro Sánchez. Lo hice en su día (29 de octubre de 2018) con el episodio de liberación de los Galeotes. Ahora, cito el Capítulo VIII de la Primera Parte, para señalar que el Quijote le dice a Sancho: aquí podemos, hermano, “meter las manos hasta los codos en esto que llaman aventuras”. Pues bien, algo parecido habrá pensado Pedro Sánchez cuando llegó a la que se llama “política”: está metiendo sus manos hasta los codos.
En efecto, como muchos de ustedes sabrán, una de las características del imperecedero personaje, de Don Quijote de la Mancha, es que tenía sustituida la razón por una enfermiza y desmesurada fantasía. De tal suerte que veía «hermosas doncellas» en quienes eran «mozas descarriadas», un «alcaide de una fortaleza» en quien era sólo un ventero, «unos desaforados gigantes» en simples molinos de viento y, en fin, «unos encantadores» en quienes no eran más que dos frailes de la Orden de San Benito. Y cuando su escudero, Sancho Panza, un labrador lleno de sabiduría popular, le avisaba de cuál era la cruda realidad, él solía contestarle que sabía poco en materia de aventuras.
Viene a cuento lo que antecede, para subrayar que unos mismos hechos pueden ser vistos de manera muy distinta, según se miren desde la ensoñación quijotesca o desde el realismo “sancho-pancista”. Pero, así como en lo individual, no es demasiado relevante la óptica elegida, porque optar por ser Quijote o Sancho sólo repercute en uno mismo, no sucede lo mismo cuando se cuidan intereses colectivos. En este último caso, parece más aconsejable una visión de las cosas que sea muy ajustada a la realidad, y, por tanto, lo más alejada posible del «engañoso» desvarío.
Pues bien, un simple análisis de la intervención de Pedro Sánchez en la rueda de prensa de finales de diciembre, en la que hizo balance de su gestión de los siete meses que lleva al frente del ejecutivo conduce a la conclusión de que Pedro Sánchez está más en el delirante «quijotismo» que en el realista «sancho-pancismo».
El presidente del Gobierno afirmó que lidera un proyecto progresista, europeísta, feminista y ecologista y que preside “el gabinete con mayor número de mujeres de todos los países de la OCEDE”. No voy a entrar discutir sobre si todos esos calificativos autocomplacientes se ajustan a la realidad o son simplemente fruto de su ensoñación política. Pero algunos me parecen intrascendentes, desde el punto de vista del asegurarse el acierto en la gestión de los intereses generales, como es por ejemplo el del mayor número de ministras. Lo que sería, en cambio, un gesto de realismo “sancho-pancista” sería reconocer que su Gobierno es el que más incumple, de todos los de Europa, las normas éticas y de buen gobierno. En efecto, no hay ningún Gobierno en la OECD sobre el que recaigan tantas sombras de sospecha, empezando por la conflictiva tesis doctoral de su presidente, y siguiendo por los atajos fiscales que utilizaron algunos de sus miembros para no contribuir en la medida de lo posible con sus obligaciones tributarias.
La misma acusación de ensoñación quijotesca puede hacerse de la visión que tiene nuestro Don Pedro de la Mancha del independentismo catalán. Sánchez declaró ese día que su Gobierno siempre va a “reivindicar el diálogo frente a la confrontación y el respeto a la Constitución frente a cualquier intento de vulnerarla”. Y es que lo que desde sus desvaríos él ve como “diálogo”, el pueblo realista no ve más que monólogo independentista; y en lo que ve de defensa de la Constitución frente a cualquier intento de vulnerarla, el “sancho-pancismo” popular ve cesiones y pagos por el puñado de votos que lo sostienen en el poder. Una muestra elocuente de esto último es la retirada por parte del actual Gobierno de numerosos recursos planteados por el anterior Gobierno ante el Tribunal Constitucional por posibles invasiones de competencias estatales por parte de la Generalidad.
Finalmente, la sentencia de Pedro Sánchez de que “el Gobierno en siete meses ha hecho más por la Justicia social, la regeneración democrática y la modernización de nuestra economía que el anterior gobierno en siete años” es un desatino de tal envergadura que solo por ella ya merecería la calificación de sujeto “quijotesco”. Pero para no utilizar mis propias palabras voy a recordar las que escribió Bieito Rubido en su Astrolabio del 29 del mes pasado: “El Consejo de Ministros solo se reúne para calcular el siguiente guiño populista, mientras la economía se frena, la situación catalana se pudre, la imagen exterior se deteriora y la incertidumbre se apodera del cuerpo social, y ellos siguen en la mueca y el aspaviento”
Cervantes indicó las razones por las que Don Quijote perdió el juicio: «El poco dormir y el mucho leer». No creo que Sánchez duerma poco y lea mucho. Por eso, tienen que ser otras las razones, y yo me atrevo a incluir entre ellas su desmesurada egolatría y su paralizante narcisismo. Ambas le han llevado a saltarse a la torera todas las reglas no escritas que gobernaban nuestra convivencia política y a concluir pactos contra naturahasta que alcanzó la obsesiva meta de llegar a La Moncloa.
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
