Opinión
El 11 de septiembre: la Diada y la influencia de la multitud sobre el individuo
Al intentar identificar algunos de los procesos más significativos de influencia social que operan en la multitud manipulada que se manifiesta en pro del secesionismo de forma masiva, tomaré como referencia las observaciones de Marx y MacAdam, que han distinguido estos siete procesos: sentido de legitimidad, ilusión de unanimidad, anonimato, solidaridad y poder, difusión de responsabilidad, facilitación social e inmediatez. Creo conveniente añadir, en atención a los estudios psicosociales sobre la influencia social en grupo y a los estudios de conducta colectiva, mencionar un proceso más: el de normalización.
Analicemos uno a uno los procesos a que me refiero.
a.- Sentido de legitimidad
Formar parte de un gran número de personas confiere a la multitud, una imagen de legitimidad, una creencia en que las personas que componen esa colectividad están asistidas por la razón y defienden una causa justa. El individuo, para definir la situación, parte del convencimiento de que lo que dicen o hacen los demás es correcto y aceptable, por lo que debe ser secundado.
b.- Ilusión de unanimidad
Un concepto precedente del que nos ocupa es el de impresión de universalidad, propuesto por Allport y que se aplica a una multitud suficientemente numerosa en la que el participante llega a convencerse de que “todo el mundo” piensa como él y de que son tantos los que se han congregado que “no pueden” estar equivocados, con lo que aumenta el nivel de confianza y unión con el grupo. La ilusión de universalidad puede ser considerada una forma de pensamiento egocéntrico que la Psicología social cognitiva ha denominado efecto de falso consenso.
El concepto de ilusión de unanimidad resulta más acorde a la situación catalana y consiste en la percepción errónea de que todos los participantes están de acuerdo con lo que en la situación de multitud se hace o dice, de que allí existe una “mente similar”.
c.- Solidaridad y poder
Puesto que la multitud secesionista es un grupo, los participantes tienen conciencia de pertenecer a un todo, a una unidad más grande que uno mismo. De ahí se deriva un sentimiento de unión y vinculación con los demás. La cohesión grupal se percibe como solidez y fuerza y genera en los miembros un sentimiento de poder. Es un hecho que la capacidad de influencia de cada miembro de esta multitud se multiplica por el número total de participantes, de forma que “lo que un individuo no puede conseguir solo, una multitud de miles de personas puede no encontrarlo especialmente difícil”. De ahí se derivan los objetivos alcanzables por la multitud.
d.- Anonimato
Cuanto mayor es el número de personas, menos probable resulta que un individuo pueda ser identificado como tal, por lo que es más fácil que pueda violar las normas establecidas sin que los agentes de control social puedan imponerle sanciones o castigos. La impunidad existente o ausencia de sanción, como está ocurriendo, debilita el cumplimiento de las normas convencionales. También fomenta el anonimato el hecho de que los participantes, más que hallarse “cara a cara” se encuentran “hombro con hombro”.
e.- Difusión de responsabilidad
La responsabilidad, especialmente en estas manifestaciones de multitudes numerosas, tiende a no ser asumida individualmente, sino más bien compartida con los demás. La línea de estudios psicosociales centrados en la explicación de la conducta de ayuda en situaciones de emergencia constató la tendencia a la difusión de responsabilidad en situaciones en que diversas personas presenciaban una emergencia, observando que la responsabilidad disminuía a medida que iba aumentando el número de espectadores.
Otro fenómeno que puede explicarse en parte desde esta perspectiva es el denominado “giro hacía el riesgo”, consistente en que las personas son más capaces de asumir decisiones arriesgadas en grupo que de forma aislada, situación que bien puede explicar las tomas de decisiones del presidente de la Generalidad y su equipo de gobierno. El riesgo asumido quedaría aquí bajo la responsabilidad del grupo y no individualmente de sus miembros.
f.- Facilitación social
El fenómeno de facilitación social fue identificado en los experimentos de Allport como una intensificación de las respuestas del individuo simplemente por el hecho de encontrarse en presencia de otros. Allport extendió el efecto de facilitación social al contexto de la multitud señalando que en ella el individuo se comportaría de forma más intensa que cuando actúa en solitario.
g.- Normalización
Tanto la naturaleza poco organizada de la multitud como el carácter poco estructurado de una nueva situación producen un efecto de ambigüedad inicial respecto a qué conducta a seguir. Tras estudiar el comportamiento en situaciones ambiguas, los experimentos de Sherif demostraron que los individuos entraban en interacción para reducir la incertidumbre y decidir qué curso de acción debían seguir, y que emergía en esas situaciones una norma que cumplía estas funciones. Los grupos, como ocurre con la multitud, carecían de normas definidas, tendían a elaborarlas y, una vez aparecidas, iban siendo adoptadas por los miembros en general.
h.- Inmediatez
El carácter envolvente de la situación de multitud puede llegar a implicarnos tanto en ella que nos persuada de que es preciso dar una respuesta inmediata sin concedernos apenas tiempo para la reflexión. Nos dejamos influir por esta conciencia de inmediatez, por esta inmersión en el momento presente que, al mismo tiempo que implica una atención focalizada en el ahora y aquí, significa una tendencia a seguir la conducta de quienes nos rodean sin conceder importancia a las consecuencias que posteriormente puedan derivarse. El hecho de que las concentraciones en multitud ocurran con frecuencia en situaciones críticas o problemáticas como vivimos las de ahora puede imprimirles un carácter de urgencia.
En el análisis del impacto de estos procesos de influencia social lo que subyace es el carácter irracional de la conducta colectiva en Cataluña.
*Teniente coronel de Infantería y doctor por la Universidad de Salamanca.
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
