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El Atlético contrató a Villarejo para espiar a los socios molestos
El portal Moncloa.com ha desvelado este jueves un informa, denominado «Stage», que la oficina del excomisario José Villarejo realizó en 2004 a petición del Atlético de Madrid.
Dicho informe contiene cuantiosa información sobre los socios opositores a la cúpula del club, encabezada ya por entonces por Miguel Ángel Gil Marín y Enrique Cerezo. Esos socios «molestos» para los dirigentes rojiblancos se habían agrupado en torno a la plataforma Alternativa Atlética, opuestos a la operación urbanística que debía acabar con la venta del Vicente Calderón y el traslado del equipo a un nuevo estadio.
«Lejos de encontrar colaboración por parte de todos los abonados (principales beneficiados con dichas mejoras), se ha detectado que determinadas personas, que se arrogan la representatividad de parte de los mismos, vienen organizando por tal motivo, una intensa campaña para boicotear sistemáticamente dichas negociaciones, con el fin de intentar paralizar las mismas», señala el informe en su introducción.
En las 23 páginas presentadas a José Camarero, jefe de seguridad del Atlético, se recaba información sobre los miembros de la plataforma, que se presentaron en sociedad en mayo de 2003 en una rueda de prensa celebrada en el hotel Rafael Pirámides.
El informe ofrece información, entre otros de Alfonso Camba Barbolla, presidente de Alternativa Atlética, José Luis Sánchez Ayuso, dirigente de Señales de humo, o Antonio Miguel Carmona, hoy concejal socialista en el Ayuntamiento de Madrid y que acudió a la presentación como asesor económico y financiero. De este último, el informe señala que busca conocer «en la medida de lo posible todos los movimientos de acoso y derribo de la familia dueña del estadio por ser enemigos furibundos del PSOE», en referencia a los Gil.
El objetivo último de la investigación era «salvaguardar» los intereses del club y detectar cuáles eran las actividades «obstruccionistas» que llevaban a cabo los socios contrarios a la mudanza del Calderón.
Villarejo propuso dos fases de actuación en el informe, centradas en «sabotear» las relaciones entre los movimientos y organizaciones contrarios a los dueños del club y «sembrar desconfianza» entre ellos con el uso de «desinformación». El operativo incluía «vigilancias, seguimientos, filmaciones y controles electrónicos si fuera necesario».
Se desconoce si el Atlético aceptó los honorarios pedidos por Villarejo para llevar a cabo ese plan: 340.500 euros. Sí se da por hecho, en cambio, que el club rojiblanco pagó los 15.500 euros que se exigieron por el informe Stage desvelado este jueves.
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Zapatillas: comodidad, moda y decisiones de compra en el Perú de hoy
zapatillas: la palabra suena cotidiana, pero en el Perú de hoy concentra una discusión más grande sobre consumo, identidad y hasta salud pública, porque lo que nos ponemos en los pies dice mucho de cómo vivimos y de lo que priorizamos. En Lima y en regiones, la escena se repite: gente que se mueve más, que combina trabajo con trayectos largos y que, en medio de un ritmo acelerado, busca algo que aguante el trote sin castigar la espalda ni el bolsillo.
La “zapatilla” ya no es un objeto reservado para el deporte. Se metió en la oficina (cuando el código de vestimenta se relajó), en el campus, en la combi, en el mall, en la salida familiar del domingo y en la caminata improvisada por el malecón cuando el día se presta. Y, sobre todo, se instaló como una compra que no se hace a ciegas: se compara, se calcula y se decide con una mezcla de gusto, necesidad y presupuesto. Lo interesante es que el mercado lo entendió antes que muchos: el abanico de opciones se ha ampliado al punto de que, en una sola vitrina digital, conviven líneas urbanas, deportivas y “de uso diario”, con marcas globales y otras más accesibles que apuntan al volumen.
Ese crecimiento se nota en la oferta. En el catálogo de marcas de zapatillas de Ripley, por ejemplo, la variedad es tan amplia que el listado se cuenta por miles de resultados y reúne nombres que van desde Adidas, Nike y Puma hasta New Balance, Converse, Skechers, Reebok y Steve Madden, entre muchas otras marcas presentes en el mismo espacio de búsqueda. No es un detalle menor: cuando el consumidor encuentra tanta diversidad en un solo lugar, la competencia deja de ser únicamente “quién vende” y pasa a ser “quién orienta mejor”, “quién ofrece mejor experiencia” y “quién resuelve rápido” si algo no calza como uno esperaba.
También hay un componente económico que empuja la conversación. Las campañas de descuento, cupones y temporadas comerciales han convertido a las zapatillas en uno de los productos emblema del e‑commerce, con mensajes agresivos de precio y urgencia. En esa misma página se promocionan ofertas “hasta 30% OFF” y se menciona incluso la dinámica de cupón en app, un guiño directo al nuevo consumidor que compra desde el celular y caza promociones con paciencia. No estamos hablando solo de calzado: hablamos de un hábito de compra cada vez más sofisticado, donde la gente no solo busca “algo bonito”, sino “algo que rinda” y que, si puede, salga con descuento.
Pero la zapatilla no vive únicamente en la lógica del ahorro. Hay un fenómeno cultural, silencioso y persistente: el calzado se volvió una forma de pertenecer. En el Perú urbano, sobre todo entre jóvenes, la zapatilla comunica. Una silueta ancha o minimalista, un color sobrio o una combinación llamativa, un modelo clásico o uno más “tech”: todo eso funciona como lenguaje. No hace falta decirlo en voz alta. Se ve. Y esa lectura se ha normalizado tanto que hoy hay personas que planifican su outfit alrededor del par que tienen, no al revés.
En paralelo, la demanda de comodidad dejó de ser “un gusto” para convertirse en criterio principal. El ciudadano promedio camina más de lo que cree: para llegar al paradero, para atravesar centros comerciales, para hacer trámites, para moverse en jornadas largas. En ese escenario, la amortiguación, el soporte y la durabilidad pesan tanto como la apariencia. Por eso se ha vuelto común que una misma persona tenga distintos pares según uso: uno para entrenar, otro para calle y otro para el día a día, incluso si todos se llaman “zapatillas”. Y esa segmentación explica por qué los catálogos se han hecho tan extensos y detallados: no se compra lo mismo para correr que para caminar o para estar de pie ocho horas.
La otra cara de esta historia es la digitalización del consumo. Comprar zapatillas por internet —antes visto con desconfianza— hoy es rutina, especialmente cuando el usuario siente que puede filtrar por marca, talla, estilo y precio en segundos. Esa “sensación de control” es clave. La navegación por grandes listados, donde aparecen decenas de marcas y una cantidad muy alta de opciones, refleja que el consumidor peruano ya no quiere una tienda con pocas alternativas: quiere un buscador con muchas puertas. Y el retail ha respondido con páginas que organizan el caos: filtros, categorías y un lenguaje comercial que insiste en el beneficio inmediato (descuento, envío, cupón, campaña).
Ahora bien, en medio de tanta oferta, surge la pregunta que vale oro para cualquier comprador: ¿cómo elegir sin perderse? Aquí, más que recetas, hay criterios prácticos. Primero, tener claro el uso: no es lo mismo una zapatilla urbana, pensada para caminar y combinar, que una de entrenamiento, que debe priorizar estabilidad y soporte. Segundo, mirar el material: la promesa de “ligereza” puede ser buena, pero si el uso es intenso conviene revisar costuras, suela y ventilación. Tercero, no subestimar la talla: el pie cambia con el tiempo, con el calor y con el tipo de media; comprar por impulso suele ser el camino más corto a la incomodidad.
Al final, las zapatillas concentran un retrato bastante exacto del Perú contemporáneo: un país que se mueve, que mezcla lo formal con lo práctico, que compra con más información que antes y que, pese a las diferencias de ciudad y bolsillo, comparte una misma idea básica: caminar cómodo ya no es un lujo, es una necesidad. Y en esa necesidad caben muchas historias: la del estudiante que quiere durar todo el ciclo con un solo par, la del trabajador que prioriza salud y resistencia, la del padre o madre que busca calidad sin desbalancear el gasto, y la de quien —simplemente— encuentra en un buen par una pequeña certeza para enfrentar el día.
