España
El doctor chisgarabís
Federico Ysart.- Lamentablemente tenemos al frente del Gobierno a un sujeto lamentable; más que mentiroso, plagiario y presumido es un chisgarabís que improvisa cada vez que habla y siempre sin tener idea de nada. Por ello es inacabable el rosario de contradicciones que acumula en tan efímera visa política.
La imagen de la veleta le queda grande; demasiado alta para tan baja estatura moral. Siempre volátil a merced del viento, la veleta ostenta la dignidad de permanecer enhiesta sobre las cumbreras de torres o estaciones meteorológicas; el zascandil no, se muestra agazapado sabedor de su escuálida base.
Las vueltas del doctor chisgarabís son de piñón fijo que gira engrasado por el afán de permanecer en el poder. En esa meta tiene cifrada su ambición y a ella sacrifica cuanto sea menester, sin los matices con que el gran Macchiavello adornaba sus lecciones al príncipe.
Porque el doctor es tosco, aun cuando se desmienta con la soltura de la cantariña. Ayer tachaba al procés de golpe de estado como hoy lo devalúa, habla de endurecer las penas de la rebelión y también de limitarlas, pacta un techo de gasto, lo rompe firmando otro que vuelve a romper para terminar donde no sabe dónde porque se ha hecho un lío.
Todo es una broma si su insensatez no nos abocara a una tragedia. En contra de lo que prometió no hace cumplir la Ley que él mismo incumple. Ayuntamientos se manifiestan contra la forma política del Estado y al mequetrefe no se le ocurre mas que despenalizar las ofensas a la Corona y símbolos nacionales. Trata a las instituciones como meros medios para satisfacer sus fines, y así opera sobre RTVE, el CIS y con los cuerpos civiles y militares del Estado.
Pero lejos de detenerse en manipular la Administración que tiene encomendada, el jefe del Ejecutivo interfiere en los otros dos poderes del Estado. El Legislativo sufre su ninguneo al Congreso y el asalto a las facultades del Senado, y en cuanto al Judicial… ¡ay los brazos de la Ley!
Todo ello cubierto por una propaganda a la medida de la presuntuosa imagen que trata de cincelar a golpe de retratos haciendo como que hace; en helicóptero, y tras unas gafas de comandante de nave II Guerra Mundial, haciendo que estudia papeles, o sobre una camilla de estudio haciendo que dona sangre. Plagia al colega canadiense poniendo a una niña en su despacho, donde otro día se fotografía con Cook o Gere o quien haga falta, qué más da, mientras sea famoso.
Una broma que por lo que se ve tiene cautivado al partido que lo expulsó hace dos años por querer hacer exactamente lo que está haciendo: marchar al compás de una panda de comunistas y sediciosos nacionalistas a donde ni él debe de saber a dónde.
¿Hasta cuándo seguirán silentes González y Guerra, Múgica, Almunia, Rubalcaba, Solana, Bono, Solchaga, Solbes y tantos otros?
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
