Internacional
El fin de Roe vs Wade salva del aborto a 10.000 bebés en Estados Unidos
Trump puede pasar a la Historia, quién sabe, como uno de los mejores presidentes que ha tenido Estados Unidos o como un fracaso absoluto, el tiempo dirá. Pero hay ya, al menos, diez mil personas que en el futuro podrán decir que le deben la vida al expresidente. Ese es el número de abortos de menos que se calcula se han practicado en los dos meses posteriores a que el Tribunal Supremo revirtiera en junio el precedente de la sentencia de Roe contra Wade, que convirtió el aborto en un derecho constitucional. Y eso fue posible gracias a que Trump nominó a tres jueces provida, rompiendo así la mayoría progresista en el alto tribunal.
Según la Sociedad de Planificación Familiar (SFP), a escala nacional, los abortos legales disminuyeron un 6% después de entraran en vigor nuevas restricciones al aborto en 13 estados. Los estados sin nuevas restricciones al aborto vieron un aumento en los abortos, pero no lo suficientemente grande como para compensar las disminuciones que ocurrieron en otros, lo que sugiere que las restricciones a nivel estatal son generalmente efectivas para reducir los abortos.
Hubo aproximadamente 22.000 abortos menos en los estados con restricciones post-Roe, mientras que se produjeron 12.000 más en los estados sin nuevas restricciones, según la SFP; no está claro qué proporción de esos abortos se realizaron en mujeres que habían viajado desde otros estados.
Los datos se obtuvieron de centros que eran responsables de aproximadamente el 82% de todos los abortos antes de que se anulara Roe, lo que significa que no tienen en cuenta los abortos ilegales, incluida la tendencia creciente de abortos químicos ilegales inducidos por píldoras introducidas de contrabando desde países extranjeros.
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
