España
El Gobierno autoriza el acercamiento a Vascongadas de otros tres presos de ETA y suma 26 traslados en ocho meses
La Secretaría General de Instituciones Penitenciarias ha ordenado el traslado a centros cercanos a Vascongadas de tres internos de ETA que cumplen condenas por delitos de terrorismo: Javier Aguirre Ibáñez, Unai Fano Aldasoro y Javier Sagardoy Lana.
En los tres casos las juntas de tratamiento han justificado la decisión por el arraigo familiar, según ha informado Instituciones Penitenciarias. Con estos, son ya 26 los traslados de presos de ETA autorizados desde que Fernando Grande-Marlaska llegó al Ministerio del Interior en junio de 2018.
Javier Aguirre Ibáñez será traslado, a propuesta de la junta de tratamiento, del centro penitenciario Ocaña II al de Logroño. Ingresó en prisión el 19 de enero de 2016 y cumple una condena de seis años y seis meses por falsificación de documento público y colaboración con banda armada. Cumplirá las tres cuartas partes de condena en noviembre de 2020. Ha renunciado a la violencia y acepta la legalidad penitenciaria.
Unai Fano Aldasoro pasará de Algeciras a la cárcel de Soria. Ingresó en prisión el 18 de diciembre de 2008 y cumple una condena de 19 años y 13 meses por los delitos de organización terrorista, tenencia de explosivos, falsificación de documentos, tenencia ilícita de armas y robo de vehículos. Cumplirá las tres cuartas partes de la condena en enero de 2024. Según Interior, Asume la legalidad penitenciaria vigente.
El tercero de los etarras es Javier Sagardoy Lana, que será trasladado de Soria a la cárcel de Pamplona. Ingresó en prisión el 30 de septiembre de 2013 y cumple una condena de seis años por asociación ilícita. Cumplió las tres cuartas partes de la condena en octubre de 2017.
La Junta de Tratamiento de la prisión de Soria ha propuesto su progresión a tercer grado, al cumplir los requisitos establecidos en la Ley General Penitenciaria, según ha informado Instituciones Penitenciarias.
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
