Sociedad
El Gobierno subvenciona centros juveniles catalanes que lanzan soflamas independentistas
El Gobierno español subvenciona con dinero público distintos centros juveniles catalanes que dedican buena parte de su actividad a propagar soflamas independentistas y reforzar el discurso de la secesión.
En total, son 32 asociaciones organizadas bajo la Federación de Casales de Jóvenes de Cataluña y que se constituyeron, tal y como se conocen hoy, a partir de 1994. Sus premisas organizativas son tres: son independientes de instituciones públicas, son autónomos para tomar decisiones y se auto gestionan.
Con los 124.000 euros de la subvención se organizan talleres de autodefensa contra la represión policial o mantienen las plataformas digitales donde muestran su apoyo a los “presos políticos”. Estos centros que surgen, entre otras cosas, para promover la participación de los jóvenes en la sociedad, acogen a chavales de entre 16 y 30 años.
Según recoge el presupuesto para este 2019 de la Federación de Casales de Jóvenes de Cataluña y que ha revisado COPE, este colectivo ha recibido 224.000 euros en subvenciones públicas. De esa cantidad, 124.000 les llegan a través del Ministerio de Asuntos Sociales y de Familia.
COPE ha descubierto cómo parte de ese dinero que les da el Gobierno de España se utiliza para sufragar actividades pro-independentistas y contra el Estado español. El Casal de Jóvenes de Guineueta, por ejemplo, ubicado en Nou Barris, en Barcelona, organizó días antes de conocerse la sentencia del juicio del procés unos talleres de autodefensa contra la represión policial.
Además, varios de estos casales como el de Acció Centellenca o el de la Assamblea de Jóvenes de Parets han utilizado estas últimas semanas las redes sociales para dejar clara su posición: “Detrás de los presos políticos, dicen en un comunicado, siempre estaremos nosotros”.
A los 124.000 euros del Gobierno hay que sumar 62.000 procedentes de la Generalidad de Cataluña o 21.000 de la Diputación de Barcelona.
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
