Opinión
El monstruoso Estado sanchista.
La llegada tarde del presidente del gobierno español al desfile del 12 de octubre, obligando a los reyes a esperarlo y destrozando el protocolo oficial, no fue un hecho aislado o un accidente, sino el síntoma claro del poder desmesurado de Pedro Sánchez y de la ausencia de democracia en el gobierno español.
España vive ya de lleno un enfrentamiento entre el gobierno y gran parte de su pueblo, una contienda típica de las tiranías. La batalla vital de la política es la del ciudadano contra el poder político abusivo e injusto. Por eso es clave tener un Estado pequeño y controlado, Justo lo contrario de lo que que el monstruoso Estado sanchista.
El de Sánchez es el más grueso y costoso Estado de la Unión Europea. Tiene más políticos en activo que Francia, Alemania e Inglaterra juntos, más coches oficiales y asesores que cualquier otro país y más ministerios que cualquier otro, además de más privilegios y poderes casi absolutos para una clase política española que es la más rechazada y odiada por los ciudadanos en toda la Unión.
La mejor manera de identificar una tiranía es mirar la dimensión de su Estado. Todas las tiranías tienen un Estado enorme, como los de Cuba, Venezuela, Nicaragua, Corea del Norte y otros. El de España, bajo el poder de Pedro Sánchez, no ha parado de crecer y se acerca en su dimensión a los estados totalitarios.
La democracia es incompatible con un Estado grueso y poderoso porque ese sistema nació para controlar y limitar el poder de los Estados, a los que somete y limita mediante una serie de mecanismos entre los que destacan las elecciones libres, la libertad de expresión y de prensa, la separación e independencia de los poderes básicos del Estado, el imperio de una ley, igual para todos y administrada por un sistema de Justicia independiente y despolitizado, el peso e influencia de los ciudadanos y de la sociedad civil organizada en la toma de decisiones, la limitación de los poderes de los partidos políticos y otros mecanismos que impiden la tiranía.
En España, el poder del Estado está escasamente controlado y su máximo dirigente se ha convertido en un político sin control, capaz de realizar múltiples abusos e injusticias, como el gasto público desbocado, el endeudamiento brutal, el uso de la mentira y el engaño, la compra de votos con dinero público, una ley politizada y desigual, la compra descarada de medios de comunicación, voluntades y votos y un larguísimo etcétera donde caben multitud de actitudes totalitarias prohibidas en las democracia, como la corrupción desbocada, los impuestos abusivos y una propaganda desorbitada que no tiene otro fin que mantenerse en el poder.
Las instituciones ideadas para controlar los excesos de poder y arbitrariedades dañinas para la nación no funcionan en España y todas, desde la Monarquía a la Justicia, las Fuerzas Armadas y los medios de comunicación libres, están tristemente sometidas al poder imparable del Ejecutivo.
La misma composición del gobierno ya colisiona con el concepto «democracia». Integrado por socialistas y comunistas, dos partidos adoradores del Estado fuerte, reacios a ser controlados, colectivistas, enemigos de la libertades y derechos individuales y con una historia detrás plagada de crímenes y opresiones, que para colmo de males se ha aliado con partidos golpistas, separatistas y amigos del terrorismo, dando vida así a un revoltijo incompatible con las naciones libres y próspera del mundo occidental.
El Estado de Sánchez tiene más políticos que Francia, Alemania e Inglaterra juntos, mas aforados que el resto de Europa junta, más asesores, más coches oficiales y privilegios para sus políticos que el resto de los países europeos y menos controles al poder que ninguno de sus socios de la Unión.
El Estado Español tiene más ministerios que los demás de Europa y la justicia más politizada y menos independiente del continente Europeo, exceptuando quizás a Rusia.
España es también el país de Europa con legisladores más sometidos al poder desmesurado de sus partidos, hasta el punto de que el Congreso y el Senado, que deberías ser templos del libre debate, son hoy tristes jaulas donde cada diputado o senador sólo puede decir lo que le autorice su partido, lo que impide e invalida el libre debate, que es una de las esencias de la democracia.
Ningún otro gobierno de Europa utiliza con más frecuencia el decreto para gobernar y no hay otro que eluda más que España el debate parlamentario de las leyes.
El colmo de la ignominia y la antidemocracia en España es que el gobierno está en minoría ante la sociedad y la opinión pública, como lo reflejan las encuestas con creciente claridad e insistencia. No existe ningún otro gobierno en Europa que tenga más rechazo ciudadano que el de Pedro Sánchez, un tipo que últimamente ni puede salir a las calles porque el pueblo lo recibe con abucheos y pitos.
España no está gobernada por un tiranía que avanza hacia el modelo venezolano, sino una tiranía que ya está en pleno funcionamiento y que impone sus caprichos y decisiones violando la voluntad popular a diario.
Francisco Rubiales
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
