España
El nuevo brote de maniqueísmo ha surgido ahora de las corrientes feministas de izquierda
En aquellos cines de sesión continua, cuando entrabas y ya había empezado la película del Oeste, siempre le preguntabas al chico de al lado quién era el bueno. Una vez localizado el bueno, ya podías disfrutar, deseando que al bueno le pasaran cosas buenas y al malo cosas malas.
El maniqueísmo está al alcance de un niño, aunque no sepa lo que es, y es muy útil para personas con dificultad de razonamiento o escasa inteligencia. El nuevo brote de maniqueísmo ha surgido ahora de las corrientes feministas de izquierda, que ya han decretado que el feminismo lo inventó la izquierda, no la corriente liberal, y que no se puede ser mujer, feminista y de derechas. Imposible. Y si hay alguna mujer que se atreva a decir que es feminista, y no es de izquierdas, es una impostora de la que conviene huir.
Debe ser el contagio del coronavirus nacionalista -el maniqueísmo en sus cotas de excelencia- donde el que no es nacionalista es bajo, feo y tonto, mientas el nacionalista es listo, alto, rubio y de ojos azules. Y, si haces algo mal, le echas la culpa a los que no son nacionalistas. Si tienes a dos seres humanos, enterrados bajo una montaña de basura, y eres incapaz de sacarlos, y los dejas allí como si fueran perros vagabundos, y eres el que mandas en el gobierno autonómico, la culpa es de no tener todavía la independencia plena, nunca del nacionalista torpe e incapaz. Y si una feminista de pro, con responsabilidades de ministra, redacta un texto lleno de errores, quienes lo critican no son gente razonable e inteligente, sino asquerosos machistas, porque una feminista o un nacionalista es, intrínsecamente, una persona inteligente, bondadosa y perseguida. ¿Perseguida y ministra? Podrá preguntarse alguien. ¡Chisssst! Cuidado con esas observaciones, que le acusarán de machista. Federico Jimenez Losantos, que tiene una gran facilidad para el retruécano, anteayer en un artículo de El Mundo, rebautizó el ministerio de Igualdad como ministerio de Igual da, sin la “d” final, o sea ministerio de Igual da, o Da igual. Da igual cómo se redacte un proyecto de ley, porque lo importante es saber quienes son los buenos y quienes son los malos; da igual no haber mostrado ni un recuerdo misericordioso, ni un signo de piedad hacia las pobres familias, que aguardan a ver qué día o qué año recuperan los cuerpos de Zaldíbar; da igual si Cataluña, gracias al gobierno de los nacionalistas, es la comunidad con los impuestos más altos y con una deuda que supera los 70.000 millones de euros. Da igual, porque en esta película de la vida española lo importante es saber quienes son los buenos y quienes son los malos. Y no caer en la perniciosa manía de discurrir. Pasado mañana, las feministas del PSOE, que saben que son autoproclamada feministas pata negra, desfilarán con el orgullo y la tranquilidad que proporciona el maniqueísmo, con el sosiego y la satisfacción de saber que ellas están en lo cierto y las demás, pobrecitas, en el campo equivocado.
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
