Sucesos
El Rúa Mar, investigado por narcotráfico
El Rúa Mar se hundió hace ya una semana a unas 28 millas del Cabo Espartel por algo absolutamente imprevisto. Creen lo investigadores que un golpe de mar, hasta el punto de que las dos balsas salvavidas rescatadas estaban cerradas. No les dio tiempo de echarlas al agua.
También se investiga qué carga podía llevar la embarcación en ese momento porque, según confirman fuentes al tanto de las pesquisas, venía siendo seguida desde hacía meses por orden de la Audiencia Nacional por presuntas actividades de narcotráfico.
Nos cuentan estas fuentes que se intentaba averiguar si el barco alojaba hachís en alta mar para ser transportada hasta la costa de Andalucía. Es un viejo método del narcotráfico que estaría sustituyendo, en las últimas fechas, al habitual de las narcolanchas; ante el acoso policial que están sufriendo estas embarcaciones, incluida una modificación legal que controla al mínimo su fabricación y uso.
Creen los investigadores que podría disponer de un doble fondo en el que alijaba hachís procedente de Marruecos. Una vez en tierra firme es trasportado en muchas ocasiones en camiones, también con doble fondo, hasta su destino.
Nuestras fuentes relacionan esta investigación con la que ya intervino el pasado mes de octubre casi 1.200 kilos de hachís en otro pesquero, también en el Puerto de Algeciras, donde tenía el amarre el Rua mar. En aquella ocasión la droga estaba en un doble fondo.
La investigación sobre este barco hundido era seguida por la Audiencia Nacional dentro de una causa secreta. La noticia salta en medio del drama que viven las seis familias de estos pescadores que intentan aún recuperar los cuerpos de cuatro de ellos. La búsqueda se amplia ahora hacia el Mediterráneo con la incorporación de drones para facilitar la localización de cualquier resto de la embarcación.
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
