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El Señor de las Calaveras: algo huele a podrido en Occidente

Por Laureano Benítez Grande-Caballero.- En una escena de Hamlet que tiene como fondo el palacio real de Elsingor, el príncipe Hamlet oye a Marcelo ―uno de sus centinelas― exclamar: «Algo huele a podrido en Dinamarca», celebérrima frase que desde entonces se emplea para referirse a un país cuando está devastado por la corrupción, que conduce inevitablemente a la putrefacción.
Sólo que ahora no solamente afecta Dinamarca, ya que el hedor de descomposición afecta en general a toda la civilización occidental. Especialmente a España, por supuesto, y no solamente porque su corrupción desprenda una pestilencia que llega a Marte.
Pero, ¿qué es corrupción? En las sociedades posmodernas, que padecen una cultura amoral, que ha perdido sus valores éticos, en gran parte por el laicismo avasallador que la impregna y desnaturaliza sus orígenes cristianos, lo corrupto se suele identificar exclusivamente el ámbito económico, con el choriceo, con la buchaca rebosante conseguida mediante trapicheos y chanchullos, con las alforjas abultadas a base de delincuencias varias.
Mas hay otras podredumbres, otras corrupciones más amplias, que, por afectar a la dimensión ética que da el sello de humanas a nuestras conductas, adquiere tintes más sombríos, más tenebrosos, pues desemboca con frecuencia en lo que podemos llamar perversión, degradación, degeneración, conceptos peligrosamente destructores que producen ese típico olor a podrido que desprenden las sociedades infectadas por estos virus.
Una de las corrupciones más clamorosas de las sociedades occidentales es el avasallador fenómeno del feísmo, que enfanga con sus detritus muchos ámbitos de nuestra civilización, hasta el punto de que el vocablo más adecuado para explicar la edad «posmoderna», después de la palabra «globalización», sería el término «feísmo».
Hasta hace relativamente poco, era lo suficientemente optimista como para creer que la historia de la humanidad era un continuo marchar hacia adelante, un permanente perfeccionamiento darwiniano de la especie humana, conquistando cada vez metas más complejas y evolucionadas. Pero el siglo XX, el horrible siglo del mal, ha dado paso a un nuevo milenio todavía peor, donde la civilización está siendo puesta seriamente a prueba por una enorme invasión de feísmo, un espectacular chapopote que amenaza por anegar a la humanidad en un colosal agujero negro, llevándonos a un tremendo apocalipsis donde perecerán las excelsas creaciones del hombre, que inaugurará un posapocalíptico universo estilo «Mad Max».
Esta filosofía es la que se reflejan las famosas palabras de Harry Lime (Orson Welles) en la película «El tercer hombre»: «En Suiza hubo amor y fraternidad, 500 años de democracia y paz, y… ¿que tenemos? El reloj de cuco». Con la diferencia -claro está- de que es el reloj de cuco no puede considerarse feo, todo lo más un pelín cursi y heidiano.
Feísmo avasallador, porque, después de miles de años de civilización, ¿qué tenemos?: si antes fue la maravillosa Capilla Sixtina, ahora hemos pasado a considerar artísticas las más tenebrosas y epatantes «performances», como mearse en la calle, dejar morir de hambre a un perro atado a una cuerda, o componer con hostias consagradas la palabra «pederastia».
En cuanto a la música, ¿qué tenemos, después de tantos siglos de existencia? ¿Cómo es posible que pertenezcan al mismo planeta y a la misma especie la Novena Sinfonía de Beethoven, y los alaridos chiripitifláuticos de contoneantes raperos con vestimenta barriobajera? ¿Que pertenezcan a la misma España Juan del Enzina y el rapero antisistema Pablo Hásel, o el ínclito César «Strawberry»?
Después de dos milenios de teatro, ¿qué tenemos?: del «Otelo» shakeasperiano hemos pasado a espectáculos grotescos, como el que tuvo lugar en Madrid, en un céntrico teatro subvencionado por la Comunidad, donde, bajo el nombre de «Monte Olimpo», se desarrolló una orgía en directo durante un día entero.
En este sentido, los excesos feístas merecerían figurar en algún museo del horror. Por ejemplo, en el transcurso de una función de un prestigioso teatro de una de las más importantes capitales de Europa, durante el desarrollo de un pobrísima espectáculo, apareció una blasfema procesión en la que se llevaba en andas una estatua de la Virgen María, de la cual, una vez llegó llegada al escenario, emergió una vedette, una mujerzuela vulgar que la representaba, y ante un público atónito empezó a hacer un «strip tease» de burdel barato. Basura, pero satánica.
Y, ¿qué decir en general del mundo del entretenimiento? ¿Qué tenemos después de 100 años de cine?: de «Vértigo» y «El apartamento» hemos pasado a unos aberrantes espectáculos, donde se exponen casquerías y crímenes, contravalores espúreos, y toda una parafernalia de bajos instintos donde brillan con especial esplendor la violencia y el sexo degradado, amén de la descarada propaganda de la ideología LGTBI?
Después de milenios de moda, ¿qué tenemos?: vakeros rotos, pantalones cagaos, gorraspatrás, kamisetas… un grotesco monumento a la ordinariez, la cutrería, la ignorancia y la incultura. Es un cuanto a las modas femeninas, ¿qué quieren que les diga sobre su posmoderna inmodestia?
Una parte importante de la generación actual tiene la cutrería feísta como seña de identidad. No es que sean contumaces descorbatados, es que además son descamisados: en sus camisetas puedes ver una amplísima variedad de logotipos a cual más hortera y horrendo, desde un pepino hasta un oso orinando, desde la pesadísima boina del Che, hasta el satánico «Iron Maiden»… pero la palma se la llevan las calaveras impresas en tatuajes y camisetas con las que tanta gente convoca a las maléficas fuerzas luciferinas sin darse cuenta, calaveras que, con su feísmo satánico, constituyen el símbolo más perfecto de nuestra época degenerada, el icono más emblemático de la decadencia de la civilización occidental, la apoteosis del feísmo, y la posesión de las masas por fuerzas diabólicas: es el mundo de Skull@Bones, apoteosis del siniestro jolly roger que luce imperial en las carabelas con las que la plutocracia globalista nos conduce al nuevo mundo, el NOM. Es el símbolo perfecto del destino que nos aguarda en las manos de los psicópatas que rigen el mundo.
Desde las cuencas vacías de esas calaveras que la gente usa como si fuesen ositos de peluche, desde sus mandíbulas contraídas en una risa sardónica, nos mira y se burla de nosotros el Señor de las Calaveras, cuyo símbolo calavérico se infiltra subliminalmente en las conciencias de sus rebaños.
La verdad que no consigo entender que mucha gente de países presuntamente civilizados se vistan igual que los afroamericamos del Bronx, que los presidiarios de Alcatraz, o que los joveznos de cualquier Mara caribeña. Esto es lo que ha potenciado el marxismo cultural de la progresía mundial.
Y todo ello adornado frecuentemente con pelambreras imposibles estilo indios «chirikauas», tatuajes modelos «Alcatraz», y «piercings» que no los llevan ni los pigmeos de África ni los yanomamis amazónicos.
Pero no es de extrañar, en un mundo donde Marilyn Manson es embajador de estilo de Saint Laurent. Hay ya bolsos de diseño que imitan una bolsa de basura, en clara referencia a aquella película de Ben Stiller en la que se retrataba una colección basada en la indumentaria de los vagabundos.
Y, ya verán, dentro de poco se llevará la no-ducha, el rimmel corrido, los zapatos ortopédicos, abrigos peludos, las chanclas con calcetines y el ombligo al aire. Y también verán cómo este chapapote Mad Max llegará al Kongreso, si es que no ha llegado ya: tiempos desgraciados estos, donde vemos en los hemiciclos que representan al país rastas, camisetas pintarrajeadas o con consignas subversivas, besos homoeróticos, mamandurrias, cartelitos reivindicativos pidiendo libertad para los Bódalos de turno, y grotescos puños en alto.
Como siempre, bajo esta colosal cloaka de mugre chapotea el pestilente magma del globalismo, ya que el horizonte hacia el que apunta todo este chapopote de inmundicias es el ataque a los valores tradicionales de la sociedad occidental, y, muy especialmente, al cristianismo.
¿De dónde viene este apocalipsis de feísmo, de pestilencia, cuyo hedor llega a Marte? Pues desde donde pueden imaginarse, ya que la fealdad es la marca distintiva de las brujas, íncubos, súcubos, asmodeos, anfisbenas,etc… que rinden pleitesía al Señor de las Moscas, cuya representación más típica ―además de la de Bafomet― es una cabeza de cerdo descompuesta clavada en una pica, rodeada de enjambres de moscas y tábanos rabiosos: magnífica escena para representar en una galería de basurarte, perfecto icono para ilustrar la barbarie de nuestro mundo, apoteósica performance paradgmática del feísmo contemporáneo…Ése es Baal-Zebub, Señor de Moscas… el Señor del feísmo, de las Calaveras.
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Los dos minutos de odio. Por Diego Fusaro

Quienes hayan leído 1984 de George Orwell (una lectura muy recomendable siempre, y más aún en nuestra época tan orwelliana), recordarán sin duda la emblemática figura de Emmanuel Goldstein.
Él es el principal enemigo del Partido que gobierna Oceanía.
Debido a su oposición al Gran Hermano, todos los días, a partir de las 11:00, en todas las oficinas y lugares públicos, se celebran manifestaciones de histeria colectiva contra él: los «dos minutos de odio», como los califica la obra maestra de Orwell. Las masas hipnotizadas por la propaganda del Gran Hermano suspenden toda actividad para manifestar histéricamente su odio hacia Emmanuel Goldstein, del que no saben nada más que lo que el partido les dice a diario sobre él, presentándolo precisamente como el enemigo por excelencia, como la amenaza que pone en peligro la paz de su mundo.
También en este caso, como en muchos otros, la fantasía distópica de Orwell parece superada con creces por nuestro presente completamente distópico. También el Occidente actual, rectius uccidente, tiene su Emmanuel Goldstein, que sin embargo se llama Vladimir Putin.
A todas horas, la radio, la televisión y los periódicos de la civilización falsamente democrática del Gran Hermano repiten propagandísticamente que él es el enemigo, el peligro máximo, la amenaza suprema para el paraíso occidental Y las masas tecnonarcotizadas y teledependientes se prestan con estúpida euforia a esta representación de histeria colectiva, exhibiéndose en otras tantas variaciones tragicómicas de los dos minutos de odio de la memoria orwelliana.
Es una práctica antigua y probada del poder hacer creer que la contradicción y el enemigo están al otro lado del muro, en el espacio exterior con respecto a la sociedad totalmente administrada por el propio poder: de este modo, desviando siempre la mirada de las contradicciones internas de nuestra sociedad, se produce una unificación ficticia del interior, llamado a cooperar en función de la resistencia al enemigo exterior, del que tal vez, como hoy (pero lo mismo vale para Emmanuel Goldstein), se dice que está listo para invadir nuestra civilización.
Al igual que en la novela de Orwell, siempre hay un Emmanuel Goldstein detrás de cada contradicción, detrás de cada distorsión, detrás de cada mal, y lo mismo ocurre hoy en día en el orden discursivo dominante, que siempre y de nuevo señala a Putin —el nuevo Emmanuel Goldstein— como responsable de todos los males.
¿Alguien se atreve a discrepar de la Unión Europea de la vestal de los mercados apátridas Ursula von der Leyen?
Debe haber detrás la longa manus de Putin. ¿Alguien se atreve a criticar las políticas imperialistas de las barras y estrellas? Debe ser un agente secreto enviado por Putin a Occidente. ¿Alguien se atreve a cuestionar los equilibrios de la globalización neoliberal, cada vez más asimétrica? Por necesidad, es un infiltrado solapado de la Rusia de Putin. Releer a Orwell puede ser realmente beneficioso para un despertar colectivo del hechizo hipnótico de la sociedad del espectáculo y la manipulación milimétrica de las conciencias.
Apaguen la radio y la televisión, lean a Orwell. Quien se lo sugiere es, por supuesto, un espía enviado por Emmanuel Goldstein…
Por Diego Fusaro






