Sucesos
En España el principio de Igualdad ante la Ley ha dejado de existir, y yace, pudriéndose, en el «Ministerio de la Igualdad»
Un juez ordena poner una pulsera a una mujer acosadora y rectifica: «sólo es posible para hombres».
Un juez acuerda colocar una pulsera telemática a una mujer que ha quebrantado en varias ocasiones la orden de alejamiento que tiene de su ex pareja.
Minutos después, la decisión se rectifica: «no es posible colocar la pulsera de alejamiento a una mujer porque está sólo prevista para hombres.»
Entre los episodios por los cual quebrantó la orden de alejamiento estaban, además de presentarse en la casa y en el trabajo del denunciante, rayarle el coche y provocar un pequeño incendio en su garaje. La abogada pidió que se impusiera el control telemático a la mujer para controlar que se cumplía el alejamiento.
Desde el juzgado llamaron al teléfono de Cometa, el sistema de colocación y control de las pulseras. En esa llamada, desde Cometa se informó de que no era posible, porque los dispositivos sólo estaban previstos para mujeres víctimas de violencia de género.
Asi pues, la fiscal del caso apoyó la implantación del dispositivo electrónico. Concluida la vista, el juez informó inmediatamente de que su decisión era la de emplear la pulsera y que se aplicaría de forma inmediata. La mujer debía dirigirse al despacho del letrado de la Administración de Justicia, donde se le colocaría el dispositivo. Desde el juzgado llamaron al teléfono de Cometa, el sistema de colocación y control de las pulseras. En esa llamada, desde Cometa se informó de que no era posible, porque los dispositivos sólo estaban previstos para mujeres víctimas de violencia de género.
Es una previsión que está en la Ley de Violencia de Género de 2004, pero que en la vista del pasado lunes quedó claro que no conocían el juez, la fiscal y los abogados de las partes, que participaron en una vista cuya petición principal resultaba imposible. En los juzgados de instrucción apenas se dan casos de este tipo, porque el supuesto habitual en que la víctima es mujer se tramita en los juzgados especializados de Violencia sobre la Mujer.
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
