España
En respuesta a López Obrador: «¿Nos debe pedir perdón España? Por el Senador de la República de México Germán Martínez Cazares
El periódico Reforma de México publicó el pasado 20 de octubre un Editorial firmado por el Senador de la República, Germán Martínez Cazares, que llega ahora a nuestra redacción y constituye una valiente y fundada respuesta a la mendaz y demagógica reclamación de López Obrador para que España pida perdón a México. Por su interés reproducimos el artículo a continuación.
¿Nos debe pedir perdón España?
Que nos pidan perdón los frailes españoles franciscanos, fundadores del Colegio de la Santa Cruz de Tlatelolco, donde Bernardino de Sahagún enseñó en náhuatl y escribió la «Historia general de las cosas de la Nueva España», para gloria del México antiguo.
Que nos pida perdón Alonso de la Vera Cruz, por haber fundado la primera universidad, y trasladado la primera biblioteca a América.
Que nos pida perdón Vasco de Quiroga, por defender a los indígenas de Michoacán, edificar hospitales para curar su dolor y fundar el Colegio de San Nicolás, cuna de la Independencia.
Que nos pida perdón Hernán Cortés, por aliarse con Xicohténcatl Axayacatzin, jefe tlaxcalteca, y tomar Tenochtitlán.
Que nos pidan perdón el Arzobispo Alonso de Montúfar y el Virrey Luis de Velasco, por combatir la esclavitud de los indígenas.
Que nos pida perdón el andaluz Gonzalo Guerrero, el Renegado, por enamorarse de la india Za’asil, y morir en la defensa de la cultura maya, a manos de los soldados de Pedro de Alvarado.
Que nos pida perdón Antón de Montesinos, por convertir a Bartolomé de las Casas en defensor de los indios de Chiapas.
Que nos pida perdón Andrés de Urdaneta, por unir en barco el trayecto Acapulco-Manila-Acapulco, que durante más de dos siglos usó la «Nao de China» para comerciar con Oriente.
Que nos pida perdón Antonio de Mendoza, por someter a juicio a Nuño de Guzmán por corrupción y maltrato a los pueblos originarios.
Que nos pidan perdón los primeros jesuitas, que desde el siglo XVI al mando de Pedro Sánchez -antes de la Universidad de Harvard- fundaron colegios en Ciudad de México, Pátzcuaro, Oaxaca, Puebla, Morelia, Zacatecas y Guadalajara.
Que nos pida perdón el monje Antonio de San Miguel, por inculcar la rebeldía al cura José María Morelos.
Que nos pida perdón Francisco Xavier Palavicino Villarasa, perseguido por la Inquisición, por el «delito» de elogiar y defender la obra de Sor Juana Inés de la Cruz.
Que nos pidan perdón, también, los novohispanos José Mariano Beristáin, Juan José de Eguiara y Eguren, y Francisco Xavier Clavijero, por construir con sus obras el México criollo, y desmontar los prejuicios contra el Nuevo Mundo.
Que nos pida perdón Junípero Serra por haber recorrido la Sierra Gorda queretana y todo el desierto mexicano, para dejar en San Francisco, California, un testimonio de la grandeza mexicana.
Que nos pida perdón Francisco Xavier Mina, por entregar su vida a la edad de 28 años, en la guerra de Independencia.
Que nos pida perdón José Gaos, transterrado, por traer a México a Ortega y Gasset y a Xavier Zubiri.
Que nos pida perdón Manuel Azaña, refugiado y muerto en territorio diplomático mexicano.
Que nos pida perdón Alfonso Reyes por haber utilizado la lengua de Cervantes como nadie en el siglo XX, y por transformar una casa de España en El Colegio de México.
Que nos pida perdón José Vasconcelos, por creer en el espíritu mestizo de la raza cósmica.
Que nos pida perdón Lázaro Cárdenas, por tejer un lazo inmortal con España, al cobijar a los niños de Morelia.
Que nos pida perdón León Felipe, por su poema «Vencidos».
Que nos pida perdón Tomás Pérez Vejo, por conocer como pocos la relación México-España.
Que nos pidan perdón Octavio Paz, Carlos Fuentes, Sergio Pitol, José Emilio Pacheco, Elena Poniatowska y Fernando del Paso, por recibir el Premio Cervantes de manos de una monarquía española.
Que nos pida perdón Agustín Lara, por delatar con un chotis que en México se piensa mucho en Madrid.
Que nos pida perdón Don Quijote de la Mancha, por haber cabalgado de aquel lado del océano Atlántico, y afirmar que por el honor y la libertad se puede y debe aventurar la vida… Los españoles que aventuraron su vida por México deben pedir perdón; y los mexicanos que amamos a España no tenemos perdón de Dios.
Por Germán Martínez Cazares.
El autor es senador de la República.
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
