Sociedad
España, un país roto por el socialismo y cuyas principales esperanzas se llaman Abascal y Ayuso
Estamos viviendo momentos de auténtica desvertebración y fractura de un país, cuyo origen es claro y tiene como principal protagonista al Partido Socialista Obrero Español. Su reciente historia es la narrativa de la falacia, de la contradicción y del engaño pueril al obrero y a todo ciudadano español.
La situación es tan crítica que no da tiempo a poder asumir ni reproducir los desmanes de un PSOE que cursa sus horas más bajas en sus 142 años de fariseísmo, y que utiliza un nuevo barullo para tapar el anterior escándalo y conseguir desviar la atención, en una borrachera mareante y continuada de sonrojo nacional.
A ello se acompaña, por parte del socialismo español, la máxima de la ley de propaganda del nazi Joseph Goebbels: “repetir una mentira con suficiente frecuencia, se convierte en una verdad”. De ahí que repitan hasta la saciedad sus eslóganes fetiches y de puño en alto.
Los debates con socialistas frecuentemente terminan en la manida frase de que el único partido que defiende al proletariado es el PSOE o, en su caso, el Partido Comunista-Podemos. Sin embargo, el ADN de este partido durante muchos momentos de su historia, y claramente en los últimos 20 años, solo ha significado ruina y miseria para el trabajador, que no para las clases dirigentes.
Retrocedamos a las elecciones de 2.008. Los españoles sabíamos que la burbuja inmobiliaria consolidada durante el primer gobierno social-zapaterista había estallado y la crisis se avecinaba de forma inminente. Todos recordamos las mentiras vertidas por el Ministro de Economía Pedro Solbes en aquel famoso debate televisivo contra Manuel Pizarro, expresidente de Endesa y que decidió dejar su puesto en la empresa privada para aventurarse en política de la mano del Partido Popular.
Pedro Solbes falseó hasta límites insospechados, y ganó el debate a un Manuel Pizarro, hábil en lides empresariales, pero neófito en aventuras políticas. Pedro Solbes fue el gran artífice de la victoria electoral de José Luis Rodríguez Zapatero, aunque dimitió en poco más de un año de su cargo de Ministro de Economía, de forma pueril y cobarde frente a todas aquellas palabras y predicciones que, como bien sabía, nunca se cumplieron, y que llevaron al mayor de los desastres a España y a sus trabajadores.
El problema de España se llama Partido Socialista Obrero Español. Hay que decirlo de forma clara y contundente. Sin miedo. Los herederos de aquellos defensores de la clase proletaria ni siquiera han sido nunca proletarios, pero eso no es lo malo, lo malo es que la mayoría ni siquiera han sido nunca trabajadores.
Gran parte de los dirigentes socialistas provienen de familias acomodadas, que han visto como forma de vida el medrar en un partido a base de decir frases hechas y muy bonitas para el público en general. Tener labia y billetera parece suficiente para conseguir la prebenda de muchos medios de comunicación, que propician el engaño del pueblo apoyando a políticos que juegan a defender a los necesitados mientras llenan sus bolsillos de dinero.
Si nos centramos en Cataluña, que tiene un último capítulo en los indultos de los encarcelados por el “proces”, los únicos culpables de la vorágine actual no son los partidos independentistas, que tan solo han usado un títere como el PSOE para sus desmanes. El principal protagonista del desvarío fue el ex-Presidente de España y Secretario General del PSOE, José Luis Rodríguez Zapatero, que promovió el nuevo Estatuto de Autonomía de Cataluña en el año 2.006 con el fin de conseguir el apoyo de los nacionalistas catalanes en su gobernanza y que ha sido el origen de la actual fractura territorial.
En aquellos años, ejerció como compinche directo Pasqual Maragall, líder del Partido Socialista Catalán (PSC) y Presidente de la Generalidad de Cataluña, gracias al cual José Luis Rodríguez Zapatero había conseguido previamente la Secretaría General del PSOE. El Partido Socialista Catalán siempre ha sido enemigo del resto de España, reaccionario e insolidario con otras regiones. Pero eso parece dar igual a unos socialistas que hace tiempo abandonaron la lucha de clases por la lucha por la poltrona.
En ese año 2.006, el día de la aprobación del “Estatut”, el citado Pasqual Maragall pronunció la solemne frase “Pasará a nuestra memoria colectiva como un día de celebración”. El gran impulso del proceso independentista había tomado pie con la colaboración del PSOE y del PSC. Con el “Estatut” comenzó la quiebra de un país. El Congreso de los Diputados de España recogió 189 votos a favor (PSOE, CIU, PNV, IU, CC y BNG), 2 abstenciones (Chunta y Nafarroa Bai) y 154 votos en contra (PP, ERC y EA).
El Partido Socialista es el gran culpable de la situación actual, con un Pedro Sánchez fiel a su mentor José Luis Rodríguez Zapatero. Mientras tanto España se rompe, aumentan las tensiones internas, se favorecen a regiones de cuyos votos dependen y se utilizan a los medios de comunicación para adormecer conciencias y manipular al votante.
El Partido Popular ha pasado una época gris con Mariano Rajoy. Ayuso y Cayetana son las esperanzas populares. Y sino, tan solo queda Santiago Abascal.
Alejandro Martítegui.
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
