Opinión
«Etiquetas sociales» Por José Luis Rodríguez
Bajo la foto de cualquier perfil social cuelgan varias etiquetas, sin embargo, ninguna de éstas te ofrece más que un indicio de la persona que se muestra en la foto, o se oculta tras su ausencia.
Ya en otro espacio dejé claro que los perfiles sociales tienen dos funciones principales, meterse en la vida de los demás, o crear un álter ego que sea todo aquello que te gustaría ser.
Respeto todas esas etiquetas LGTB, vegano, influencer, ecologista, feminista, gamer, pues cada uno debe orientar su ocio a aquello que le haga sentirse en sintonía con su espacio vital.
Sin embargo, la única etiqueta que desvela parcialmente quién es el usuario en cuestión, es la que le asigna la comunidad que le rodea, no las elegidas por él mismo.
Puedes afirmar ser influencer y que no te siga ni tu madre, o postularte vegano con un selfie en la puerta del burguer, porque las reglas de la estupidez no están definidas.
En mi caso, fui etiquetado de facha, condición que llevo con mucho orgullo, no porque cante el cara al sol en sótanos oscuros, ni porque lleve tatuado el escudo legionario en la nalga derecha…no.
Sino porque para mi, es importante hacer lo posible por frenar esta parasitación social que los mercenarios gubernamentales fomentan y documentan.
Porque defiendo los valores occidentales, el cristianismo y la familia tradicional, en una economía sostenible no condicionada por lobbies y mercados de consumo.
Porque no pretendo borrar la historia, aunque desee que termine este capítulo escrito por rufianes ministeriales, nacionalistas rancios, comunistas ilustrados o madames de chiringuitos sociales cuyo único afán es pisotear todos esos valores que he mencionado.
Para aquellos que sienten vergüenza ajena de mi etiqueta de facha, de entre todas las opciones me permito destacarles dos que me vienen ahora a la mente.
La primera salida es La Junquera, donde además de disfrutar del viento fresco típico de la zona, pueden obtener un descuento mínimo del 3%, presentando el carnet.cat.
Tampoco me olvido del sur, allí recomiendo Algeciras, donde aún en tierras cristianas, a la caída del sol, podrás ver que todos llevan bajo el brazo la carpeta facilitada por algún asistente social.
¿Facha? Pues si, y a mucha honra.
Me dejo en el tintero, porque da para otro especial, la etiqueta del ecologismo, y de cómo se ha convertido en eco-terrorismo, así que pronto pisaré otro jardín en el que espero hacer nuevos amigos.
¡¡Bendiciones!!
José Luis Rodríguez.
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
