Sucesos
Expulsan de un avión a miembros de ‘Pussy Riot’ tras protagonizar un incidente en El Prat de Barcelona
Maria Aliójina, del grupo de punk rock ‘Pussy Riot’, y otro integrante de la gira ‘Riot days Tour’ con la que la banda de punk rock ha actuado en España han sido expulsados este martes de un avión tras protagonizar un incidente cuando iban a despegar en el aeropuerto de El Prat de Barcelona.
El incidente ha ocurrido este mismo martes cuando ambos han protagonizado una discusión en el interior de un avión que les iba a trasladar desde Barcelona con destino a Milán, según han informado a Europa Press desde su productora.
El avión avanzaba por una de las pistas del aeropuerto de El Prat para proceder a despegar cuando el comandante de la aeronave ha requerido a estas personas que abandonaran el aparato debido a su actitud.
A petición del comandante del avión, agentes de la Guardia Civil les han informado de que tenían que abandonar el aparato, según han indicado a Europa Press fuentes de este Cuerpo.
Tanto Maria Aliójina como el otro miembro de la gira han accedido voluntariamente a esta petición y han sido acompañados por los efectivos del Instituto Armado hasta el interior de las instalaciones del aeródromo barcelonés.
El grupo actuó el pasado día 9 de febrero en la sala Apolo de Barcelona en el marco de su gira mundial ‘Riot Days Tour’, un nuevo proyecto teatro-punk basado en el libro de María Alyokhina ‘Riot days’ y dirigido por ella misma, y que les ha llevado también a Bilbao, Madrid y Valencia.
Fuentes de la productora han indicado a Europa Press que ambos permanecían este martes en Barcelona a la espera de poder viajar en las próximas horas a Milán, donde actuarán el próximo jueves.
María Aliójina fue condenada a dos años de prisión en agosto de 2012 por un delito de gamberrismo relacionado con «odio religioso» tras una ‘oración punk’ en una iglesi
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
