España
Gibraltar (casi) como estaba
Lorenzo Silva.- Un fantasma recorre nuestros quioscos, o lo poco que va quedando de ellos. Se trata de eso que ahora llaman posverdad, y que de forma más descriptiva podríamos llamar información construida para contentar al lector y mantenerlo dentro de su zona de confort ideológico. El último ejemplo lo tenemos en el acuerdo alcanzado in extremis sobre Gibraltar. Si hemos de creer al presidente del Gobierno, ha sido un éxito histórico y una victoria en toda regla. Si nos dejamos guiar por lo que publican algunos periódicos, nos han robado la cartera, los sugus y las cuatro ruedas del coche. La intuición aristotélica tiende a situar la verdad de lo ocurrido en algún punto a medio camino, esto es, a interpretar que no habrá sido tan apoteósico como lo pinta quien tiene todo el interés en venderlo -que hay unas elecciones cerca- ni tan calamitoso como sentencian esos periódicos que sostienen posturas ideológicas antagónicas.
Quizá sea ingenuo creer que el lector de periódicos -esos o los que representan posiciones de signo opuesto-, tiene a estas alturas algún interés en acercarse a la verdad, aun en el caso de que resulte amarga e incómoda para su propio ideario. Pero uno no puede dejar de pensar que tiene que quedar quien desee disponer de un cuadro veraz y ecuánime de lo sucedido, y que sigue existiendo la necesidad de que alguien se lo ofrezca, más allá de opinar que el contrincante político lo hace todo mal y el que nos representa nunca yerra o lo hace sólo de buena fe.
A ese lector, visto el panorama de la prensa patria -la de tendencia progresista endosando con alguna rebaja la alegría presidencial, y la conservadora tildándola de necia y gratuita- no le queda más remedio que mirar afuera, y en particular a los periódicos de nuestra contraparte en el acuerdo, el Reino Unido. Curiosamente, o no, todos ellos, sin distinción de ideología ni de talante, desde The Times o The Guardian hasta el tabloide The Sun, han deplorado el acuerdo como una rendición británica de cara al contencioso gibraltareño y como un tanto que se anota España. Lo que no quiere necesariamente decir que lo sea -en el Reino Unido se ha desatado la cacería de Theresa May, y las escopetas que apuntan a su cabeza son de todo signo político, incluido el suyo- pero no deja de resultar llamativo.
Tal vez lo que haya sucedido sea demasiado decepcionante como para aceptarlo, desde las posturas vehementes a las que últimamente nos vamos haciendo adictos. No era el ‘brexit’ el momento para revertir la afrenta de Utrecht; pero tampoco una ocasión para que el Reino Unido robusteciera su posición, sino más bien al revés: quien pide árnica no puede sacar pecho. Y lo que ha pasado, muy ligeramente favorable a España, era lo que, en ese contexto, resultaba razonable prever que pasara.
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
