Sociedad
(IMÁGENES REALES) ¿Partidaria del «derecho a abortar»? Espera, que te vamos a enseñar ese derecho
Hay cosas que no soy capaz de tragar. Muchas. Demasiadas. Una de ellas es el aborto. No ya el hecho en sí mismo, que tengo clarísimo que representa un asesinato con alevosía y premeditación. Sino todo lo que se ha fabricado alrededor de este asesinato para tratar de justificarlo.
Pregunten a sus amigos veganos y animalistas. Hagan la prueba. Vean cuantos de ellos están a favor del aborto. ¿Muchos? no se sorprendan. La educación del Nuevo Orden ha determinado que la vida de un cachorro de pequinés vale más que la de un bebé. Escuchar a un ser humano defender el derecho a la vida de los animales mientras defiende el derecho a matar bebés debería estar castigado con 200 azotes en plaza pública.
Lamentables fotos de niños negros de vientre hinchado en los anuncios de las ONG en Televisión. Todas y cada una de esas ONG que le piden dinero tienen muy claro que prefieren gastarlo en abortos que en dar de comer a los niños. Esto es así.
Muchachitas españolas de padres «progresistas» que encuentran fácil y muy divertido abrirse de piernas: si se les olvidó la pastilla, queda la abortiva «del día siguiente». Y si no, un aborto. Las hay que superan la docena de abortos. Supongo que tienen el útero por dentro como el sobaco de un buitre: curtido a base de raspar restos humanos.
No, mujeres: no tenéis derecho a abortar. NO es vuestro cuerpo. No tenemos la culpa de vuestra ignorancia. Lo que matáis es el cuerpo de vuestro hijo. Si fuera el vuestro, moriríais vosotras.
No, mujeres: NO tenéis derechos ni sexuales, ni reproductivos. Eso no son derechos. Eso son facultades inherentes al ser humano. En el caso del género femenino (Por cierto, uno de los DOS géneros que existen, y ni uno más) poseéis la envidiable capacidad de desarrollar en vuestro interior un nuevo ser humano, mediante la colaboración con un hombre.
Y finalmente; NO, mujeres. NO tenéis derechos. Ninguno. Los hombres TAMPOCO tienen derechos. Es el ser humano en su conjunto quien disfruta de derechos y de deberes. ¿Tan difícil es de entender?
Ya. Seguís manteniendo que es vuestro cuerpo y hacéis lo que queréis. Muy bien. Sois asesinas y me repugnáis. Pero debéis ser responsables de vuestros actos: ese supuesto derecho vuestro consiste en lo siguiente. Mirad. Mirad atentamente. Y luego hablad de derechos.
[jwplayer AZPGKmfb-IWTEFH7j]
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
