Sociedad
Inmigración, ¿oportunidad o desastre?
BD (R).- Decían que los inmigrantes venían a este país (una potencia mundial en cuanto a número de ancianos) a pagarnos las pensiones. Y en cambio el gobierno pretende ahora retrasar la edad de jubilación porque la cruda realidad es que el número de cotizantes extranjeros no alcanza ni 1.500.000 de los 8.000.000 largos de inmigrantes que hay en España.
Decían que la relación entre delincuencia e inmigración era un mito. El gobierno pretende ahora que los extranjeros que delinquen cumplan las penas de prisión en sus países de origen, porque en los centros penitenciarios españoles, con oficialmente casi el 40%, y ya no cabe ni un alfiler. En España la explosión de la criminalidad ha sido contemporánea del fenómeno de la inmigración masiva. Nunca ha habido tantos inmigrantes y nunca ha habido tanta criminalidad. Las ciudades españolas y los barrios con mayores indices de delincuencia y criminalidad son también los que mayor proporción de inmigrantes tienen.
Decían que necesitábamos más inmigrantes para seguir creciendo. No estamos creciendo, nunca crecimos, sólo engordamos, ahora estamos adelgazando. Ahora el país está parado y sin cambios para mejor a la vista, y el gobierno incentiva económicamente, aunque sin resultado, el regreso a sus países de los inmigrantes, costeándoles el viaje de vuelta (incluida su parentela), el paro a los que tengan derecho a él, e incluso ayudándoles económicamente para que comiencen una nueva vida en los lugares de donde proceden. La mayoría de los inmigrantes que se han quedado sin trabajo prefieren quedarse en España, donde siempre tendrán comida, sanidad y escolaridad gratis. Mientras tanto, cada día son más los españoles que traspasan el umbral de la pobreza y la miseria. Y el gobierno sigue ignorando el problema de la inmigración y fingiendo ignorar el lastre que significa una población extranjera de este tamaño, improductiva y voraz.
Decían que la multiculturalidad era enriquecedora y que traería una nueva era de prosperidad y felicidad a todos, además de inaugurar un nuevo siglo de otro cultural en la rancia y casposa España moderna, cuando múltiples estudios sociológicos sobre el particular demuestran que en aquellas sociedades en las que conviven distintas culturas los ciudadanos son más infelices y pobres, y se da un mayor número de conflictos interétnicos por las diferencias culturales entre los distintos grupos.
Decían que los inmigrantes que llegaban a España eran jóvenes y sanos, una savia nueva que venía a regenerar a España, cuando lo cierto es que han reaparecido en éste y en otros países europeos enfermedades que habían sido erradicadas muchos años atrás: tuberculosis, sarampión rubeola, difteria, malaria, poliomelitis, sarna, lepra, patologías intestinales, gripe aviar y otras enfermedades tropicales desconocidas hasta ahora en España. Además el coste de la atención sanitaria tanto a inmigrantes comunitarios como extracomunitarios se ha disparado vertiginosamente, especialmente en urgencias. En estos momentos la Sanidad pública está al borde de la quiebra y numerosos servicios y ambulatorios han sido cerrados.
Decían que los inmigrantes venían a desempeñar los puestos de trabajo que los oriundos rechazaban, cuando hay empresas en las que el hecho de no ser español es un requisito y en otros casos te pone en desventaja pues ser inmigrante puntúa favorablemente a la hora de ser contratado (empresas privadas y trabajos públicos), o tienen convenios con distintas administraciones públicas para contratar mano de obra foránea en detrimento de la local. Y tampoco faltan empresarios agrícolas que rechazan la mano de obra española afectada por el desempleo mientras la contratan en origen en países del Tercer Mundo a menor precio que la local.
Decían que los inmigrantes que llegaban a España poseían una cualificación superior a los trabajos que después desarrollaban aquí (tal vez las 400.000 prostitutas extranjeras que hay en España) y sin embargo se invierten todos los años miles de millones de euros en cursos de alfabetización y formación profesional para extranjeros. Se importan médicos foráneos sin la debida cualificación y que incluso desconocen los idiomas oficiales de España, mientras se produce una sangría de ingenieros que marchan a Alemania en busca de mejores perspectivas laborales o de galenos españoles hacia países como Gran Bretaña, porque una pésima planificación ha propiciado que sobren profesionales de la medicina en la mayoría de las especialidades y falten en unas pocas y porque los sueldos ofrecidos en esos países son mejores.
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
