Opinión
La conciencia no se compra, se vende, Sra/Sr. Marlaska. Por el Teniente Coronel Enrique Area Sacristán
[P]ara aquellos que no interpretan que es “comprar conciencia” les aclaro que en España y en todo iberoamérica significa comprar a cambio de dinero o favores la voluntad de una persona.
Comprar la conciencia del pueblo es una práctica de muchos años, desde que los pueblos han cedido frente a cualquier reclamo ante los gobiernos y autoridades.
Cuando más se emplea esa frase es en los tiempos de campañas políticas, donde la mayoría de los candidatos buscan cualquier medio para ganar en las elecciones. En medio de la campaña electoral se pueden ver a algunos aspirantes repartiendo dinero, alimentos, promesas, inversiones en barrios, con el fin de ganar la confianza de los votantes, que en la mayoría de veces logran sus objetivos.
Pero el objetivo en esta exposición no es señalar a aquellos que compran conciencia, sino aquellos que la venden. Siempre que un ciudadano cede sus ideas, su voz, esta alejando el desarrollo de la democracia. Nuestra conciencia es más importante, por eso nos pagan por ella, al momento que ya no vendamos nuestras conciencias, los compradores se verán obligados a luchar legítimamente. “Donar”, cuando en justicia les corresponde, unos euros como ha hecho Marlaska a la Guardia Civil y gastarlos en unos minutos no quitará el hambre, pero nos hará responsables de cómo funcionen los sistemas, si bien o mal.
No acusemos a los que compran conciencia. Acusemos a los que venden su conciencia si ha lugar.
Dudo mucho que en tan honrado Cuerpo les sirva esta indigna estrategia con quienes han demostrado durante casi dos siglos que no es el dinero ni un puesto preeminente lo que les mueve sino la justicia y el bien de la ciudadanía como ha quedado demostrado con el Coronel D. Diego Pérez de los Cobos..
No todo el mundo es como el que le rodea, Marlaska, que, como diría la fiscal general del Estado, su comportamiento es el de un maricón de campanario, o de playa; ajústese el epíteto que le parezca y métase el dinero y las presiones políticas que no correspondan en justicia y en el momento que era adecuado por donde ya no le caben más artilugios.
Enrique Area Sacristán.
Teniente Coronel de Infantería.
Doctor por la Universidad de Salamanca.
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
