Sucesos
La confesión de un joven marroquí que asesinó a un hombre de 33 años en Italia: «Lo maté porque se le veía feliz»
«Elegí matarlo porque lo vi y él parecía muy feliz y no podía soportar su felicidad». Con estas palabras describió Said Mechaout, de origen marroquí y 27 años de edad, a la policía italiana el asesinato que cometió el pasado domingo sobre Stefano Leo, un joven de 33 años que iba caminando a trabajar.
La confesión de Mechaout al Cuerpo de Carabineros es escalofriante. «Quería matar a un niño como yo, quitarle todas las promesas que tenía, alejarlo de sus hijos y sus parientes». El asesino de Stefano Leo no conocía a su víctima, como informa el digital «Torino Corriere». «Decidí que mataría a alguien. Fui a comprar un juego de cuchillos, los tiré todos menos el más afilado. Luego fui a los Murazzi y esperé. Cuando vi a ese chico, decidí que no podía soportar su aire feliz», escupió a los agentes.
El joven italiano caminaba hacia su trabajo como solía hacer todos los días. Era empleado en la tienda K-way de la Piazza CLN, en Turín. Iba escuchando música con sus auriculares y no pudo intuir que Mechaout ya había hecho de él su objetivo. Ambos llevaban un tiempo viviendo en esta ciudad italiana, pero no se habían visto nunca. Stefano llevaba desde diciembre en Turín y Mechaout, en cambio, regresó a Turín en enero pasado, después de un período en Ibiza, en busca de trabajo.
Lo cierto es que para el padre de Stefano, Mauricio Leo, la vida le ha golpeado de la manera más dura que pueda existir. «La idea de que mi hijo murió por una mirada, tal vez debido a una sonrisa que le había dado a su asesino, es inaceptable», se lamentaba. «Es como si lo hubieran matado en otra ocasión», añadía. «No puedo superarlo».
El caso ha conmocionado a Italia debido a la crueldad por parte del asesino. El ministro del Interior, Matteo Salvini, se ha pronunciado en las redes sociales para advertir de que se llegará hasta el final para que sea castigado con todo el peso de la ley: «No hay palabras. Haré todo lo posible para que la familia del pobre Stefano obtenga Justicia», ha escrito el político.
El asesino se había separado en 2015 y no se le conocía hogar y ni trabajo. De hecho, como informa el digital italiano citado, había sido seguido por los servicios sociales, pero no se llegaron a informar problemas psiquiátricos. Lo que si refleja su pasado es que había sido violento. Mechaout tiene antecedentes penales por el maltrato familiar. Y cuando lo detuvieron ni lloró ni se lamentó, permaneció impasible.
Cuando lo sacaron de los cuarteles de la sede provincial de Via Valfré para llevarlo a prisión, le hizo un gesto de desprecio (sacar los cuernos) a los fotógrafos que allí había presente. Para la familia de Leo Stefano solo queda el consuelo de que pronto se haga justicia.
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
