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Opinión

La ex cúpula de UGT al banquillo

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Los artífices de la imputación por las facturas falsas, fueron de Juez Mercedes Alaya y el Sindicato Manos Limpias, en el contexto cursos de formación.

CRONOLOGÍA

PRIMERO.- Manos Limpias, desde el año 1999, venía denunciado el fraude de los curos de formación por los agentes sociales, patronal y sindicatos.

En asesinado Fiscal de la Audiencia Luis Portero, inició un proceso contra UGT, que se desactivó cuando fue asesinado por la banda terrorista ETA.

SEGUNDO.- Posteriormente Manos Limpias, denunció ese mismo fraude, de CCOO y UGT y la Patronal en la Audiencia Nacional, recayendo en la Magistrada Teresa Palacios, pero diversos avatares de la Fiscalía bloquearon la denuncia.

TERCERO.- Posteriormente, en diversos juzgados de Castilla y León, Castilla la Mancha, Madrid, Barcelona, Islas Canarias, Mallorca, Asturias, Cantabria, País Vasco, Andalucía, Manos Limpias interpuso múltiples denuncias.

CUARTO.- Ya en el año 2012, la Jueza Mercedes Alaya y la acusación Manos Limpias, afronta con valentía el procedimiento contra UGT-A por fraude en los cursos de formación donde UGT-A se lucraba a través de facturas falsas.

QUINTO.- Simultáneamente, Manos Limpias, denunció ese fraude masivo en la Audiencia Nacional, órgano competente, al tratarse de un fraude a nivel nacional.

La denuncia recayó en el Juez Santiago Pedraz, que de forma irresponsable se inhibe alegando que la Jueza Mercedes Alaya estaba instruyendo un caso individualizado en Sevilla.

EL FRAUDE ES COMPETENCIA DE LA AUDIENCIA NACIONAL

A tenor de lo preceptuado en la Ley Orgánica del Poder Judicial, el órgano competente es la Audiencia Nacional.

Manos Limpias, insta al Consejo General del Poder Judicial a que la Audiencia Nacional asumiera tales procesos a demás solicitó la creación de un Juzgado Central de Instrucción para esa macro causa.
La respuesta el silencio más absoluto.

SE APARTA A LA JUEZA MERCEDES ALAYA Y SE CRIMINALIZA A MANOS LIMPIAS

Con objeto de que este masivo fraude no lesionara la imagen de los agentes sociales, se apartó a la Jueza Mercedes Alaya de esa investigación y posteriormente se criminaliza a Manos Limpias, para desactivar su acción popular.

El fraude de las facturas falsas UGT-A se dirime en otro juzgado de instrucción nº 9 de Sevilla hurtando la competencia de Mercedes Alaya.

SE TRATA DE UNA ORGANIZACIÓN CRIMINAL

El fraude de los cursos de formación constituye a tenor de lo preceptuado en el Código Penal, la estructura de una organización criminal duradera en el tiempo y con una estructura piramidal y unos fines ilícitos y delictivos.

LA JUSTICIA ESTA APLICANDO DISTINTAS VARAS DE MEDIR EN CUANTO A LA DISOLUCIÓN DE ORGANIZACIONES CRIMINALES

Los casos de la Federación de Futbol (Ángel María Villar); el 3% de CDC; Los ERES de Andalucía; BBVA; GÜRTEL (PP), entre otros muchos, no se ha pedido por la Fiscalía, la disolución y si en cambio para Manos Limpias.

Esta forma de actuar de la justicia, pone en evidencia el principio de seguridad jurídica y de legalidad de los órganos judiciales.

El tiempo pondrá a cada uno en el sitio que le corresponde y algún día quizás muy pronto, la sociedad española, recuperara una organización, Manos Limpias, referente de la lucha contra la corrupción que era incómoda para un régimen y unas instituciones asentadas en la corrupción realizada.

 

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España

El Régimen de la Impunidad: Manual de supervivencia del socialista que nunca dimite

Redacción

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Pedro Sánchez no ha venido a Madrid a gobernar. Ha venido a colonizar. Y lo ha hecho con la misma eficacia metódica con la que el cáncer coloniza un órgano: sin prisa pero sin pausa, destruyendo las defensas institucionales una a una hasta convertir el Estado en un aparato de su supervivencia política. La corrupción, en el sanchismo, no es un accidente del sistema. Es el sistema.

Mientras la izquierda mediática nos vende el relato del progresismo ilustrado que combate la corrupción «de la derecha», el Gobierno más caro de la democracia española —en ministros, en asesores, en chiringuitos institucionales— ha construido una fortaleza de impunidad que haría sonrojar a cualquier república bananera del Caribe. Pero aquí no hay plátanos: hay millones de euros públicos desviados, fondos europeos malversados, y una red clientelar que transforma cada ministerio en una sucursal del Partido Socialista Obrero Español.

La economía de la corrupción: cuando el expolio es política de Estado

Empecemos por lo tangible, porque los progres adoran hablar de «justicia social» mientras vacían las arcas públicas. El impacto económico del sanchismo no se mide solo en la deuda pública desbocada —ya rozamos el 120% del PIB, para alegría de nuestros nietos— sino en el coste oportunidad de una España que podría haber prosperado y, en cambio, se ha convertido en un parque temático de subvenciones a fundaciones afines y chiringuitos ideológicos.

El caso más escandaloso no es uno solo: es la constelación. Los ERE andaluces, que dejaron en evidencia décadas de saqueo sistemático del dinero público para comprar votos y financiar estructuras partidarias, fueron apenas el aperitivo. La trama de los fondos Next Generation, donde el criterio de reparto parece dictado más por la proximidad al PSOE que por la viabilidad empresarial, ha convertido la reconstrucción post-pandemia en un reparto de botín. Mientras tanto, el Banco de España alerta de la inflación galopante y el empobrecimiento de la clase media, Sánchez y su séquito de ministros viven en una realidad paralela donde la corrupción —eso que ellos llaman «presuntas irregularidades» cuando afecta a los suyos— es un mal necesario para mantener el poder.

Pero el daño económico va más allá de los millones desfalcados. Es el efecto crowding-out de la inversión privada que huye de un país donde las reglas del juego se escriben en el despacho de Moncloa según convenga a la agenda del día. Es el cierre de empresas que no pueden competir con los monopolios subvencionados por el Estado amigo. Es la juventud española condenada al exilio laboral porque aquí el mérito ha sido sustituido por el carnet de afiliado.

La hipocresía progre: cuando el anticorrupción es solo un hashtag

Aquí llegamos al núcleo ideológico del engaño. La izquierda española —y su brazo mediático en los grandes periódicos y televisiones públicas— ha construido su identidad moral en torno a la supuesta superioridad ética. Son los «demócratas» contra los «fascistas». Los «honrados» contra la «derecha corrupta». Han llenado espacios televisivos y plataformas digitales con la retórica del «no es no» y la «transparencia radical».

Y luego llega la realidad, incómoda como un invitado no deseado.

Pedro Sánchez, el hombre que prometió «regeneración democrática», ha convertido la Moncloa en un bunker de opacidad. El caso de los fondos reservados de la Casa Real —que el Gobierno se apresuró a destapar para humillar a la monarquía— contrasta obscenamente con el hermetismo absoluto sobre los gastos de la Presidencia del Gobierno, los contratos de emergencia sanitaria sin concurso público, o los informes de inteligencia que convenientemente desaparecen cuando apuntan a altos cargos socialistas.

La contradicción es brutal: exigen la transparencia extrema para el adversario mientras blindan con leyes mordaza y reformas del código penal —sí, esa reforma que rebaja penas para delitos de corrupción justo cuando sus socios del procés y sus propios militantes enfrentan tribunales— la suya propia. El «solo sí es sí» se ha convertido en el chiste legal del año cuando vemos cómo rebajan las penas por malversación mientras envían a la policía a registrar despachos de opositores.

Esta no es hipocresía ingenua. Es estrategia calculada. La izquierda cultural ha comprendido algo que la derecha española tardó en asimilar: el poder no se ejerce solo desde las instituciones, sino desde la narrativa. Si controlas los términos del debate —si puedes llamar «corrupción» a la donación de una empresa privada a un partido conservador pero «gestión necesaria» al desvío millonario de fondos públicos a una fundación afín— no necesitas ser honesto. Necesitas controlar los tribunales, los medios y las universidades.

El coste cultural: la normalización del robo como virtud progresista

Pero quizás el daño más profundo —y este es el que debería mantener despiertos a los españoles que aún creen en la política como servicio público— es la erosión cultural que el sanchismo ha provocado en el tejido moral de España.

Hemos pasado de una democracia donde la corrupción era un escándalo que provocaba dimisiones —recuérdese el caso Filesa o el impacto del caso Gürtel en el Partido Popular— a un régimen donde la impunidad es el precio de la gobernabilidad. Sánchez no dimite. Sus ministros no dimiten. Sus socios —condenados por sedición, por malversación, por terrorismo— no solo no dimiten: son recibidos con alfombra roja y ministerios estratégicos.

Esta normalización del cinismo político tiene un efecto corrosivo en la sociedad civil. Cuando el ciudadano observa que el presidente miente descaradamente sobre su tesis doctoral, sobre su patrimonio, sobre sus pactos con filoetarras, y no solo no paga consecuencias sino que es reelegido con mayorías artificiales, está aprendiendo una lección perversa: la honestidad es para perdedores.

La izquierda cultural —esa que nos sermonea sobre valores, ética y «bien común»— ha construido un sistema donde el fin justifica absolutamente todos los medios. Donde comprar votos con subvenciones es «política social». Donde el clientelismo es «cohesión territorial». Donde la mentira institucionalizada es «narrativa estratégica». Y donde quien señala estas contradicciones es, cómo no, «fascista», «reaccionario» o «negacionista».

Este es el daño cultural más profundo: la transformación de la política española en un mercado de vicios donde la virtud cívica ha sido sustituida por la lealtad tribal. Ya no importa qué se hace, sino para quién se hace. Ya no importa la legalidad, sino la «legitimidad histórica» que se otorgan a sí mismos quienes se consideran herederos de una verdad moral superior.

La resistencia empieza por llamar a las cosas por su nombre

Concluyo donde empecé, pero con la claridad que da el final del texto: España no tiene un problema de corrupción. Tiene un problema de régimen. Un régimen donde la división de poderes es una ficción literaria, donde el Consejo General del Poder Judicial es tomado por asalto, donde la Fiscalía actúa como bufete del partido en el Gobierno, y donde el presidente puede cambiar de opinión sobre la inviolabilidad del Rey, la unidad de España o la naturaleza de la democracia según le convenga para mantenerse una semana más en La Moncloa.

La izquierda española ha construido un sistema donde la corrupción no es un bug. Es una feature. Una herramienta de gobierno tan necesaria como el BOE. Porque cuando tu proyecto político consiste en transformar España en un laboratorio de experimentos identitarios que la mayoría rechaza, necesitas fondos públicos ilimitados, medios de comunicación domesticados y una justicia que mire hacia otro lado.

Pedro Sánchez no es un presidente corrupto por accidente. Es un presidente que ha entendido que en la España de 2024, la impunidad es el último recurso del progresismo cuando el debate de ideas ha fracasado. Y mientras la derecha española siga intentando jugar con reglas democráticas en un tablero donde el adversario ha cambiado las reglas por la pura voluntad de poder, seguiremos perdiendo no solo elecciones, sino el país mismo.

La batalla cultural no es una metáfora. Es la única batalla que queda cuando la corrupción institucionalizada ha reemplazado a la política. Y en esa batalla, la primera arma es la verdad: Sánchez no gobierna. Saquea. Y lo hace con la impunidad de quien sabe que, en su España, los corruptos de izquierdas nunca pagan.

 

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