Opinión
La izquierda colonizada

En todo movimiento identitario no sólo late un espíritu gremialista, también está presente el complejo de superioridad, escondido a menudo bajo la capa de la más cínica de las humildades. Empecemos por el nacionalismo.
Lo hemos oído con frecuencia: «Los vascos (los catalanes, los gallegos…) no somos superiores a los españoles, lo que sí somos es distintos». Cualquier ser humano es distinto de otro pero cuando esta palabra se aplica a una colectividad entramos en un terreno en verdad resbaladizo y lleno de trampas. Desde luego, la igualdad de derechos no hace iguales a los distintos, pero a estas alturas nadie podrá negar que esa igualdad (la de derechos) ha representado un salto muy positivo para la Humanidad.
En el caso del nacionalismo, la conclusión política a la que lleva ese «ser distinto» (que los nacionalismos periféricos han colgado de la lengua y también en otros rasgos distintivos, como la pretendida mayor laboriosidad, u otros rasgos culturales, desde la gaita, la sardana o el zortziko) es que ellos tienen más derechos y de poco vale oponer a ese sentimiento una montaña de razones reclamándonos ser todos libres e iguales, pues esas razones les entran a los nacionalistas por un oído y les salen por el otro.
Pero no es sólo el nacionalismo el que predica la supremacía identitaria, también el feminismo radical hace lo mismo. Este movimiento hace tiempo que consideró superada la vieja aspiración igualitaria del feminismo tradicional para pasar, sin pensarlo dos veces, al supremacismo femenino, que busca sustituir la vieja (¿y caduca?) lucha de clases por la lucha de sexos y quien no esté de acuerdo forma un colectivo homogéneo al que ellas motejan de «heteropatriarcado» (como si no hubiera homosexuales que no tragan con esas ideas radicales).
Entre otros muchos casos perversos, el paradigma de las malas prácticas que trae consigo este movimiento colonizado por el radicalismo está en el asunto de Juana Rivas, una mujer que fue empujada y aplaudida para que cometiera varios delitos (secuestro de sus hijos es el mayor de ellos) que le han llevado a recibir un castigo judicial de varios años de cárcel y a perder por largo tiempo los derechos sobre sus hijos. Y ahora, quienes la llevaron en volandas a cometer tales desmesuras siguen agitando las banderas y pidiéndole al Gobierno el indulto. Y es en este campo judicial donde estas radicales han puesto ahora sus ojos para conseguir ser ellas -no los jueces- quienes decidan lo que hay que hacer con las denuncias femeninas de maltrato.
Como niegan que existan diferencias biológicas que influyen en gustos y vocaciones, se limitan a señalar la «brecha salarial», usando para ello indicadores tan simplones como son las medias aritméticas, obviando así lo que verdaderamente explica esa «brecha», a saber: las especialidades profesionales que tienden a escoger las mujeres y el tiempo que son capaces (o proclives) a dedicar a sus actividades profesionales. Y ya se sabe que las medidas incorrectas de las variables dan siempre lugar a soluciones equivocadas.
Y mientras las radicales asaltan los cielos parecen olvidarse de que pese a la igualdad de derechos hay diferencias insultantes contra las mujeres, por ejemplo en el reparto de las tareas familiares, pero quienes sí estamos a favor de la igualdad real entre hombres y mujeres seguiremos siendo tratados por estas radicales como pertenecientes al maldito heteropatriacado. Como todo movimiento identitario, el de estas mujeres denigra al disidente a base de estereotipos insultantes y amenazadores, con la peor consecuencia de todo ello: el silencio de los discrepantes que, siendo legión, asustados por lo que les puede caer encima no se atreven a abrir la boca para protestar ante tanto disparate.
Lo peor es que los movimientos identitarios superpuestos han invadido a los partidos y movimientos de izquierda, tanto a los tradicionales, incluidos los sindicatos, como a los de nuevo cuño. Y ahí los tienes, hablando en público como nunca lo harían en su casa: «compañeros y compañeras», «miembros y miembras…». Y de la verdadera igualdad de oportunidades para los hijos de los de abajo, ¿qué? Mejor olvidarse para ponerse la orden de Puigdemont, de Uxue Barkos, de algún exetarra o de alguna feminista que no me atreveré a nombrar. De esta invasión surge una izquierda incapaz hoy de sostener verdades, como que la desigualdad de rentas entre personas y grupos no proviene ni principal ni únicamente de las diferencias de género, sino mucho más de los orígenes sociales, y que la igualdad de oportunidades está muy lejos de alcanzarse «desde el nacimiento a la tumba», pasando por la escuela, la universidad o el derecho laboral, si es que algo queda de él. Y así casi nadie habla hoy en España del sistema fiscal, cada vez más injusto y basculando en torno a un IRPF que apenas obtiene ingresos fuera de los bolsillos de los asalariados.
¿Y cuál es el resultado de todo ello? Que los verdaderos problemas carecen de visibilidad porque todas las luces apuntan casi en exclusiva a los problemas identitarios, ya sean de separatistas o de feministas radicales. Y es que Sánchez, por ejemplo, sabe que al desentierro de Franco entran al trapo los medios, que no ponen en primer plano ni el desastre fiscal ni los problemas demográficos, aunque estos últimos pueden llevar al país al abismo.
Joaquín Leguina fue presidente de la Comunidad de Madrid.
España
Elecciones autonómicas o juegos florales. Por Jesús Salamanca Alonso

«El próximo domingo, salvo aprendizaje rápido de Santiago Abascal y sus huestes, en Castilla y León podemos vernos en la misma tesitura que en Extremadura. Sería Mañueco el hazmerreír y Abascal el muñeco de feria».
Trascurrido el 8-M con división, amenazas entre las diversas «tribus» innombrables, desnudos malogrados –aunque ellas mismas se llamen feministas o «feminazistas»– esputos, amenazas e insultos a las periodistas que cubrían la noticia, parece que volvemos a la normalidad diaria que, en estas fechas, son las elecciones de las distintas comunidades, siendo las más cercanas las de Castilla y León.
Tal comunidad, decíamos hace unos días, que tenía sus revoluciones pendientes; incluso León (solo) trabaja por su independencia uniprovincial, otra revolución pendiente y que ya huele. Sigue insistiendo Fernández Mañueco que va a exigir a Vox que, si hay acuerdo, lo sea para toda la legislatura. Él tiene la impresión de que el Mediterráneo estaba sin descubrir hasta que llegó a presidente con su declaración rimbombante. Algo que es lógico y que no se cumplió la legislatura pasada por la falta de cuadros y la división interna del partido que «acaudilla» un tal Santiego Abascal y del que empiezan a mofarse sus seguidores más jóvenes y buena parte de la ciudadanía madura. En fin, si la incompetencia volara…seguramente no nos daría el sol.
Alguien dijo eso de que «éramos pocos y parió la abuela». Pues justamente es lo que está sucediendo en el partido a la derecha del Partido Popular. Abascal se ha ido quedando sin los mejores por las cacicadas que se han impuesto desde la cúpula ultraderechista. Recordarán a Macarena Olona, a Espinosa de los Monteros, la ejecutiva de Murcia y más recientemente a Ortega Smith. Quienes mejor podían conformar los cuadros de gestión están en la calle y durante la campaña electoral tan sólo se ha visto a Abascal. ¿Le molesta que otros chupen cámara? ¿Acaso piensa que le van a destronar de un plumazo por su caudillismo mal enfocado? ¿quiere seguir presumiendo de su enfrentamiento pasado con ETA?
Por mucho que hable Alfonso Fernández Mañueco de exigir compromisos para toda la legislatura, eso no lo puede hacer con Vox porque hay una tremenda deficiencia en sus inexistentes cuadros de gestión. Carece de banquillo, como se dice ahora. Lo estamos viendo en Extremadura y en Aragón, aquí parece que los militantes son más sensatos. En Extremadura ha sido calamitosa la actuación del líder regional de Vox, asesorado por los de más arriba, por eso se están marchando los militantes a chorro. No olviden que los políticos son como los libros de una biblioteca, cuanto más latos están menos sirven.
Casi un 70% de la población extremeña culpa a la formación de Abascal de huir, de no dar la cara y de no haber entendido el voto de las urnas. Han aterrizado en política como podían haber planeado y caído en una vaquería. Si quieren presumir de torpeza, allá ellos, pero la ciudadanía no se lo va a consentir. No deben olvidar que los atropellos se pagan siempre en las urnas y, a veces, antes.
En Castilla y León de prevé un proceso parecido al de Extremadura: «aguanto como que soy fuerte, pero en dos meses te desgasto». Eso no es hacer política, sino terrorismo electoralista y con ello se parece a EH Bildu, pero desde otra perspectiva. ¡Qué poca cabeza tiene el líder extremeño de Vox, si al final acabará claudicando, como dejaba constancia de ello el 53% de los extremeños! La actitud de Vox en Extremadura se conoce en mi pueblo como «enmarranar más al cerdo». En otros tiempos le hubieran «hecho los perrillos» como hacíamos en el colegio a quienes presumían de algo o fantasmeaban demasiado. Y lo hacíamos por su mala fe, tocapelotas, imbécil e insensato.
Tan sólo el 31% de extremeños culpa a María Guardiola del bloqueo por no haber sabido atraerse a los de Santiago Abascal. Posiblemente, la peor noticia para Vox sería convocar ahora mismo nuevas elecciones porque, según las dos encuestas consultadas, esa formación ultraderechista perdería entre dos y cuatro diputados, que sumaría el PP y dos perdería el PSOE.
Si Vox no tiene más que estratagema, esa se combarte con una buena estrategia. Siempre ha sido así. Al PSOE de Extremadura le hundió los engaños del «hermanísimo», las trampas mafiosas de Garrido y la desconfianza de los socialistas. Si se hubieran convocado antes las elecciones generales sería otro el resultado, pero donde no hay mata, no hay patata.
Según veo en una encuesta de Signa Dos para El Mundo, siguen divididos los deseos de los extremeños y mientras uno de cada cuatro apoya que el PSOE permita un gobierno de la derecha pepera en solitario, entre quienes se dicen votantes socialistas, un 40% quiere ese gobierno en solitario del PP. Un 22% de extremeños prefiere que haya repetición electoral porque creen que la ultraderecha acabará de morros contra las urnas. Y créanme que no van descaminados.
El próximo domingo, salvo aprendizaje rápido de Santiago Abascal y sus huestes, en Castilla y León podemos vernos en la misma tesitura que en Extremadura. Sería Mañueco el hazmerreír y Abascal el muñeco de feria. Ni Castilla ni León van a permitir tonterías, ni se va a esperar a que caiga el higo de la higuera o a Abascal lo alumbre San Apapucio, patrón de la estupidez.
Cuando ese santo alumbra, la estupidez y la torpeza ya están instaladas en la persona. Y si no ceden las partes todo lo que haya que ceder, que dejen la política y se vayan a poner copas y cacahuetes a los lupanares de Pedro Sánchez y malversadora señora «catedrática» o a República Dominicana a contar los aterrizajes del Falcon sin transparencia.






