Opinión
La mentira como método
Hemos recreado de tal manera, desde el afecto y la añoranza, la figura de Pérez Rubalcaba que a día de hoy recordamos parcialmente la movilización que organizó en 2004 a cuenta de los atentados islamistas de Madrid. Hace 16 años que un socialista creó aquella efectiva frase que ha pasado a formar parte del lapidario político español: merecemos un gobierno que no nos mienta. Analizada desde el paso de los años y depurando su oportunismo cínico, el aserto que motivó una movilización sin precedentes se ha transformado en una paradoja viva y campanuda, utilizable de nuevo ante el ejercicio permanente de falta a la verdad del ejecutivo reciente y su también reciente anterior encarnación. La mentira gubernamental se ha hecho carne en la vida política española mediante el método del amontonamiento. Siempre se mintió, como es evidente, ora por esconder procedimientos defectuosos, ora por proteger estructuras sensibles, ora por despistar a algunos enemigos; pero no recuerdo demasiadas ocasiones en las que una mentira sirviera para disipar a una anterior y así, sucesivamente, hasta crear un depósito acumulado de diferentes versiones sobre un hecho real.
La mentira, decía el filósofo Ciorán, es una forma de talento, pero como afirma un viejo proverbio judío, con ella se va muy lejos aunque sin esperanzas de volver. En el caso que nos ocupa, el talento parece estar agazapado. Sánchez es, sin temor a innecesarias exageraciones, una mentira permanente dicha con el desahogo de los que confían irresponsablemente en su buena estrella. Su llegada al doctorado se produjo mediante la mentira de una tesis plagiada a la que se sumaron otras sucesivas para desviar las evidencias. Su llegada a la presidencia se estructuró desde la mentira introducida en una sentencia por un juez prevaricador. Su campaña electoral se basó en afirmaciones que desmintieron sus pactos posteriores. Su Gobierno está plagado de individuos que faltan a la verdad y a la decencia de forma contumaz. Sófocles dejó dicho que una mentira nunca vive lo suficiente hasta hacerse vieja: habrá que colegir que el griego estaba en lo cierto ya que las mentiras del gobierno que no merecemos se evidencian como tales nada más nacer. Valga el caso Ábalos como muestra. Una mentira no tendría sentido si la verdad no fuera percibida como peligrosa, y, en virtud de esa afirmación del austríaco Adler, habremos de colegir que este Gobierno ha preferido cargar con el inconveniente de las mentiras encadenadas antes que asumir la verdad que vienen ocultando desde que pasearon a Miss Delcy por las instalaciones del aeropuerto de Barajas. ¿Qué «peligrosa» verdad se oculta tras la estancia indebida de la mano derecha de Maduro en España? ¿Qué cuestión se aparca en el fondo del asunto como para asumir el riesgo de las decenas de mentiras encadenadas?
Entre bufidos y desplantes chulescos, el abrasado ministro de Fomento, -al que le asignaron el marrón desde Interior en lugar de actuar como mandan las normas europeas y despejar el asunto de forma expeditiva-, ha ido amontonando embustes encadenados sin que ese ejercicio inverosímil haya sido objeto de autocrítica alguna. Nadie parece reparar en la gravedad de que, sobre un mismo asunto, un gobierno acumule mentiras superpuestas obviando aquello que escribió Jacinto Benavente -y perdón por la reiteración de citas que he ido curioseando esta tarde- acerca de la verdad y su circunstancia: la peor verdad solo cuesta un gran disgusto, mientras que la peor mentira cuesta muchos disgustos pequeños y, al final, uno grande. Efectivamente, al final de este sainete, alguien experimentará el áspero escozor de la vergüenza, si es que la tienen, y se apercibirán conjuntamente de que una mentira te obliga a crear veinte más para sostener la certeza de la primera.
No sé, por fin, qué gobierno nos merecemos, pero a buen seguro uno que no es el presente.
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
