Sucesos
La mujer que metió el cráneo de su pareja en una caja contrató a sicarios para cometer el crimen y no les pagó
Nuevo capítulo en el caso del crimen de Castro Urdiales. Carmen Merino, la mujer que metió el cráneo de su pareja, Jesús María Baranda, en una caja que dio a una amiga para que guardase, contrató a un grupo de sicarios para que acabaran con la vida de él. Una tesis que encajaría a la perfección en las nuevas investigaciones del caso, ya que ella siempre defendió su inocencia. De hecho, llegó a declarar: « Alguien dejó la cabeza de mi novio en la puerta; la guardé porque era el único recuerdo que tenía».
Este sábado, la mujer contrató a un grupo de matones para que pusieran fin a la vida del hombre de 66 años, divorciado y con hijos. «Cumplen con el trabajo y queman el cadáver para deshacerse de él, pero ella no les paga», ha explicado Muñoz en el programa de Cristina López Schlichting.
Ante este panorama, los sicarios solo tienen una forma de presionarla para que cumpla con el contrato establecido. «Le ponen el cráneo de su pareja delante de la puerta de su casa», ha explicado Muñoz.
El problema es que «ella sabía que estaba siendo investigada por la Guardia Civil -ha explicado el periodista de ABC-, ya que había una denuncia por la desaparición de Jesús María. Presionada porque los agentes aparecieran en cualquier momento, es cuando decide regalar la caja con la cabeza dentro a su amiga».
Por todo ello, cobra sentido que Carmen Merino, de 61 años, siempre defendiera su inocencia a pesar de sus antecedentes penales: un hurto de 300 euros en el domicilio de un familiar y la estafa de 6.000 euros a la expareja de otro familiar.
La mujer, natural de Sevilla, llevaba siete años en Castro Urdiales, donde fue detenida el pasado 30 de septiembre después de que entregara una caja a su amiga con -según dijo- juguetes eróticos de su pareja. No quería que estos supuestos objetos íntimos fueran encontrados por la Guardia Civil en el caso de que registraran su casa, puesto que ya constaba la denuncia de desaparición.
La vecina, pasado un tiempo y debido al hedor que desprendía, abrió el paquete, encontrándose con el cráneo de Jesús María.
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
