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España

La profecía cumplida

Redacción

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Dardo Gasparre (R) El coronavirus, como otras pandemias, expone y resume en toda su monstruosa realidad el «problema malthusiano».

Al filo del siglo XIX un clérigo, economista, sociólogo, demógrafo, académico y estudioso de la historia, contertulio del filósofo David Hume y seguidor de Rousseau formuló una predicción archiconocida: como la población universal aumentaba en proporción geométrica y la producción de alimentos lo hacía aritméticamente, de la proyección de las curvas surgía claramente que el hambre y las enfermedades diezmarían la sociedad.

El libro de Thomas Robert Malthus, An Essay on the Principle of Population, logró por un tiempo preocupar y ocupar a algunos sectores intelectuales porque el argumento parecía tremendamente sólido en ese momento. Pero otros intelectuales contemporáneos del curita, como Adam Smith y David Ricardo, habían empezado a sembrar simultáneamente la semilla del Capitalismo y a predicar las ventajas de la libertad de comercio. Justamente Ricardo, amigo del autor, sostuvo con él algunos debates que anticipaban lo que luego ocurriría: la potencia del liberalismo económico haría que la innovación y el empuje empresario resolvieran el problema.

La revolución industrial trajo también la mecanización del agro, a la que se le agregó la fertilización sofisticada, que luego darían paso a la producción científica de alimentos. Los logros impresionantes de la tecnología, los primeros agroquímicos, la biogenética, el geoposicionamiento y los estudios de clima y suelo, el intercambio entre las naciones y finalmente la globalización escarnecieron al pitoniso inglés y su teoría fué sólo usada como ejemplo de fracaso, casi una burla académica, durante dos siglos.

AL BORDE DE LO IMPOSIBLE

Pero de a poco, en los últimos 70 años, comenzaron a evidenciarse síntomas de que el demógrafo podría no haber estado tan errado. Si bien la hambruna no asoló a la humanidad, las necesidades de una población creciente y demandante fueron aumentando hasta el borde mismo de lo imposible. Porque junto a los avances en la producción de alimentos, los avances del hombre lograron prolongar la vida. De 37 años en 1800, cuando escribió el reverendo Thomas su libro, a casi 80 de hoy. Y la población total pasó de menos de mil millones a 7 veces y media esa cifra. Esto agravado porque el propio Capitalismo aumentó los niveles de bienestar y acostumbró a las sociedades a un estándar de vida veinte veces superior al de fines del siglo XVIII.

Ya el problema no es comer, solamente. Véase lo que ocurre con los sistemas jubilatorios, a punto de estallar globalmente, y con todas las sociedades insatisfechas con lo que perciben. O los sistemas de salud, también saturados, mal financiados, chupándose una parte substancial de los presupuestos de todos los países, o en su defecto, desatendiendo a masas cada vez más grandes de enfermos. O la atención de los ancianos, un problema de costo y también ético tanto para el Estado como para las familias, que se ven en la disyuntiva permanente de condenar sus viejos a la extinción o atenderlos a un altísimo costo.

Las dos grandes guerras disimularon y postergaron la percepción de la gravedad del cambio, al reducir el crecimiento vegetativo de modo brutal y al paralizar las expectativas y reclamos de bienestar ante la imposibilidad de lograrlos. Pero el sendero se retomó en cuanto volvió la paz y el progreso y el crecimiento fácil cambiaron el foco de los gobernantes y gobernados.

La posterior globalización, tan poderosa y positiva en muchos aspectos, multiplicó los problemas de población, ante el desequilibrio que plantean las migraciones, una muestra extrema del problema del crecimiento demográfico y del derecho a la búsqueda del bienestar. Habrá que imaginar la visión malthusiana de estos cambios y su opinión sobre el efecto arrollador del Principle of Population.

El punto donde mejor se sintetiza ese principio es el calentamiento global y la destrucción del ecosistema, que el británico economista ni imaginó siquiera. Los recursos para la alimentación se consiguieron. Su teoría fue superada. ¿Pero a qué costo? Al oponer al poder de la naturaleza animal la fuerza de la inteligencia humana, el resultado fue la virtual quiebra del medio ambiente. Porque, además, a la necesidad elemental de alimentarse, se sumaron las necesidades creadas, la salud, la inmortalidad, el derecho al bienestar, cuando no al lujo. Los lectores que consumen árboles o kilovatios, viajeros que queman carbón y consumen oxígeno y producen monóxido, bienestar que hace subie los mares, aumenta el calor y seca las tierras, o mata las especies.

EL CORONAVIRUS

El coronavirus, como otras pandemias, expone y resume en toda su monstruosa realidad el problema. Pero la del covid-19, pese a no ser de las peores, amplifica la combinación de todos los efectos poblacionales. La aglomeración, las migraciones, el turismo masivo, la globalización, la velocidad, facilidad y baratura de los desplazamientos de personas, la libertad de circulación. También la pérdida de escala de los sistemas de salud, que son y serán excedidos por la fuerza de la masa humana, como temía el pastor inglés. Para peor, encuadrado en sistemas democráticos que también se prostituyeron y deterioraron hasta la ineficacia y la inutilidad a medida que las sociedades se transformaron en masas por la sola fuerza del número y los políticos en burócratas que las manejaban con pura dialéctica por conveniencia e incapacidad.

Ocurre que los recursos también han crecido geométricamente, como otrora la población, pero las necesidades ahora crecen exponencialmente. La ecuación malthusiana se está planteando nuevamente doscientos años después, pero en otra dimensión.

Encerrado en su casa y en su miedo, tigre cautivo e impotente en su jaula de zoológico decretada, el ser humano se siente de pronto inmensamente pequeño e inmensamente frágil y delega su libertad en las manos de cualquier gobierno que parezca más o menos decidido. Aflora lo peor y lo mejor de cada uno, como en toda tragedia. De pronto, hasta se siente culpable del virus, porque finalmente, el virus avanza porque hay gente, y avanzará más cuanta más gente haya.

Como si la furiosa admonición bíblica: «Ganarás el pan con el sudor de tu frente y parirás a tus hijos con dolor», en realidad no hubiera sido el auténtico castigo divino; sino que el verdadero castigo se hubiera plasmado en otra frase del Génesis: «Creced y multiplicaos». O exponenciaos.

En algún lugar de la eternidad en la que él creía, Thomas Robert Malthus sonríe amargamente.

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España

El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!

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Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa

La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid

Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.

Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.

Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.

Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.

Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.

Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.

Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.

Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.

La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.

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