España
La sombra de Pedro Sánchez planea sobre el discurso insustancial y timorato del Borbón
La España real versus la España borbónica. Felipe VI se ajustó al guión de Pedro Sánchez y leyó un decepcionante y vacuo discurso navideño, en el que no hubo referencias a asuntos tan preocupantes para millones de españoles como el conflicto que se vive en Cataluña, las avalanchas de inmigrantes ilegales, la influencia de los separatistas en la toma de decisiones del Gobierno o la polarización frentista que vive la nación. En su lugar, el monarca dibujó los trazos de una Arcadia feliz y reivindicó algunos de los mantras ideológicos del progresismo como ejes esenciales de la vida española: el pacifismo, la lucha de género, la cohesión social y la lucha contra el cambio climático, entre otros. Un discurso a la carta redactado seguramente por algún amanuense monclovita. La poca convicción del rey durante la lectura del panegírico sanchista es también el reflejo de la insoportable levedad de una institución que carece ya de respuestas propias al desafío social y político que vive España. ¿Podemos, a la luz de su discurso, interpretar que Felipe VI vive de espaldas a los problemas que van a marcar indefectiblemente el futuro de los españoles?
«Progreso y avance»
El rey Felipe VI ha pedido a los españoles en su mensaje de Navidad que defiendan la convivencia y hagan todo lo posible para que «no se pierdan ni olviden» los principios de democracia y libertad. Para ello, ha recordado, durante la Transición se definieron unas reglas comunes que deben ser «respetadas por todos» como garantía de «progreso y avance».
La convivencia, palabra que Felipe ha empleado en siete ocasiones, ha sido el tema clave del discurso. Una concordia que «se basa en la consideración y en el respeto a las personas, a las ideas y a los derechos de los demás; que requiere que cuidemos y reforcemos los profundos vínculos que nos unen y que siempre nos deben unir a todos los españoles; que es incompatible con el rencor y el resentimiento, porque estas actitudes forman parte de nuestra peor historia y no debemos permitir que renazcan; una convivencia en la que la superación de los grandes problemas y de las injusticias nunca puede nacer de la división, ni mucho menos del enfrentamiento, sino del acuerdo y de la unión ante los desafíos y las dificultades».
Una convivencia, ha puntualizado, «que exige el respeto a nuestra Constitución, que no es una realidad inerte sino una realidad viva que ampara, protege y tutela nuestros derechos y libertades». Una convivencia que «siempre es frágil» y que «es el mayor patrimonio que tenemos los españoles», por lo que «debemos evitar que se deteriore o erosione, defenderla, cuidarla, protegerla y hacerlo con responsabilidad y convicción». Para ello, ha pedido «ser conscientes de la nueva realidad que nos impone el siglo XXI y ser capaces de alcanzar consensos cívicos y sociales que aseguren el gran proyecto de modernización de España».
Deuda con los jóvenes
El Monarca también ha aseverado que, como sociedad, España tiene «una deuda pendiente» con sus jóvenes. «Somos responsables de su futuro y las circunstancia de hoy en día no son, ni mucho menos, las más fáciles», ha apuntado. «Los jóvenes vivís inmersos en la realidad de una sociedad tecnológica, de cambios continuos y acelerados, que plantea nuevos interrogantes, pero que a la vez está llena de nuevas oportunidades. Queréis vivir y convivir, pero tenéis problemas serios».
«Sabéis que es muy difícil encontrar trabajo sin una adecuada formación. Muchos la tenéis, pero a veces os veis obligados a ocupar un puesto de trabajo que no es para el que os habéis preparado o que no responde a vuestras expectativas. Y os tenemos que ayudar: a que podáis construir un proyecto de vida personal y profesional, con un trabajo y un salario dignos, a tener un lugar adecuado donde vivir y, si lo queréis, a formar una familia y poder conciliar con la vida laboral», ha apuntado, y ha reconocido la «responsabilidad» de toda la sociedad para que la capacidad y motivación de las nuevas generaciones venzan a las dificultades.
Igualdad
En su alocución, Felipe VI ha trasladado la necesidad de conseguir un país «comprometido con la igualdad real entre hombres y mujeres» y ha condenado la violencia contra las mujeres, «una violencia, de tan triste actualidad y que merece siempre nuestra repulsa y condena más enérgica y el empeño de toda la sociedad para erradicarla de nuestra vida».
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
