Sociedad
Las Fallas de Valencia en jaque por el coronavirus
A pocos días para que la fiesta grande de Valencia de su pistoletazo de salida seguimos sin protocolos ante el coronavirus. Las mascletàs congregarán diariamente a miles de personas entorno a la Plaza del Ayuntamiento y todavía la Concejalía de Protección Ciudadana no ha activado ningún protocolo de actuación. Según el sindicato CSIF ni «la Concejalía de Protección Ciudadana ni la Jefatura de Policía Local de València han activado un protocolo de actuación para que los agentes sepan cómo actuar ante cualquier incidencia que pueda producirse por el coronavirus y, en concreto, ante las aglomeraciones que se producirán en los próximos días por Fallas.»
Al respecto, el sindicato ha señalado que ese protocolo «resulta fundamental para que todos los agentes sepan cómo actuar ante grandes aglomeraciones de personas y puedan realizar con la máxima profesionalidad su trabajo». Además, también ha pedido medidas para «poder asesorar y evitar la propagación de bulos entre la población».
En esta línea, ha reclamado a la dirección policial que «nos traslade de inmediato todos los acuerdos que adopten para la prevención y seguridad de los agentes». En este sentido, ha considerado necesario «tomar medidas preventivas, como la adquisición de mascarillas, guantes y cualquier otro tipo de material que pueda resultar de ayuda para una posible emergencia».
La central sindical ya solicitó ayer, a nivel autonómico y en la comisión de coordinación de la Agencia Valenciana de Seguridad y Respuestas a las emergencias de la Generalitat, que desarrolle los protocolos previstos para coronavirus y los traslade a las jefaturas de Policía Local en los diferentes municipios.
Hoy da un paso más y pide que «el Ayuntamiento de Valencia lo aplique de inmediato, sobre todo ante la inminencia de las fiestas falleras, con las aglomeraciones de personas que se produce y el riesgo que conllevan», ha apostillado.
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
