Opinión
Les importamos una mierda
Para muchos políticos la política no es más que marketing; por eso sorprende errores de imagen de bulto.
Recuerdo cuando hablando con una de las mandatarias de Ciudadanos me cogió del brazo y con sutileza me dijo que teníamos que vender nuestro producto y que los votantes eran clientes.
No hay alegoría que defina mejor en lo que se ha convertido la política: puro marketing. Siempre digo que todo se jodió cuando se entrometieron las audiencias, campañas publicitarias en lugar de solucionar los problemas de la gente.
Al estar en política te das cuenta de que, en la mayoría de los casos, a nuestros dirigentes, les importamos una mierda. Por eso prometen mucho y a la hora de la verdad echan por tierra todo lo que han promulgado durante años mientras estaban en campaña o en la oposición. Somos mero público objetivo de un nicho de votantes. No dejan de demostrarlo.
La última ha sido una primera ministra de Finlandia que decidió pegarse el fiestón del siglo justo cuando su país tiene un mínimo riesgo de correr la misma suerte que Ucrania y ser invadido por la Rusia de Putin. Mientras agentes de los servicios secretos rusos se paseaban por las fronteras finlandesas recabando informes para el Kremlin ella se emborrachaba en casa de unos amigos. Que sí, que tiene derecho, y que algunos han utilizado la hipérbole para narrar lo sucedido, pero hay que estar a la altura de las circunstancias. No es de recibo que exponga esas juergas, -lo hizo en el momento que decidió grabarse- con la que está cayendo.
Al meterte en política debes ser consciente de que tu vida privada, desgraciadamente, también es medida al milímetro y más si compartes esas experiencias en las redes sociales. Hace unos años, cuando estaba en Ciudadanos, me hice una foto con un amigo en la que los dos posábamos con dos cañas de cerveza y me llamaron al día siguiente del partido para pedirme que la quitara. “Vas a parecer un alcohólico”, me dijeron. En la era del puritanismo existencial cualquier cana al aire puede ser utilizada en tu contra. Lo que no entiendo es que un casi imberbe como yo -no pierdo la esperanza en que se me rellenen los huecos de la barba- sepa esto y los asesores de Sanna Marin no. La debían de estar sujetando el cubata mientras bailaba.
La mayoría de las conversaciones entre los mandatarios del partido que tuvimos recuerdo que eran de chismorreos, comentarios obscenos y amarillismo sacado de Sálvame. Vi a muchos con ganas de fiesta a costa de la política y a pocos con una voluntad verdadera de cambiar las cosas.
Jorge Brugos
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
