España
Levántate y anda
F. Sánchez-Dragó.- Profanar tumbas y perseguir a sus inquilinos hasta la otra orilla del Leteo es tentar a la suerte. Que se lo pregunten a quienes violaron el eterno reposo de Tutankamon. “¡Vengo por la asaúra que me quitaste en la sepultura!”, decía el protagonista de un cuento de terror muy popular. Al Gobierno le ha salido por la culata el tiro con el que pretendía rematar a Franco. Seguro que la rechifla llega a lo alto de la cruz que los podemitas quieren derribar con la anuencia de sus socios.
En vez del tiro de gracia han conseguido poner de nuevo en pie, como Jesús a Lázaro, cuando ya olía, al difunto cuya capilla ardiente se instaló en loor de multitud a dos pasos de la cripta de la Almudena, donde ahora yacerá, en noviembre de 1975. Si fueron miles y miles de madrileños quienes entonces rindieron póstumo homenaje al que consideraban Caudillo, serán millones y millones de españoles y de extranjeros quienes a partir de la nueva inhumación visitarán su tumba por los siglos de los siglos. Eso sí que es hacer un pan con unas hostias y salir de Málaga rumbo a Malagón. Para tan corto viaje de vuelta a la Plaza de Oriente sobraban los decretos. El bofetón a quienes lo han propiciado es de aúpa. La familia de Franco y los administradores de su Fundación estarán conteniendo las carcajadas.
No sé si la Iglesia cobra por entrar en la cripta a la que más arriba he hecho referencia. De ser así, va a forrarse. El Leteo era en la mitología griega uno de los ríos que surcaban el Hades. Quien bebía de sus aguas, como fatalmente lo hacen los muertos, se sumía en ese apagón de la conciencia al que llaman olvido. Y olvidado estaba en gran medida el hombre que gobernó España durante cuatro décadas. Pregunten por él a quienes tienen menos de sesenta otoños. O mejor dicho: haberlo preguntado hace cosa de tres meses. Lo que entonces habría sido gesto de indiferencia o de ignorancia será ahora todo lo contrario.
¿Queda alguien por ahí que ya no sepa quién demonios fue Franco? Seguro que lo saben hasta los pingüinos de la Antártida y más aún lo sabrán cuando todas las televisiones del mundo y las portadas de los periódicos propaguen las imágenes de la solemne parada militar que recibirá el féretro, según dicen (aunque yo tenga que pellizcarme para creerlo), a los acordes del himno nacional y con salvas de fusilería. Tenemos un Gobierno que obra milagros. ¡Levántese y ande, Excelencia! La fe de sus detractores lo ha salvado.
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
