Internacional
López Obrador bate su propia marca y establece un nuevo registro de estupidez: Compara la invasión rusa de Ucrania con la conquista española de México
El presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, ha condenado la invasión rusa de Ucrania porque los mexicanos han “padecido invasiones como la de los españoles».
López Obrador, a través de un vídeo publicado en las redes sociales este domingo, ha participado en un foro “a favor de la justicia, la no intervención, la solución pacífica y la ayuda humanitaria a los afectados por la guerra en Ucrania”.
“A solicitud de mi amigo Justin Trudeau, primer ministro de Canadá, y por convicción propia, nosotros estamos a favor de una solución pacífica al conflicto de Rusia con Ucrania”, ha dicho el presidente de México al comienzo de su intervención.
“Desde luego, no aceptamos la invasión de Rusia a Ucrania porque nosotros hemos padecido de invasiones. Nos invadieron los españoles, los franceses, dos veces los estadounidenses, y en una ocasión nos arrebataron más de la mitad de nuestro territorio”, ha señalado.
Hay que dar la razón al mandatario en cuánto a los franceses y americanos. México fue invadido en dos ocasiones ―en 1862 y en 1838― por los franceses. Estados Unidos también hizo lo propio dos veces: 1846 y 1914. En la primer invasión, mediante el tratado de Guadalupe Hidalgo, los mexicanos perdieron más de la mitad de su territorio, cediéndolo al país vecino como condición para acabar con la guerra, una cesión por la que México recibió una indemnización de 15 millones de dólares.
Pero, ¿cuándo han invadido México los españoles? Aquí el presidente mexicano yerra; la respuesta es nunca. Cuando los españoles llegaron al territorio que hoy se llama México éste no existía. En esas tierras no había un país, sino varios pueblos, la mayoría de ellos sometidos y atemorizados por uno de ellos: los mexicas.
De hecho, muchos de los pueblos subyugados, como los tlaxcaltecas, texcocanos y totonecas, se unieron a los españoles para acabar con la tiranía de los mexicas. Hernán Cortés fundó el virreinato de Nueva España, que es de donde surge lo que hoy llamamos México, que ahora preside López Obrador.
“Nosotros condenamos las invasiones y no estamos a favor de ninguna guerra. Nosotros queremos la paz”, ha continuado la intervención del mandatario mexicano.
«Pensamos que en esta lamentable guerra de Rusia y Ucrania falló la política, la política que se inventó para evitar la guerra. Se pudo haber evitado esta guerra, pero todavía hay tiempo para convocar la paz, para lograr acuerdos de paz», ha indicado López Obrador.
El presidente de México ha comentado que hay que conseguir la paz para que el pueblo de Ucrania, el pueblo de Rusia, y cualquier pueblo del mundo, no sigan «sufriendo por esta irracionalidad». «Las guerras son nefastas», ha añadido.
«Nos sumamos a los esfuerzos de paz y también para la ayuda humanitaria porque tenemos que apoyar a las víctimas de esta absurda guerra», ha dicho López Obrador.
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
