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Los niños de la calle, los cachorros de la hiena

Redacción

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LTY.- Desde que irrumpió en la escena social española el problema de los niños de la calle magrebíes, hará unos 12 ó 15 años, nuestras autoridades han venido improvisando soluciones y experimentando teorías (modernas y progresistas, faltaría más) sin ningún éxito: cada día hay más niños de la calle, cada día generan más conflictos, cada día hacen más daño, cada día ocasionan más gastos a una sociedad que los sufre, y que no sabe aparentemente como resolver esta situación. Y eso ocurre precisamente por el equivocado tratamiento del problema.

Los estamos llamando a gritos y con la promesa de que aquí tendrán lo que buscan: techo, comida y cama. Y de paso, pondremos a su disposición nuestras maravillosas calles como modernas cuevas de Ali Baba en las que puedan entrenarse en todas las modalidades delictivas para que cuando lleguen a mayores puedan pasar al terreno “profesional” bien equipados. Todo lo establecido en materia de protección a la “infancia no acompañada” es un poderosos efecto llamada que, lejos de aportar alguna solución o siquiera alivio en esta materia, lo que hace es agravar la situación.

Después de unos lustros, un sinnúmero de delitos cometidos por estas tiernas criaturas y unos cuantos millones de euros (mal)gastados, el problema sigue sin solución, ni lleva camino de tenerla. Se ha probado todo, menos lo que el más elemental sentido común dicta: la repatriaciónipso facto de todo menor indocumentado hacia el país de origen, la entrega inmediata a sus representantes consulares. Que cada cual lidie con sus propios asuntos y le limpie el culo a sus propios hijos. Aunque sabemos que el interés del reino alauíta por recuperar sus súbditos es nulo. ¿Y cómo podía ser de otra manera si son las propias autoridades marroquíes las que organizan todo este tráfico de la inmigración ilegal que inunda España?

Al gobierno marroquí poco le ha de importar la suerte de los niños de la calle en España, si se desinteresa olímpicamente de los que tienen sueltos por sus ciudades, como si de perros callejeros se tratara. Pero el día en que Marruecos se avenga a hacerse cargo de ellos nos pedirá dinero para readmitirlos. Eso es tan seguro como que hay Dios. Pero esa hipotética readmisión no es más que una especulación carente de posibilidades reales de ser llevas a la práctica.

Marruecos cuenta con esos “menores no acompañados” para acrecentar la presión demográfica sobre España. Otra Marcha Verde. Esos menores se quedan en España hasta la mayoría de edad, momento en que reaparecen milagrosamente sus padres y demás familiares, los que tienen entonces el derecho a reagruparse con su retoño por fín encontrado. ¿Y las autoridades españolas en todo esto? En Babia, como es su costumbre.

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En Brasil hay niños de la calle, y son brasileños; en Colombia hay niños de la calles, y son colombianos; en Perú, la India, Honduras, Camboya y un largo etcétera ocurre otro tanto. El problema de la infancia abandonada en el Tercer Mundo (una situación que no tiene equivalencia ni en los estratos más modestos del reino animal) es el fruto del fracaso de esas sociedades. Esas sociedades fracasadas, brutales y desalmadas, generan este problema y muchos otros. En España tenemos niños de la calle, y no son españoles, ¡son extranjeros! ¡Tenemos niños de la calle de otros países! ¿Quién da más? ¡Pasen y vean!

La sociedad española no genera niños de la calle (tal vez algún caso aislado proveniente de un medio familiar destruido por la droga, y poco más: el fenómeno es puramente extranjero). Esta es una situación ajena por completo a nuestra cultura, a nuestros valores, a nuestra idiosincrasia, a nuestra actualidad, y tendríamos que retroceder varios siglos para encontrar en nuestro pasado un equivalente a lo que tenemos hoy en nuestras calles por obra y gracia de un mal vecino que carece de la dignidad nacional necesaria para ocuparse de sus hijos que andan incordiando en casa ajena.

Mientras tanto, nuestras autoridades, confundiendo como ya es habitual al Estado con una ONG, seguirán jugando a benefactores de la “infancia desvalida” (en realidad esnifadores de pegamento y tironeadores de bolsos, aprendices de criminales y futura carne de patíbulo), ensayando costosos e inútiles planes, novedosos métodos y recién estrenadas teorías cada seis meses, con sus correspondientes dotaciones presupuestarias, por supuesto. Y los españoles a pagar y a tragar. Y algunos, de paso, a reventar a manos de esos pobre chicos necesitados de amor (el futuro de España, según Arturo Pérez Reverte y otros tantos como él).

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Los dos minutos de odio. Por Diego Fusaro

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Quienes hayan leído 1984 de George Orwell (una lectura muy recomendable siempre, y más aún en nuestra época tan orwelliana), recordarán sin duda la emblemática figura de Emmanuel Goldstein.

Él es el principal enemigo del Partido que gobierna Oceanía.

Debido a su oposición al Gran Hermano, todos los días, a partir de las 11:00, en todas las oficinas y lugares públicos, se celebran manifestaciones de histeria colectiva contra él: los «dos minutos de odio», como los califica la obra maestra de Orwell. Las masas hipnotizadas por la propaganda del Gran Hermano suspenden toda actividad para manifestar histéricamente su odio hacia Emmanuel Goldstein, del que no saben nada más que lo que el partido les dice a diario sobre él, presentándolo precisamente como el enemigo por excelencia, como la amenaza que pone en peligro la paz de su mundo.

También en este caso, como en muchos otros, la fantasía distópica de Orwell parece superada con creces por nuestro presente completamente distópico. También el Occidente actual, rectius uccidente, tiene su Emmanuel Goldstein, que sin embargo se llama Vladimir Putin.

A todas horas, la radio, la televisión y los periódicos de la civilización falsamente democrática del Gran Hermano repiten propagandísticamente que él es el enemigo, el peligro máximo, la amenaza suprema para el paraíso occidental Y las masas tecnonarcotizadas y teledependientes se prestan con estúpida euforia a esta representación de histeria colectiva, exhibiéndose en otras tantas variaciones tragicómicas de los dos minutos de odio de la memoria orwelliana.

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Es una práctica antigua y probada del poder hacer creer que la contradicción y el enemigo están al otro lado del muro, en el espacio exterior con respecto a la sociedad totalmente administrada por el propio poder: de este modo, desviando siempre la mirada de las contradicciones internas de nuestra sociedad, se produce una unificación ficticia del interior, llamado a cooperar en función de la resistencia al enemigo exterior, del que tal vez, como hoy (pero lo mismo vale para Emmanuel Goldstein), se dice que está listo para invadir nuestra civilización.

Al igual que en la novela de Orwell, siempre hay un Emmanuel Goldstein detrás de cada contradicción, detrás de cada distorsión, detrás de cada mal, y lo mismo ocurre hoy en día en el orden discursivo dominante, que siempre y de nuevo señala a Putin —el nuevo Emmanuel Goldstein— como responsable de todos los males.

¿Alguien se atreve a discrepar de la Unión Europea de la vestal de los mercados apátridas Ursula von der Leyen?

Debe haber detrás la longa manus de Putin. ¿Alguien se atreve a criticar las políticas imperialistas de las barras y estrellas? Debe ser un agente secreto enviado por Putin a Occidente. ¿Alguien se atreve a cuestionar los equilibrios de la globalización neoliberal, cada vez más asimétrica? Por necesidad, es un infiltrado solapado de la Rusia de Putin. Releer a Orwell puede ser realmente beneficioso para un despertar colectivo del hechizo hipnótico de la sociedad del espectáculo y la manipulación milimétrica de las conciencias.

Apaguen la radio y la televisión, lean a Orwell. Quien se lo sugiere es, por supuesto, un espía enviado por Emmanuel Goldstein…

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Por Diego Fusaro

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