Sociedad
Más de 300 personas acuden a la cena por el 126º aniversario del nacimiento de Francisco Franco
Laureano Benítez Grande-Caballero.- Más de trescientas personas se dieron cita el pasado viernes, 30 de noviembre, en la cena que la Fundación realiza cada año, con motivo del aniversario del nacimiento de Francisco Franco, cumpliéndose ya 126 años.
Durante los postres, se dio comienzo al acto con la proyección del vídeo conmemorativo, antes de comenzar con la tradicional entrega de diplomas a los nuevos Caballeros de Honor de la FNFF.
Este año se les entregaba dicha mención, de mano de nuestro Presidente de Honor, Luis Alfonso de Borbón, como agradecimiento a su excepcional contribución a la defensa, divulgación, sostenimiento y promoción de la vida y obra de Francisco Franco, así como los valores que él defendió, a las siguientes personalidades: Javier Barraycoa, Emilio Álvarez Frías, Carlos Fernández Barallobre, Juan León Cordón, Padre Marius Visovan y al Teniente General Emilio Pérez Alamán. Destacar la presencia del Padre Marius, presidente de la Fundación «Profesor George Manu», que vino desde Rumanía para recoger esta mención, esfuerzo que le agradecemos mucho. En el momento de la entrega de su diploma, se proyectó el extracto de un video donde el Padre habla de la situación tan terrible que se vive a día de hoy en España, con la persecución y odio hacia Francisco Franco y todo lo que él representa. (Enlace directo aquí del video completo) Para finalizar la entrega de diplomas, intervino el Teniente General Emilio Pérez Alamán, en nombre de todos los Caballeros de Honor, dando las gracias por la mención.
A continuación, la FNFF quiso dar un homenaje a un hombre excepcional. Fiel, luchador y tenaz. A Pedro González-Bueno Benítez, por todos los años en los que ha estado defendiendo la obra de Francisco Franco y los valores que representa España. Jaime Alonso tomó la palabra en este homenaje, dando gracias a Pedro por haber sido su ejemplo en la defensa de Dios y de la Patria. Nuestro Presidente de Honor, Luis Alfonso de Borbón le hizo entrega de un busto de Francisco Franco y se proyectó este video de homenaje:
Pedro González-Bueno quiso dar las gracias por dicho homenaje, que fue una sorpresa para él, y animó a todos a que colaborasen con la Fundación, ya que en estos tiempos está dando un ejemplo de lucha por la Verdad Histórica y por la justicia.
Continuando con el acto, se dio la palabra a tres jóvenes que supieron enardecer y concienciar a los asistentes de que la situación actual en España no es fácil, pero que debemos tomar partido y dar un paso al frente ante este estado de cosas (intervenciones más adelante). Como broche final de un acto lleno de emociones, tomó la palabra el Presidente de la Fundación Nacional Francisco Franco, el General Juan Chicharro Ortega, quien quiso dejar claro que esta Fundación seguirá defendiendo la figura de Francisco Franco y todo lo que ello conlleva. El acto se cerró entonándose el himno Nacional.
Gracias a todos aquellos que nos quisieron acompañar en ese día.
Intervención de Ramón de Meer:
Buenas noches, damas y caballeros, y agradezco a la Fundación y al General Chicharro la oportunidad de dirigirme a ustedes en esta noche. Tras tan magníficas intervenciones, no me queda sino hacer una breve y sencilla reflexión, que lejos de la brillantez que caracterizará al resto de intervenciones, les ofrezco desde el corazón.
Como joven, cuando oigo críticas a la situación actual, muchas veces se hacen mirando al pasado, con una sana nostalgia de tiempos mejores. Sin embargo, aunque la comparta, me cuesta a veces asimilar esa crítica, porque no puedo comparar la actualidad con un pasado que nunca he vivido. A nosotros, cuando nos quejamos de la situación actual, nos es más fácil hacerlo mirando al futuro, a lo que se nos viene encima. Y de todo lo que se nos viene encima, en un día en que honramos la memoria del Generalísimo, puedo decir que lo que más me acongoja del mundo futuro, del mundo de mis hijos, es que será un mundo sin héroes.
¿Qué es un héroe? Los héroes son las encarnaciones de los supremos principios que sustentan una cultura, una civilización. Personas en quienes nos identificamos, a quienes admiramos, y que imitándoles perpetuamos esas virtudes que como pueblo nos hicieron grandes en otro tiempo. El mundo moderno, sin embargo, ha renegado de los héroes, y sin héroes no hay futuro posible.
Eso lo sabe la cultura globalista que nos rodea, y por eso ha intentado darnos el cambiazo con las dos creaciones que hoy día pretenden sustituir a nuestros héroes antiguos. Por un lado, les venden a nuestros niños la figura del superhéroe, ese superhombre autosuficiente al que podemos idolatrar, pues en sus relatos encontramos una perfección cuasidivina, pero que cuando queremos tocar, se esfuman como humo, pues son seres que no existen, y para frustración de quienes les idolatraron, seres a los que jamás podremos imitar en nuestro día a día. Héroes de humo, como las promesas de los políticos, falsos.
El segundo pseudo-héroe que nos venden es el héroe capitalista: admiremos y entronicemos al que triunfa económica y socialmente en el mundo. A esa figura sí podemos imitar, seamos todos como ellos, como los millonarios, futbolistas, actores. “¿Niño, que quieres ser de mayor? Yo quiero ser famoso” ¿Qué más da que sus vidas estén vacías de sentido, si con billetes se rellena cualquier hueco?
¿A qué héroe recordamos aquí hoy? Dependiendo de la época, podemos tratar a Franco como uno de estos dos pseudo-héroes (el primero más bien antes), y creo que, en la actualidad, cuando el mundo y la progresía, despiadados, nos preguntan por Franco, muchas veces caemos en la tentación de acudir a la vía sencilla, que es defenderle con cifras, con potencia nuclear, industrial, con crecimiento de la clase media, etc. Todo ello es muy importante, y cierto, pero ¿es Franco un héroe por eso?
Permitan a un joven sin experiencia ni sabiduría lanzar esa pregunta en esta cena de hoy. Decía García Morente que el caballero español se caracteriza por actuar por pálpito, con pasión, y no por frío cálculo, como hacen los anglosajones. Franco fue un caballero español, pero en boca de sus admiradores, en público, rara vez se escucha su verdadera heroicidad, que no es otra que la gesta españolísima de un Pelayo en Covadonga, una Isabel en Granada, un Cortés en Nueva España o un Daoíz y un Velarde en Monteleón. Es la gesta que muy pocos reclaman para él, la de un Alzamiento un 18 de julio de 1936. No un alzamiento calculado y rentable, sino desesperado, aparentemente inútil, contra hordas muy superiores en número y un estrecho de por medio: sin ninguna posibilidad de éxito. Un Alzamiento heroico por imposible, como todos los anteriores.
¿De dónde queremos tomar ejemplo? Que fácil es intentar asemejarse al Franco próspero. Todos queremos ser productivos y estar en el bando de los ganadores. Pero no es ese nuestro verdadero espíritu. El verdadero héroe, el verdadero Generalísimo, es el que nos apunta hacia la heroicidad verdadera, que no es el rédito, sino la Cruz. Por eso el héroe español no lo es por riqueza o aplausos de este mundo, sino que lo es por honor, por lealtad, por sacrificio y por hazaña. Tanto se identificó España con Nuestro Señor que no nos valió con predicar su fe, sino que quedó impreso en el carácter de los españoles la locura de la Cruz, de manera que nuestra gloria sólo se alcanza con los más grandes sacrificios, con las entregas más heroicas. El héroe español, damas y caballeros, no se cuenta en dólares, sino que como el Generalísimo, se cuenta por hazañas y gestas, aunque sean inútiles, aunque no den beneficios.
Yo reivindico hoy aquí al Franco que se alza, el Franco que se sacrifica, el Franco que lucha. ¿Qué héroes deseamos transmitir, para que forjen la España del mañana? ¿Los de la Cruz o los del éxito terrenal?
Yo reivindico hoy aquí al Generalísimo y a cuantos con él lucharon por lo más sagrado, a cuantos con él llegaron a las puertas del Cielo con el cuerpo llagado de faltas, sí, pero con esa mirada hispana, altanera, orgullosa por el cumplimiento del verdadero deber del hombre. La defensa de la Verdad y la defensa de España. Porque lo demandó el honor y obedecieron, los requirió el deber y lo acataron. No fueron grandes por vencer, fueron grandes porque como valientes lucharon, y como héroes murieron. ¿Con qué enardeceréis a las generaciones futuras? ¿Con el mercado y la estabilidad? Como español, lo que me hincha el pecho de orgullo son mis mártires, mis caídos, que ¡no hay un puñado de tierra sin una tumba española!
Quiera Dios que como ellos, renazca en nosotros ese indómito íbero, y que tomemos, quizás por última vez, la herrumbrada espada española.
Que no queramos servir a otra Bandera, no queramos andar otro camino, no sepamos vivir de otra manera. ¡Que Viva España!
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
