Opinión
«Me estoy quedando ciega, todo va a estar bien» Por Fátima Pellico
A la galería cada vez más poblada de esperpentos de la autopercepción traemos hoy a colación a un colectivo, del que por lo visto hay documentados al menos tres individuos, que se autoperciben como minusválidos o discapacitados.
Si nos retrotraemos en el tiempo quien más quien menos podrá recordar a personas que se casan con sus mascotas o que se enamoran de cosas (bicicletas, grúas, etc) o que se casan con ellas mismas o bien con una estación de tren. Tenemos también el célebre ejemplo del hombre de pelo en pecho y familia con varios hijos que se empezó a autopercibir como niña de seis años. Sólo hay que entrar en Internet para leer su tierna historia (aunque yo no he encontrado la versión de su mujer y de sus hijos, curiosamente).
Estábamos acostumbrándonos a que muchos miembros de la sociedad se empezaran a percibir como del otro sexo y bueno, dentro de lo que cabe, otro vendrá que bueno te hará…
Y por fin ese día ha llegado. Parece ser que la afección en cuestión es un trastorno de identidad de integridad corporal , acuñado en 2004 por un profesor de psiquiatría clínica de la Universidad de Columbia. Según este profesor es una condición poco estudiada y el tema estribaría en que hay una discordancia entre el cuerpo del sujeto y cómo él se vive.
En uno de los casos , una mujer quería ser ciega, se percibía como ciega y, gracias a su psicóloga, consiguió convertirse en una Stevie Wonder blanca más ciega que un burro de escayola. Su terapeuta la ayudó a conseguir su sueño vertiéndole un producto de limpieza en los ojos. En mi opinión, un ciego no puede guiar a otro ciego y a esa supuesta psicóloga habría que retirarla del ejercicio de la psicología clínica porque es un peligro.
En otro de los casos un hombre logró desprenderse de uno de sus brazos con una herramienta muy afilada cerciorándose de que no se iba a desangrar y de que, por supuesto, no se le podría reimplantar de ninguna manera. Llevaba tiempo intentando quitarse un brazo que no sentía como suyo hasta que lo logró.
Y por último, aunque no menos indicador de la locura en la que vivimos inmersos, tenemos a una transexual de 53 años noruega que vive sentada en una silla de ruedas porque se vive como paralítica, aunque parece que no se ha atrevido a conseguirlo por métodos naturales como podría haber sido tirarse por la ventana intentando caer de espaldas y así romperse la espalda. Esta ya había iniciado el camino de lo «trans» hacía tiempo. Sólo nos queda ver qué más transmemeces hace.
Cada día me da más «miedo» lo que nos estamos encontrando en el día a día. Ser discapacitado o minusválido no es fácil y es un camino lleno de problemas, no sólo los propios de la enfermedad sino, además, los que te pone la sociedad y la burocracia día tras día.
El problema grave que veo en esto de la autopercepción es que quien es realmente discapacitado y no por voluntad propia, como el caso de esos tres individuos, no vive un camino de rosas y ya lo que nos faltaba es que los escasos medios de ayuda con los que contamos se vean mermados por personas que yo ya no sé cómo calificar.
Si me dejo llevar por el sentido común, unido a mi forma de ser, son perturbados que no parecen peligrosos para otros, pero sí para sí mismos, y responde todo al relativismo de la Postmodernidad, donde todo vale si te hace sentir bien. Y la vida no se rige por cómo nos sentimos o cómo acoplamos la realidad a nuestros delirios enfermizos. Hay cosas que están bien y otras que están mal, aunque suene a fascismo puro y duro. La realidad es la que es, no la que cada uno pretendemos inventarnos y obligar a los demás a aceptarla.
Una persona con cierta salud mental sabe que nadie se enamora de estaciones de tren ni de árboles ni de objetos y debemos poder decir alto y claro que eso no es correcto, que los sentimientos y emociones no deben regirnos hasta invalidarnos mentalmente.
A mí, como persona individual y hasta un cierto punto muy individualista, me da igual si una persona se siente de otro sexo mientras no haga daño a nadie. Creo que hay un cierto porcentaje de personas que sí que pueden experimentar eso por algún tema genético u hormonal, pero no es lo normal ni debería serlo, pero, mientras no hagan daño a nadie ni paguemos las consecuencias de eso los demás, me da lo mismo.
Pero si se abre la mano y empezamos a aceptar como válidas las «transimbecilidades» cada día nos encontraremos con esperpentos mayores y en caída libre.
¿ Acabarán los transcapacitados convirtiéndose en otro lobby pagado con nuestros impuestos, mientras el español de a pie cada vez está más en la ruina?
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
