España
Crece la admiración por la Benemérita entre los buenos españoles
José L. Román- Una vez que las crónicas de todos los medios informativos han bajado el volumen de la tragedia, creo que es el momento oportuno para dirigirse, con ánimo sereno, a quien como tú, José Manuel Arcos, has ofrecido al servicio de tus semejantes el bien mas preciado que poseías, la entrega de tu propia vida.
Hoy, que todo el mundo se enfurece y desequilibra por una frase más o menos ofensiva. Hoy, que cualquiera implora los derechos humanos hasta por un delicado pisotón. Hoy, que a tu asesino no se le puede hablar alto porque se lesionan los tan cacareados derechos humanos y hay que entregarlo intacto ante el juez ¡Sí!, a ese Juez que posiblemente sea el mismo que no hace mucho lo dejo en libertad, situación que provocó tu asesinato. A ese juez que por las leyes actuales que le otorgan tal potestad, queda exento de responsabilidad por un hecho tan sumamente grave.
Pues bien, como digo, hay que entregar a tu asesino intacto ante su Señoría, ya que de no ser así se levantarán en oleadas de improperios los falsos defensores de tales derechos con el Parlamento y el Gobierno a la cabeza. Hoy, que como digo hay tanto de lo mismo, tú nos has dejado cuando velabas por los demás garantizando el orden constitucional establecido.
Elegiste esta profesión como la más importante y la más generosa. Pusiste tu voluntad casi sin dudarlo al servicio de la disciplina. Te consagraste en cuerpo y alma a ser toda tu vida un garante de la seguridad, a ser un pronóstico feliz para el afligido, a poner la verdad ante el error, la confianza frente a la desesperación, armonía en la discordia, alegría en la tristeza, perdón en la ofensa, y, llegado el momento, a pagar con la propia vida los errores de los demás. Esto mi querido amigo, no es algo baladí, esto es lo más grande y maravilloso que puede hacer una persona a lo largo de su vida.
Nada ni nadie ha podido apartarte de la dura necesidad de sufrir. Con tu ejemplo, has dejado un mensaje valiosísimo a los buenos españoles y a las personas honradas que con su trabajo y sacrificio vertebran esta gran nación. Y ese mensaje se traduce en que cuando alguien se esfuerza por servir al bien común y a la Patria, no hay nada más aborrecible como el estar saturado de satisfacciones. Habituarse a la idea de servir a los demás, de sufrir, y aceptar ese sufrimiento e imponerse a él, es aprender a forjarse como hombre, a ser un español de primera fila, y a ser como tú, un buen guardia civil.
Solo queda despedirme. Aquí quedamos nosotros junto a tu familia, compañeros, vecinos y amigos ¡Que solos los dejas! ¡Qué vacío mas grande ha quedado en sus vidas! Pero, no te preocupes, en el fondo se sienten enormemente orgullosos por tu valentía y por el número de vidas que acabas de salvar. Todas las personas que te quieren deben saber que los españoles de buena voluntad estamos a su lado. Abraza fuertemente a todos los españoles víctimas de la delincuencia común, del terrorismo y de la barbarie.
Transmíteles por favor nuestro más humilde recuerdo, y nuestra gratitud mas sincera. Hasta la gloria, José Manuel.
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
