Opinión
«Modo ¡NO MOLESTAR!», por Inés Sainz
[H]ace cuatro años por razones personales, decidí activar el modo “no molestar” en mi móvil. Ya llevaba muchos años con él en “silencio”. No soporto el sonido del teléfono. Pero había llegado un momento que aunque sin sonido, tampoco aguantaba ver la llamada en la pantalla. Sí. Soy muy rara, lo sé. ¿Para qué tengo un móvil si no lo uso como “debiera»? Muy sencillo. Lo uso como yo quiero y cuando yo quiero.
¿Os acordáis de aquella época en la que solo existían los teléfonos fijos y cuando salías de casa estabas incomunicado? Pues el modo “no molestar” es lo más parecido que he encontrado a esa sensación de libertad. Ya sea por motivos personales o profesionales, estar siempre pendiente de esa llamada que esperas y no llega, es una absoluta esclavitud. Mi familia y amigos, que son las únicas llamadas que me importan, están muy acostumbrados a mis rarezas y ya no se extrañan. Además ellos están en favoritos, así que se libran del modo “no molestar”, básicamente porque nunca molestan. Otra cosa es que en el momento que llaman, yo esté en mi mundo y no me entere, que también es habitual.
[E]l otro día cenando con un amigo boomer me estaba enseñando una conversación por whatsapp con su hijo mayor, cuando de pronto me di cuenta que lo tenía en la agenda como aaaaaFran. Me entró un ataque de risa. ¡¡Le tienes en la agenda guardado como en los antiguos Nokia!!, le dije. Muerto de risa, me dijo que no había caído, que efectivamente no había cambiado el nombre desde hacía más de diez años y ni se había dado cuenta. Benditos Nokia.
[R]ecuerdo la primera vez que vi un móvil en mi vida. Fue en una cena de trabajo en la que acompañé a mi madre. Uno de los invitados lo tenía encima de la mesa porque era médico y andaba pendiente de llamadas urgentes. Aún así, le dije q mi madre que me parecía una falta de educación cenar con el móvil encima la mesa. Lo dicho, siempre he sido muy rara. Mi madre entonces me dio la explicación, -Peludina, es médico. Tiene que estar pendiente-. No me convenció, ya que el móvil sonaba igual guardado en un bolsillo.
[P]oco después apareció el primer móvil en mi vida, allá por 1996, con veinte añitos recién cumplidos, enseguida fui consciente de que sería un arma de doble filo y que con los años soñaría con no tenerlo. Es verdad que en aquel entonces, era realmente útil para estar pendiente de las llamadas de mi agencia de modelos para los castings y que no tuvieran que tomar el recado en casa de “hora, día y lugar”, porque si con las prisas se equivocaban, perdía un posible trabajo. En 1997 después del certamen de «Miss España”, el móvil empezó a sonar a todas horas sin parar y aunque era un auténtico infierno, era la herramienta que me permitía estar en contacto con mi familia y mis amigos, que de pronto se habían quedado en Bilbao, mientras yo me recorría el país y medio mundo sola. Imaginad como sería el tema de intenso, que hasta la organización de “Miss España” me dio un toque para decirme que “estaba enganchada al móvil”. ¡¡Claro que con veintiún años es muy llevadero separarte de tu madre, tus hermanos y la gente que quieres, así sin anestesia y empezar una nueva vida de la noche a la mañana!!. Por supuesto que estaba enganchada.
[C]uando decidí abandonar el foco mediático, que era otra cosa que me espantaba, allá por el 2000, cambié de número. Fue una liberación. El nuevo ya solo lo tenía la gente que realmente quería que me tuviera localizada. Fueron unos años de Nokia estupendos hasta que apareció el smartphone y el maldito whatsapp. De nuevo volví a pensar lo mismo “es un arma de doble filo”. Por un lado, abandonábamos el coste de los mensajes de sms y podíamos chatear gratis sin control pero todos deberíamos tener presente que, cuando algo es gratuito, ¡¡el producto eres tú!! Con los años desactivé las notificaciones del whatsapp porque no soportaba el “globito rojo” de “mensaje sin leer”. Pero como todo lo que puede empeorar, empeora, aparecieron también las RRSS y las apps. Y ahí estaba yo la primera.
[E]n 2008 abrí mi página de Facebook e incluso formé parte de un experimento mundial basado en la teoría de los seis grados de separación, que por supuesto, se cumplía a la perfección. No contenta con todo esto, ahora hace un año que me gradué en ciencia de datos y cada día que pasa soy mas consciente del “arma de doble filo” que suponen ciertos avances tecnológicos.
[P]onen en peligro la humanidad de las personas y nuestras almas. Pero el conocimiento es poder y no me resisto a seguir aprendiendo del tema, sobre todo con el objetivo de que mi hijo, “nativo digital” como todos, sepa que hubo una época muy muy feliz, en la que rebobinábamos con “un Bic” la música de los cassettes, escribíamos cartas a las que solo contestaban tus amigos de verdad y en la que, porque tu hermano tenía la línea ocupada, bajábamos a la calle a llamar desde una cabina al chico que te gustaba, aunque cayeran chuzos de punta.
– Dedicado a mi hijo, mi familia, a “mi cuadri de Bilbao”, mis amigos, las “súperMamis”, al papá de aaaFran y a toda la gente que no sólo no me molesta sino, que me inspira-.
Inés Sainz.
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
