España
Pablo Casado: de dirigir la «derechita cobarde» a pasar a la historia como uno más entre los Traidores Más Ilustres de España
De esta forma ha llegado al clímax la Moción de Censura presentada por VOX contra el gobierno social-comunista sostenido por la inclasificable política que desarrolla la procaz Arrimadas y su partido naranja, que ha venido demostrando ser tan fiel a España como la Casa de Orange lo era a Carlos I de España y V de Alemania. (Para los de la LOGSE: NADA en absoluto).
El «momento» llegó al cristalizar la traición de Pablo Casado a España, sus votantes y en realidad a los españoles de bien, atacando de forma imperdonable, sucia y por supuesto traidora a quien, hasta momentos antes, era un socio en lo político, un amigo en lo personal y un apoyo en lo gubernativo en diferentes comunidades, ayuntamientos y provincias españolas.
Tan obvia llegó a ser la traición, tan desagradable y obscena llegó a ser la «escena de cama» en la que Pablo Casado se entregaba, cual sumiso sometido, a las execrables exigencias de toda la izquierda, la mediática y la política, que individuos de tan dudosa catadura moral y política como Ignacio Escolar, Cristina Fallarás o Adriana Lastra han comentado, emocionados, incluso con lágrimas en los ojos, la admiración que sienten y han sentido por el discurso de Pablo Casado, ese hombrecillo, ese líder irredento de la, desde hoy, Derechita Cobarde y Traidora.
Las redes sociales no arden, sino lo siguiente: explotan en un estallido interminable de indignación, odio, dolor y verguenza contra el papelón del Partido Podrido (antes Partido Popular) en la traición a votantes, simpatizantes, derechistas rancios y liberalitos meapilas.
Circulan por la red miles de fotos como la que les mostramos, con el carnet del partido hecho migas, con la persistencia y dedicación que solo el odio más hispano y racial puede darle a un español un motivo para tomarse tanto esfuerzo en tan futil tarea.
Como no podía ser de otra manera, poco ha tardado el hoy espectador invitado Pedro Sánchez en comenzar a pagar los servicios -íntimos y húmedos- de Pablo Casado: se ha anunciado en toda la prensa -primero la adicta, claro- que en un magnánimo gesto aperturista, el Presidente paralizaba la salvaje reforma del CGPJ (que ya había paralizado unos días atrás Europa) para negociar con este nuevo PP tan progresista, europeísta, izquierdista y varios «istas» más.
Esas fueron las primeras 30 Monedas de Plata.
Pocos minutos después, en una sincronización tan zafia como humillante para los españoles -les da igual mantener las apariencias- Isabelita Ayuso retiraba de forma sorpresiva y sin previo aviso el recurso interpuesto contra el Ministro Salvador Illa por el confinamiento Madrileño. Así, por las buenas. Porque ella lo vale.
¿Me van a decir que todo ello es casualidad? Váyanse todos a tomar por retambufa, majaderos.
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.

