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España

Patitos de goma a la vista: los accidentes y la seguridad en el mar (II)

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Rutas y fechas de la travesía de los patitos de goma

¿Quién se hace responsable recuperar los patitos de plástico perdidos por el mar?


Seguimos con la historia que empezamos a contaros sobre los patitos de goma perdidos por el mar. Después de mucho migrar por las costas y mares abiertos de todo el mundo, los patitos de plástico amarillos del anuncio de TV llegaron a Europa. Una travesía mundial en la que llegaron a pasar, por ejemplo, cerca de la Costa da Morte en Galicia. Unos patitos sin vida que sin embargo han protagonizado una de las mayores epopeyas marítimas de la Historia al haber transitado por mares helados y cálidos de todo el mundo, arrastrados en grandes contingentes por las mareas oceánicas.

Dos oceanógrafos, de hecho, aprovecharon este misterioso incidente en el mar para hacer un seguimiento durante años de lo movimientos de los patitos y conocer mejor el comportamiento de las mareas, pero se trata de una anécdota también su significado en términos de estudiar los accidentes marítimos y su presunta ocultación.

Y es que hay que preguntarse qué hubiera pasado si numerosos patitos no hubieran aparecido en las costas de sitios diversos, provocando una gran polémica y curiosidad a nivel mundial. ¿Nos habríamos enterado de que se ha producido un accidente en alta mar de algún tipo? Ya antes de este problema de los patitos ya se había producido una similar pérdida de contenedores en alta mar, otro incidente que había desembocado en que el mar quedó regado zapatillas de una marca conocida de deportes. Un producto que en el mar es mucho más contaminante que las botellas de plástico.

¿Por qué no se investigan los accidentes en alta mar como en tierra?

Y este incidente del contenedor de los patitos sólo vino a confirmar una realidad que sigue viva hoy en día, como es la opacidad en el control y transparencia de los accidentes de barcos en alta mar y sus consecuencias. Tanto en los efectos económicos como ambientales e incluso humanos, pues gran parte de estos accidentes y naufragios se saldan con víctimas. Y esto es sin duda lo más triste de todo y el eje central de un libro del que quiero hablaros aquí, pues aborda directamente este tema tan misterioso y olvidado. Vientres de acero, corazones humanos, de Juan José Aja Sollet.

Un relato en el que se ahonda en la seguridad a bordo de los barcos. En la responsabilidad compartida no sólo por los miembros de una tripulación, sino también por las autoridades y por la sociedad como tal, pues todos sufrimos las consecuencias de lo que ocurre en el mar. A veces, directamente, como en el caso de las familias de estos marinos desaparecidos, tristes e involuntarios protagonistas de este libro de naufragios reales: “Vientres de acero, corazones humanos”.

¿Quién paga las consecuencias de los accidentes del mar?

Lo de los patitos de plástico flotantes, por el anuncio y lo curioso de esta mercancía, tuvo una gran repercusión mediática y fue una cosa que cayó simpática. Incluso llegaron a ofrecerse 100 $ por patito recuperado, cómo reclamo comercial de una empresa, evolucionado hasta que hace unos años, en eBay, cada uno de esos patitos repescados se podía vender por 1.500 €. Pero si no llega a hacerse famoso este caso, como sucede con tantas otras situaciones injustas, nadie hubiera puesto un duro ni reclamado nada por una mercancía perdida en el mar que está contaminando a cada hora y por la cual nadie va a pagar.

Un problema que se puso de manifiesto cuando la catástrofe del Prestige. Porque a mí aquello me pilló muy joven, pero ya entonces me resultó un poco patético considerar una realidad que luego fue obvia: la injusticia de que, al margen de la lamentable pelea y utilización política, nadie de los verdaderos responsables de lo ocurrido iba a pagar por una catástrofe ambiental y humana tan terrible. Porque a mí la pelea entre los políticos no me solucionaba ese drama, sobre todo, cuando el país entero y el medio ambiente sufrieron todas las consecuencias, pero es que además al final todo salió del bolsillo del contribuyente.

Casi 20 años después, es evidente que todavía no se ha hecho justicia con el Prestige, como supongo que tampoco salía en el caso también dramático del anterior petrolero naufragado: el Mar Egeo. Un petrolero que se empotró literalmente bajo el faro de Hércules en La Coruña. Porque justicia sería que esas empresas privadas que se lucran de su negocio, pero que no se hacen responsables cuando ocurren estos desastres, pagasen por una vez por los enormes daños que producen. Una idea que se ha reforzado en mi pensamiento mientras leía Vientres de acero, corazones humanos, relato sobre hundimientos de barcos en aguas que además nos son muy conocidas: el Mediterráneo y las Islas Canarias.

Preocupación por las condiciones de trabajo en el mar

Es lo que se denuncia en “Vientres de acero, corazones humanos”. Esa falta de autoridad y de control en un territorio tan extenso y necesario como el mar, donde además hay gente que se juega la vida para que en todos los países no nos falte de nada. Son los miembros de la cofradía marinera, tan olvidados. Son los pescadores, los marinos de la Mercante y también, cómo no, los servicios de guardacostas y de emergencias marítimas, qué tantas vidas salvan y tantos accidentes previenen. Pero es obvio que no pueden hacerlo todo solos. También nosotros, los que estamos en tierra, deberíamos preocuparnos más por los profesionales de un sector que está muy expuesto a todo tipo de problemas.

Para empezar, el desarraigo del hogar, tan propio de la profesión, que además de todo ha traído a los marinos esa fama de golfos y hasta de depravados. Y tampoco hay que olvidarse de los peligros que corren cada día en esa especie de fábricas flotantes, que suman los riesgos del mar a los de cualquier otro centro de trabajo industrial. Porque a bordo de los barcos hay máquinas que pueden estallar o incendiarse, elementos pesados que pueden caer sobre la gente o mercancías peligrosas que en el mar son, si cabe, más peligrosas todavía.

Y yo que conozco un poco el tema, aunque la Marina me parece una profesión apasionante, tengo que decir que no me dan ninguna envidia sus condiciones habituales de trabajo. Ni siquiera las de los oficiales, esos supuestos privilegiados de a bordo, pero que la hora de la verdad curran más que nadie y asumen los mismos riesgos que todos. Y en el barco del relato de Vientres de acero, corazones humanos, a sabiendas de que el autor es un acreditado profesional de la mar, queda más que demostrado, con una historia de un naufragio real, en el que la plana mayor del buque se lleva buena parte de la desgracia sufrida.

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España

El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!

Redacción

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Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa

La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid

Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.

Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.

Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.

Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.

Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.

Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.

Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.

Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.

La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.

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