Sociedad
¡Pobres animalistas! Más de medio millón de espectadores fueron a los toros en San Isidro
Sorprende que, tras más de veinte años vistiéndose de luces, dos de los nombres más destacados del ciclo sean los de José Antonio Morante de la Puebla, que cuajó la faena de la feria en la Corrida de la Beneficencia ante un buen toro de Alcurrucén, y Julián López El Juli, que marró con la espada dos magníficas actuaciones ante complejos astados de los hierros de La Quinta y Garcigrande.
Sobre el papel, el triunfo debía haber sido de otros. Se hablaba mucho del regreso de Alejandro Talavante, pero el extremeño se paseó por Las Ventas como una sombra de lo que fue. Tres años de inactividad pesan mucho. Tampoco fue la Feria de Juan Ortega o Pablo Aguado, dos jóvenes toreros que han recuperado el fervor por el toreo clásico, pero que necesitan de más regularidad para consolidar su sitio.
De modo que fueron los veteranos quienes sorprendieron. Morante se acerca al vigésimo quinto aniversario de su alternativa en un momento dulce, liderando el escalafón y generando por fin el consenso que le había eludido hasta ahora en su carrera. Algo parecido ocurre con Juli, que se acerca a los veinticuatro años como matador de toros y empieza a recoger los frutos de una trayectoria arrolladora, con más de 1.750 corridas a su espalda.
El talaverano Tomás Rufo tomó la alternativa en septiembre de 2021 pero ha venido trenzando una trayectoria arrolladora. En su primera tarde, anunciado con los de Garcigrande, abrió la Puerta Grande tras cortar una oreja a cada toro de su lote. En su segunda comparecencia, lidiando ejemplares de El Puerto de San Lorenzo, se llevó un trofeo del último de la tarde. Apunten su nombre, que va para arriba.
Algo parecido puede decirse de Ángel Téllez. Recuerdo su brillante alternativa en Guadalajara, hace apenas tres años. Desde entonces apenas ha tenido oportunidades de vestirse de luces, pero su paso por Madrid ha sido de nota. En su primera tarde, dio una vuelta al ruedo como reconocimiento a los hondos naturales que firmó ante un toro de Arauz de Robles. En su segunda comparecencia, sustituyó al lesionado Emilio de Justo en la corrida de Victoriano del Río y salió por la Puerta Grande tras hacerse con una oreja en cada una de sus actuaciones. Merece más oportunidades.
Buenos datos de público
Desde el 8 de mayo hasta el 5 de junio, los tendidos de la monumental Plaza de Las Ventas han acogido a más de 535.000 espectadores, confirmando el poder de arrastre del toreo en medio de unas circunstancias económicas complejas, con la inflación disparada y la economía lejos de los niveles de actividad anteriores a la pandemia.
Si uno compara los datos de esta temporada con los del curso 2019, encuentra que las cifras de asistencia total han ido a menos, puesto que el anterior ciclo había reunido a algo más de 640.000 espectadores. Sin embargo, en la edición de 2022 se han celebrado cinco festejos menos (29 en vez de 34) y ha entrado en vigor una ligera reducción del aforo de la plaza (de 23.600 a 22.900). Por tanto, si ajustamos los datos para tomar en cuenta ambos factores, encontramos que la asistencia media se ha mantenido más o menos constante, en torno al 80% del aforo disponible.
En clave artística se han escuchado casi 50 avisos, una cifra desastrosa que debería invitar a los toreros a abreviar sus faenas y ceñir sus actuaciones a los diez minutos de rigor. El porcentaje de orejas cortadas ha sido del 6 por ciento, en línea con el promedio histórico de la plaza madrileña.
Más allá de lo estrictamente taurino, se ha hablado mucho del ambiente festivo que se respira en las terrazas de la plaza una vez terminan los festejos. También se ha debatido sobre el concurso público que está siendo resuelto y dirimirá qué empresa se hace cargo de la gestión de la plaza durante las próximas cuatro temporadas. Y no han faltado las quejas por el estado de conservación del coso, sin duda merecedor de un mayor cuidado.
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
