España
PP: El Partido Podrido apesta en Vascongadas. Y los muertos se retuercen en sus tumbas
No existe término medio ni templanza posible: el PP ha llegado a unos extremos de bajeza moral, de corrupción ideológica, de putrefacción de sus militantes que debe arder y consumirse para que con sus cenizas podamos abonar las espigas de una Nueva España, no sé si mejor, pero al menos, libre de traidores que juntan sus copas con los asesinos de sus compañeros, con los enemigos mortales de sus padres: con los criminales más abyectos de los últimos tiempos en España.
Y supongo que ya saben ustedes el porqué de mis náuseas y mi dolor de estómago, no menores que el dolor de corazón y de alma que me produce –ya ven, soy un sentimental- contemplar a la hija de un Capitán de la Guardia Civil, que cumplió con su deber en los peores años de ETA en los cuarteles más crudos y duros de toda España: los de Vascongadas en los años 80, brindando con rostro impávido y aséptico: de idiocia máxima y tremenda ignorancia con nada menos que, entre otros semovientes, con Jone Goiricelaya, abogada tradicional de los etarras con más sangre en las manos y monstruo humano sin paliativos.
Porque ya conocen la imagen, que es la que preside este artículo: una “señora” con la sonrisa congelada, rozando su copa con la de una individua que hubiera podido matarla a ella y a su padre, o que podría haber defendido al animal infrahumano que los hubiera asesinado.
¿Se lo imaginan? La hija de un capitán de la Guardia Civil brindando con la heredera de los asesinos de los compañeros de su padre. Precioso.
Pero no queda todo ahí, porque la individua Raquel González Díez-Andino es, además, flamante presidenta del fracasado y casi inexistente Partido Popular de Vizcaya.
Esto implica que ha brindado con la heredera y asesina moral de 16 de sus compañeros de partido.
16 muertos que hoy se retuercen en sus tumbas: tumbas a las que llegaron de improviso, tumbas a las que, en muchas ocasiones, llegaron con el desprecio del Obispo Setién y con el rechazo criminal de los párrocos de las localidades donde residían.
¿PORQUÉ sigue ese incalificable personaje, ese ejemplo de nula vergüenza, satánicos principios y hedor moral al frente del PP de Vizcaya? ¿Es que, vive Dios, no dimitirá tras su canallada infame?
¿Seguirá vivo ese Capitán de la Guardia Civil? Y en caso de estarlo, ¿Podrá volver a mirar a la cara a su hija? En semejante tesitura, no sería de extrañar –y perfectamente comprensible- que el valiente Capitán repudiara a la hija que brinda con aquellos que siempre desearon matar a su padre y acabar con aquello que él más quería: Su familia y su patria.
Pero olviden las responsabilidades exigidas: El Partido Podrido huele a esto mismo: a podrido; a cadaverina y a putrescina, los olores de la muerte y de la sala de autopsias. Y esto es así porque sus propios militantes tienen a gala mostrar sin la menor vergüenza que sus propios principios también han muerto y, putrefactos, yacen, insepultos, mostrando las miserias de una militancia que es básicamente cobarde, timorata y emasculada: los militantes del PP de Vizcaya son, a día de hoy y en el mejor de los casos, eunucos; “castrattos” que elevan su chillona y femenina voz para brindar su “incondicional apoyo” a esta oportunista de la política; a esta incalificable vendepatrias; a Raquel González Díez-Andino.
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
