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¿Queremos los catalanes una guerra?

Redacción

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Ha llegado el momento de decidir si los catalanes queremos una guerra de independencia. Ya lo dijo el difunto historiador Josep Fontana (1931-2018) antes de fallecer: “Normalmente una independencia se gana con una guerra”.

A mí, la verdad, es que me tocó hacer la mili. Y no pienso repetir. Que no me busquen ahora los de un bando ni los del otro. Pero, por si acaso, este verano me fui a mi querida Irlanda. Los irlandeses tuvieron no una guerra, sino dos.

La primera fue una guerra de independencia. La segunda, una guerra civil. Calculan que murió más gente en la segunda que en la primera.

En efecto, en cuanto dejaron de matar ingleses empezaron a matarse entre ellos. Entre las dos facciones: los que aceptaban el Tratado con Inglaterra y, de facto la independencia. Y los que no porque suponía la fractura territorial de Irlanda: el norte continua siendo británico. Por eso estuve deambulando una semana por Cork donde falleció el héroe de la independencia Michael Collins (1890-1922). Desde entonces tengo su foto colgada de la nevera de casa.

Porque resulta que a Michael Collins lo mataron no los ingleses sino los propios irlandeses opuestos al Tratado. Pero tuve mala suerte porque, el día de la visita, la casa natal de Michael Collins en la localidad de Clonakilty estaba cerrada por un puente. Abren de martes a sábado de 10.00 a 17.00. Y los sábados entre las 12.00 y las 17.00. Tuve que conformarme con la estatua erigida en una plaza cercana.

Y el Michael Collins Centre, gestionado por unos familiares lejanos, también estaba cerrado por una filmación. Pero, como consuelo, me dejaron hacer una visita rápida.

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Fue suficiente para ver una de esas fotos que hielan la sangre. Una foto de la boda de Kevin O’Higgins en octubre de 1921 flanqueado por Emano de Valera, que llegaría a presidente de la República de Irlanda, y su padrino, Rory O’Connor. Apenas un año después, en diciembre de 1992, ya en plena guerra civil, O’Higgins firmaría la orden para la ejecución de su padrino de bodas.

En fin, para consolarme -si se puede encontar consuelo en el sitio donde mataron a una persona- visité el recodo en el que Michael Collins fue mortalmente en una emboscada: Béal na Bláth.

Una cruz, erigida con el gusto de los años 20, recuerda el sitio donde falleció el que era entonces presidente del gobierno provisional, ministro de finanzas y comandante en jefe. Ya fue mala suerte porque, de toda la comitiva, fue el único fallecido.

Y contravino las más elementales de seguridad. En cuanto, sonaron los primers tiros en vez de salir a toda velocidad hizo parar la comitiva. Algunos creen que incluso buscaba la muerte.

Pero si de verdad quieren darse un garbeo por la personalidad de Michael Collins visiten el museo militar en las Collins Barracks, en una de las colinas de Cork. Abierto de martes a jueves de 10.00 a 13.00 horas. Y los viernes entre 10.00 y 13.00 y 15.00 a 15.30h. Tuve la inmensa surte que el sargento Denise McGarry me atendió muy bien.

– ¿Cómo pudo pasar?

– En Irlanda es imposible mantener un secreto

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Para los mitómanos, hay algún cuaderno de notas del propio Michael Collins. Era un hombre minucioso y de letra clara y concisa. O cartas a su prometida, Kitty Kiernan, interpretada en la película homónima de 1996 por una Julia Roberts con acento irlandés. O algunas de las armas utilizadas por el squad de Michael Collins -entre ellas una Luger, los irlandeses siempre fueron pro alemanes-, cuando se dedicaban a despellejar a los ingleses.

Al fin y al cabo, el hére nacional de Irlanbda fue el inventor del terrorismo moderno. Parece que se dedicaban a cazar ingleses a partir de las fotos de los invitados a la boda.

En fin, la incógnita es saber si los juicios del proceso pueden ser el turning point. Los indepdendentisas irlandeses, cuando hicieron el levantamiento de Pascua también eran considerados unos locos. El hecho que los ingleses fusilaran a quince cabecillas -perdonaron a Eamon de Valera porque había nacido en Nueva York, no fuera que se enfadaran los americanos- sin duda ayudó a cambiar la opinión pública.

En fin, al final de la visita me refresqué el gaznate en un pub. Hay dos: uno a cada lado de la calle. Una guinness compañada de un sandwich. La visita al pasado de Irlanda me dejó exhausto./ Un reportaje de Xavier Rius (Director de e-noticies)

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Los dos minutos de odio. Por Diego Fusaro

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Quienes hayan leído 1984 de George Orwell (una lectura muy recomendable siempre, y más aún en nuestra época tan orwelliana), recordarán sin duda la emblemática figura de Emmanuel Goldstein.

Él es el principal enemigo del Partido que gobierna Oceanía.

Debido a su oposición al Gran Hermano, todos los días, a partir de las 11:00, en todas las oficinas y lugares públicos, se celebran manifestaciones de histeria colectiva contra él: los «dos minutos de odio», como los califica la obra maestra de Orwell. Las masas hipnotizadas por la propaganda del Gran Hermano suspenden toda actividad para manifestar histéricamente su odio hacia Emmanuel Goldstein, del que no saben nada más que lo que el partido les dice a diario sobre él, presentándolo precisamente como el enemigo por excelencia, como la amenaza que pone en peligro la paz de su mundo.

También en este caso, como en muchos otros, la fantasía distópica de Orwell parece superada con creces por nuestro presente completamente distópico. También el Occidente actual, rectius uccidente, tiene su Emmanuel Goldstein, que sin embargo se llama Vladimir Putin.

A todas horas, la radio, la televisión y los periódicos de la civilización falsamente democrática del Gran Hermano repiten propagandísticamente que él es el enemigo, el peligro máximo, la amenaza suprema para el paraíso occidental Y las masas tecnonarcotizadas y teledependientes se prestan con estúpida euforia a esta representación de histeria colectiva, exhibiéndose en otras tantas variaciones tragicómicas de los dos minutos de odio de la memoria orwelliana.

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Es una práctica antigua y probada del poder hacer creer que la contradicción y el enemigo están al otro lado del muro, en el espacio exterior con respecto a la sociedad totalmente administrada por el propio poder: de este modo, desviando siempre la mirada de las contradicciones internas de nuestra sociedad, se produce una unificación ficticia del interior, llamado a cooperar en función de la resistencia al enemigo exterior, del que tal vez, como hoy (pero lo mismo vale para Emmanuel Goldstein), se dice que está listo para invadir nuestra civilización.

Al igual que en la novela de Orwell, siempre hay un Emmanuel Goldstein detrás de cada contradicción, detrás de cada distorsión, detrás de cada mal, y lo mismo ocurre hoy en día en el orden discursivo dominante, que siempre y de nuevo señala a Putin —el nuevo Emmanuel Goldstein— como responsable de todos los males.

¿Alguien se atreve a discrepar de la Unión Europea de la vestal de los mercados apátridas Ursula von der Leyen?

Debe haber detrás la longa manus de Putin. ¿Alguien se atreve a criticar las políticas imperialistas de las barras y estrellas? Debe ser un agente secreto enviado por Putin a Occidente. ¿Alguien se atreve a cuestionar los equilibrios de la globalización neoliberal, cada vez más asimétrica? Por necesidad, es un infiltrado solapado de la Rusia de Putin. Releer a Orwell puede ser realmente beneficioso para un despertar colectivo del hechizo hipnótico de la sociedad del espectáculo y la manipulación milimétrica de las conciencias.

Apaguen la radio y la televisión, lean a Orwell. Quien se lo sugiere es, por supuesto, un espía enviado por Emmanuel Goldstein…

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Por Diego Fusaro

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